Recibirá homenaje de santos y pecadores

Cien años de la muerte de Oscar Wilde

Wilde recibirá hoy homenajes de académicos, literatos, organizaciones gay e incluso de la Iglesia Católica. La iglesia de San José, el templo católico en lengua inglesa de París, celebrará una misa conmemorativa a la cual asistirá el nieto de Wilde, Merlin Holland y artistas ingleses.

Wilde pidió que un sacerdote irlandés de ese templo parisino le administrase la extremaunción.

De hecho, si el escritor ganó fama con pose de ‘snob’, de ‘decadente’ y con su inagotable ingenio ligero, su reputación llegó a su nivel más bajo cuando fue encarcelado en 1995 por «burda indecencia» debido a sus relaciones sexuales con Lord Alfred Douglas, hijo del marqués de Queensberry, el inventor de las reglas del boxeo.

Wilde comenzó el juicio por injurias, aun sabiendo que podrían salir a luz sus amores homosexuales, técnicamente penadas por leyes ya casi en desuso.

Cuando salió de la cárcel, casi nadie quiso saber de él, y su mujer –con la que se había casado en 1884– impidió que viera a sus dos hijos. Terminó exiliándose en París.

Su fama no pudo caer más bajo cuando se atribuyó su muerte a la sífilis, una enfermedad innombrable.

Sin embargo, hoy se lo reivindica en toda la línea. Sus obras de teatro no han perdido frescura ni hacen reír menos, pero sus últimos escritos tienen una profundidad que no había tenido su literatura anterior aunque siempre lo asombró la dualidad humana.

Su posición ante el juicio, al que entró reivindicando su derecho a no ser insultado tuviera los gustos que tuviera, lo ubica como un lúcido mártir, antecesor de las luchas por la igualdad y la tolerancia.

Finalmente, hace pocos días, historiadores médicos publicaron que no murió de sífilis. Una persistente infección en el oído se le propagó hacia el cerebro y esa fue la causa de su muerte el 29 de noviembre de 1900, en el hotel d’Alsace sobre la rue des Beaux-Arts, donde agonizante y con dos sanguijuelas sobre su frente pidió a un amigo que llamara a un cura.

Un decadente feliz

Los padres de Wilde, que nació en 1854, eran un conocido cirujano de ojos y oídos y una poeta y defensora de la independencia de Irlanda. Su madre, Lady Jane Francesca Wilde, descrita como ‘snob’, estaba convencida de que la excentricidad iba de la mano del genio.

Con el cabello largo hasta los hombros, los trajes que enfundaban su corpulenta estatura y su bastón, el autor de El príncipe feliz se formó en el Trinity College en Dublín y en Oxford, donde se destacó como brillante estudiante.

Fue festejado en Londres en las décadas de 1880 y 1890, conocido tanto por su excéntrico vestuario como por sus exitosos dramas.

Poco después de que apareció en 1881 su primera antología poética, viajó en 1882 a Estados Unidos y Canadá. Allí fue perseguido por las mujeres, que querían mechones de sus cabellos, dictó conferencias en defensa de la idea del arte por el arte, su amor por la belleza como bien por encima de todo y criticó la fealdad de la vida industrial.

Nos queda su fama de dandy y buen conservador. Pero sobre todo, entre otras lecturas recomendables, los cuentos de El príncipe feliz, además de joyas como El fantasma de Canterville, las comedias El abanico de Lady Windemere, La importancia de llamarse Ernesto, Un marido ideal, y la novela El retrato de Dorian Gray, la Balada de la cárcel de Reading y De profundis también sobre la cárcel.

«Traté el arte como la suprema realidad, y la vida como una simple forma de la ficción», resumió.

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