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Es bueno poder elegir
Con cinco años de atraso hoy se estrena Cuento de verano, del maestro francés Eric Rohmer, tercero de sus «Cuentos de las cuatro estaciones». La película había sido vista en festivales.
Rohmer es de la misma generación que los cineastas de la ‘nouvelle vague’, Godard, Resnais, Truffaut, Malle y compañía. Comenzó a filmar como ellos a fines de los 50 y principios de los 60. Pero no practicó experimentos formales, ni un humor absurdo, ni la admiración por el cine barato de Hollywood, ni la nouveau roman, ni ninguno de los tics de esa nueva ola que provenía de la crítica en Cahiers du Cinéma.
Solitario, su línea se entronca quizá con creadores franceses de la década del 30, quizá con Bresson, quizá con las preocupaciones existencialistas cristianas de Maritain.
Después de El signo del león (1959) comenzó su serie de seis «Cuentos morales», donde la acción se centraba en las tribulaciones interiores, tentaciones y dudas jansenistas de personajes decididos a obrar bien en un mundo no funcional. Mi noche con Maud (1969) y La rodilla de Clara (1970) destacan de la serie.
Dirigió luego la adaptación de dos clásicos y en 1980 comenzó otra serie de seis películas: «Comedias y proverbios», que integraban Paulina en la playa (1982) y El rayo verde (1985), ubicadas en balnearios, como la que hoy se estrena.
En 1986 filmó Cuatro aventuras de Reinette y Mirabelle y en 1989 comenzó la serie de las cuatro estaciones: Cuento de primavera (1989), Cuento de invierno (1991) y esta Cuento de verano (1995). Entremedio, filmó otras dos películas ‘fuera de serie’ y cuatro telefilmes.
Cuentos de verano habla de Gaspard (Melvil Poupaud), un estudiante de matemáticas y compositor de canciones que va de vacaciones a un pueblo de Bretaña algunos días antes que su novia Léna (Aurélia Nolin). Allí se hace amigo de Margot (Amanda Langlet) que también tiene pareja y que le presenta a Solène (Gwenaëlle Simon).
Gaspard le da a esta última la canción del marinero que había compuesto para Léna. Margot, que era sólo una amiga, se pone celosa. Para peor llega Léna y no despierta mayor pasión.
Gaspard ha ofrecido a las tres muchachas un viaje que piensa hacer a una isla. Ahora debe decidir con quién hacerlo.
«Para un chico que se quejaba de no gustar a las chicas, no se las arregla mal teniendo a tres al mismo tiempo», se burla Margot, que también se queja de ser «la sustituta de la sustituta».
Emmanuel Burdeau en Cahiers du Cinéma observa que «es la primera vez que Rohmer coloca en el centro de una de sus películas a un ser tan disperso».
El filme lo muestra caminando sin rumbo con una y otra de las tres. «La indecisión y la naturaleza incompleta de Gaspard hacen de él un objeto adaptable a todos los deseos –agrega Burdeau–. En última instancia, eso es lo que, en relación con la obra de Rohmer, hace la belleza de Cuento de verano: pertenece a la etapa anterior a la de los «Cuentos morales» y de la mayoría de las «Comedias y proverbios», se interesa por el momento antes de la formación de los deseos, cuando éstos están sorprendidos en el instante».
Era uma vez o futebol
Con auspicio del Ministerio de Deporte y Tenfield, estrena Boleiros, quinto largometraje de Ugo Giorgetti.
En un típico bar paulista donde las fotos de jugadores están en todas las paredes, para un grupo de jugadores y ex jugadores profesionales de fútbol para rememorar historias y anécdotas sobre partidos, jugadores, equipos y árbitros. Este es el punto de partida de Boleiros. Se habla de las peripecias de un juez corrupto (Otávio Augusto), empeñado en hacer ganar a un equipo; el jugador Paulinho Majestad (Aldo Bueno), ex campeón brasileño y del mundo, que anuncia la venta de trofeos y medallas porque está en la miseria y el periodista (Cassio Gabus Méndez) que busca esa noticia; de Azul (Cleber Colombo), autor del gol más bello de los últimos tiempos y alzado a la condición de héroe por una noche; del jugador lesionado Caco (André Bicudo), que apela a un «Pai-santo» para curarse; de un astro mujeriego (Paulo Coronato) que evade la vigilancia del director técnico en la concentración del Palmeiras, el día previo al partido, para seducir a una señorita (Marisa Orth) que se encuentra en el mismo hotel. Derrochando nostalgia de tiempos pasados, Ugo Giorgetti puebla su filme de personajes comunes, con episodios que alguna vez vivimos o escuchamos en una mesa de café.
Pesadillesca comedia negra
El individuo, a días de contraer matrimonio, no tolera ya las impaciencias e imposiciones de su futura esposa (Camerón Díaz). Así que lo mejor que puede hacer es juntarse con sus amigos de la cuadra, montarse a una van y dirigirse a toda máquina a una megalópolis tan estimulante como Las Vegas.
Y, por supuesto, vivenciar una perfecta despedida de soltero.
El asunto rueda fenómeno hasta que, Boyd (un alocado Christian Slater), decide en el ya ajetreado cuarto de hotel promover una política de desbordes cuando aparece en cantidades superlativas alcohol y cocaína y, como postre, una prostituta de alto vuelo que erotiza el aire.
La vida es y será sexo, drogas y rocanrol hasta que uno de los personajes (Leland Orsen) se excita más de lo aconsejable, toma de la cintura a la mujer, ingresa al amplio toilette y comienza compulsivamente a fornicar.
Decíamos pues, sexo, drogas y rocanrol y muerte. La chica en el vaivén sexual se abre un tajo mortal con uno de los colgantes de las toallas. ¿Qué hacer? Inquietud, desasosiego, gritos, reclamos que van de rostro en rostro, y la esbelta mujer desangrándose en el baño. Para colmo de males, tocan a la puerta del room. El expansivo jolgorio del quinteto hizo que un agente de seguridad del hotel llegase para pedir calma y prudencia. El individuo recorre el cuarto. Todo está okay hasta que, de pronto, se topa con la chica. ¿Qué hacer? Hay que actuar, y desde luego ocurre una segunda muerte, y en este caso un homicidio en primer grado.
Cosa de locos, del actor y ahora cineasta y guionista Peter Berg, trabaja magníficamente los ritmos y las tonalidades de la comedia negra alrededor de estas criaturas que transcurren en segundos de la euforia plena a la desesperación, la ira, el tremendo sentido de culpa en un fuera de borda anímico y emocional.
El relato alcanza su crescendo dramático cuando el quinteto ya regresó a casa y a sus damas (Camerón Díaz, Jeanne Triplehorn) y a un estado de las cosas que se irá desbarracando progresivamente en una suerte de fuera de curso por la potencia física y visual desplegada que poseerá un epílogo del que solamente debe subrayarse que es todo un tributo a la estética del grotesco más terrible. Con un libreto afinado –la secuencia coral de los personajes, luego de enterrar los dos primeros cuerpos muertos es realmente formidable por la precisión de los parlamentos y su ambientación– y un rendimiento actoral superlativo (en particular el de Daniel Stern), eficaz montaje rápido como reclama la trama y sugestiva banda sonora, Cosa de Locos es una de las más gratas comedias de la temporada.
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