El genio de Bill Viola
A la vuelta de la Plaza San Marcos, la pequeña iglesia de San Gallo acogió la instalación de Bill Viola, Ocean Without a Shore, un título extraído de una cita del místico sufi andaluz Ibn Arabi (1165.1240) mientras se inspiró en el tema de una poesía del escritor senegalés Birago Diop, así como en anteriores ocasiones acudió a poetas persas. Con ambos referentes, Viola recreó en tres pantallas gigantes instaladas en los altares de la iglesia la presencia de la muerte en la vida de los seres humanos. En la oscuridad de la sala, se asistió a la aparición, desde un opaca lejanía, de hombres y mujeres que debían atravesar una fuerte cortina de agua para adquirir realidad y volver otra vez al lugar de origen en un eterno retorno de vida, muerte y resurrección, una suerte de ritual de pasaje, tan anclado en los códigos del artista, siempre incidiendo obsesivamente en su producción. Elementos temáticos que se refieren a un propia experiencia, al nacimiento de su hijo y a la muerte de su madre, instancias decisivas en su existencia.
Con esta instalación, Bill Viola recobra con bríos su poderosa imaginación, su capacidad para reflexionar en profundidad sobre los eternos problemas existenciales al margen de la creciente frivolización y mercantilización de buena parte del arte actual.
Como escribió con anterioridad el autor de estas líneas, hay que repasar la biografía del autor. De ancestros italianos, Bill Viola (se pronuncia vaiola) nacido en Nueva York en 1951, viviendo y trabajando en Signal Hall, Los Angeles, formado en la Universidad de Siracuse y graduado en estudios experimentales en el College of Visual and Performing Arts, apoyado por el profesor Jack Nelson, empezó a experimentar con la Super 8, en blanco y negro, veinteañero aún, convirtiéndose en pionero de la técnica. A lo largo de esa década produjo numerosas cintas e instalaciones de video de carácter didáctico y cuyo contenido era el propio soporte utilizado pues exploraban las posibilidades y condicionamientos de la tecnología y de la percepción humana. El encuentro con Nam June Paik, el inventor de la técnica, fue inevitable. Y con Bruce Nauman, otro adelantado. Con ambos hizo numerosas muestras y compartió los avances y las vicisitudes de una técnica todavía en pañales.
Miembro de un grupo instalador de televisión por cable y asesor técnico en video, conoció a David Tudor, el pianista y compositor de la Compañía de Danza de Merce Cunningham, entre cuyos colaboradores estaban el músico John Cage y el pintor Robert Rauschenberg. Será el comienzo de una extensa relación y juntos presentarán la escultura sonora Rainforest. A partir de ese momento, Viola considerará el sonido como materia moldeable de notoria influencia sobre la percepciòn de la imagen.
Al inventarse en 1974 la cámara portátil de video color, marcó un nuevo rumbo en el nuevo medio hasta adquirir una dimensión vertiginosa. Bill Viola pasó a trabajar como asesor técnico en un estudio de producción de video en Florencia, Italia, y el contacto con la cultura y el arte europeos, desdeñados por él hasta entonces, marcó su orientación futura. Pasó horas prolongadas en las catedrales grabando sonidos. La acústica y el sonido se convertirán en aspectos esenciales para Viola al considerarlos con mayor poder que las imágenes al atravesar las paredes, rodear las esquinas y ser percibidos simultáneamente en 360 grados envolviendo al espectador e incluso penetrar su cuerpo.
Etnólogo, Bill Viola recorrió el mundo estudiando las costumbres indígenas en las islas Salomón, en el Pacífico, Java, el Sahara tunecino, los monasterios budistas tibetanos en el Himalaya, el teatro Noh en Japón, practicando la meditación Zen con el maestro Siatsu Ahuiya Abe, comienzo de una relación con el monje y pintor Daien Tanaka. También pasó semanas con una manada de bisontes en el Parque Nacional de Wind Cave, Dakota del Sur.
Esa dilatada y plural, intensa y apasionante, experiencia vital y espiritual, lo condujo a interiorizarse en las filosofías orientales a través de los maestros D.T. Suzuki, maestro laico del Zen, residente en Estados Unidos, (que había influido en su amigo John Cage) y de Amanda Coomaraswany, historiador de arte indio en Sri Lanka, y leyó a los místicos occidentales (San Juan de la Cruz, Maestro Eckhart) y orientales (Djalal al-Din al-Rumi, Chuang Tzu). Así, nutrido del taoísmo chino, el budismo tibetano y el misticismo judeocristiano Viola abrió las puertas de la percepción en una instancia mística desconocida.(Hay que recordar que místico proviene del griego myéin, que significa cerrar los ojos, un órgano clave en su obra maestra El tránsito, que el protagonista, el propio Bill Viola, abre y cierra los ojos al compás de instancias subjetivas y objetivas, entre la vigilia y el sueño en la alternancia del relato). Con importantes muestras individuales o retrospectivas en los principales museos de numerosos países, Bill Viola y su denso bagaje cultural, es ya un clásico incontorneable aunque muchos uruguayos, cuando se presentó un ciclo sobre su obra en Montevideo, no asistieron en una demostración de ignorancia que ignora lo que ignora.
Compartí tu opinión con toda la comunidad