Entre la nostalgia y la creatividad
Que la vuelta de Sui Generis –quienes actuarán el próximo 10 de diciembre en nuestro país, como ya lo adelantamos– ya produzca una sensación nostálgica en muchos auditores es inevitable. El dúo Charly García y Nito Mestre, que marcó un antes y un después al promediar la década del setenta en la cultura musical rioplatense afiliada a la estética rock, posee evidentemente una irradiación iconográfica muy potente.
Son faros de más de una generación de músicos y oyentes a partir de un itinerario compositivo que abarca a discos ya de catálogo como Vida (1973). Confesiones de invierno (1974) y el conflictivo –porque la censura de la época descartó algunas canciones– y fuera de serie Instituciones (1975). Después arribaría la decisión de la separación y, en setiembre del 75 en un Luna Park, los Sui (ya cuarteto con la incorporación de Rinaldo Rafanelli al bajo y Juan Rodríguez en batería) brindaron su concierto despedida que quedó registrado en un álbum doble y la vez película que se denominó Adiós Sui Generis.
Ya desde el arranque Sinfonías para adolescentes seduce y llama al factible melómano desde la propia presentación: una funda del tamaño de las que llevaban los viejos discos de vinilo es el anzuelo con esa niña en la portada observando al mundo y, en la contratapa, amarrándolo para sí.
Todo un mensaje, en efecto, de que esencialmente poco o casi nada se modifica en los contenidos y sí tal vez en sus formas de discurso, y que a la vez todo fluye o influye y somos definitivamente en ese planeta lo que decidimos ser por encima de incidentes azarosos, aunque García en algún momento de su carrera solista haya berreado «yo no elegí este mundo, pero aprendí a querer».
Lo cierto es que este nuevo compacto que contiene 19 canciones, que arranca con la muy promocionada «El día que apagaron la luz» y cierra con una variación tan garciana como «Sé mi nene», supone toparse con un universo donde el dúo ofrece oficio de sobra y aquella calidez que los catapultó a la celebridad.
No se trata de una calidad impostada o falsa. La química de Charly y Nito persiste y se despliega con naturalidad a lo largo de un disco de instrumentistas de la estatura y solvencia de María Gabriela Epumer (guitarra), Erica Di Salvo (violín), Gabriel Di Salvo (cello), Gabriel said (percusión), Diego Dubarry (teclados), Mariela Chirtaco (saxo), Mario Serra (batería). De yapa, exquisitas contribuciones en saxo y clarinete del cubano Paquito D’Rivera (en los temas «El día que apagaron la luz» y en «Noveno B»y del excepcional bajista Pedro Aznar (en la impecable «Espejos» y en «El chico y yo»).
Por lo tanto cualquier auditor tiene asegurado un trazo sonoro, una paisajística de texturas de insoslayable profesionalismo que se palpa en lo interpretativo y en la grata resolución arreglística global de toda la obra. La labor o más concretamente el rendimiento colectivo es realmente muy estimulante e inspirado.
Por allí reaparece una vieja canción como «Juan Represión» (de la etapa de Instituciones) y otras interesantes como «Monoblock» o «Me tiré por vos». Por cierto que el touch García está en muchas de las canciones, como si se tratase de un largo trip personal, pero de todos modos allí está la voz enternecida y enternecedora de Mestre para darle mística, melancólica del lugar y lirismo al asunto.
Sinfonías para adolescentes no va a cambiar al mundo, ni tampoco es su propósito. Es la reunión de dos compadres que merecían masajearse mutuamente el ego por un rato y de paso, en los estudios Circo Beat de Fito Páez, elaborar un atractivo disco. Vale.
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