Teatro en Buenos Aires. La trastienda de la búsqueda del éxito en Hollywood

Los monstruos sagrados sufren de histeria

Esther (Claudia Lapacó) es una actriz mayor, reina de la escena; se compara con Réjane y Sarah Bernhardt. La cuestiona una debutante (Liane, por María Abadi) que pretende ser la amante de su marido, también actor (Florent, por Arnaldo André). Pretensión errónea, que se demuestra un acto histérico no bien aparece el hombre y dice dos o tres frases cortantes. Pero si la felicidad matrimonial no fuera puesta en juego, ¡cómo nos aburriríamos! Y así Esther lleva a vivir a la joven Liane a su residencia de Chatou. Se la pone por delante a su marido, que pronto la tiene por debajo: segunda decisión histérica, cuya consecuencia era previsible. ¡Pero las cosas no pueden quedar así! Cocteau escribió la pieza para que Yvonne de Bray interpretara a Esther. Liane intentará el éxito en Hollywood, aventura que Florent se niega a acompañar: el desenlace bienpensante ya lo habrá adivinado el lector. Sobran un par de personajes: Charlotte (Susana Lanteri), que debió ser una entrometida pero que sólo llega a comentar la acción, y Loulou (Graciela Martinelli), a cuyo cargo debió estar la parte cómica de la pieza. Siempre tan graciosas, estas sirvientas.

«Los monstruos sagrados» es tan abundante en diálogos ociosos como carente de ingenio. La traductora Ingrid Pelicori debe haber sentido la evidente necesidad de mejorar el texto con graciosas alusiones a otras obras (al mismo Cocteau, por «La voz humana»; y, si no nos equivocamos, a Juan Carlos Onetti, con «La cara de la desgracia»). Pero esta falta de ingenio de Cocteau no puede achacarse a las vicisitudes de la época: Oscar Wilde fue muy anterior y Coward fue su contemporáneo (ambos, Cocteau y Coward, nacieron en 1899).

Como se comprende, la obra depende por completo de una proeza de la actriz que encarne a la protagonista. Debe tener variedad de tonos, desde el íntimo y confidencial hasta el agresivo y reivindicador, desde el dulcemente apasionado al estoicamente dolorido. Debe emplear gestos mínimos, miradas sabias, tiernas, rencorosas. Su porte debe ser digno, un tanto solemne; quizás, en una palabra, sagrado. La confusión de sentimientos y los sinsabores de la vida no pertenecen a su diccionario. Nada de esto le es posible a Claudia Lapacó; y ni siquiera lo intenta.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje