RETRATO DE UNA DECADENCIA

Juan Carlos Onetti (1909-1995) es uno de los grandes íconos no sólo de la literatura uruguaya, sino también de la narrativa universal de habla hispana.

La publicación de «El pozo» (1939), que fue su primera novela, provocó una fuerte conmoción en la intelectualidad de la época.

Asimismo, trabajó como periodista para la agencia Reuter y otras organizaciones en Buenos Aires, ocupando, además, el cargo de director de las bibliotecas municipales de Montevideo.

Cuando se instauró la dictadura, fue injustamente encarcelado. Este episodio transformó su vida y lo forzó a exiliarse en España, donde vivió hasta su muerte.

Onetti fue uno de los escritores más virulentos, al retratar a la sociedad de su tiempo con un trazo crítico y despiadado. Si bien su Santa María no corresponde exactamente a ninguna ciudad del Uruguay, se puede deducir que estaría situada en él, por los escasos pero reveladores datos que el autor aporta.

Pero más allá de ese aspecto, el eje central de la obra de Onetti es la degradación de la sociedad, sus efectos sobre el individuo y las dificultades para encontrar una respuesta adecuada a ella.

Dos grandes de la literatura hispanoamericana, el mexicano Carlos Fuentes y el peruano Vargas Llosa, le consideraron el precursor de la novela contemporánea latinoamericana.

En «El pozo», el narrador queda efectivamente separado de su ambiente corrupto y predominantemente burocrático, por una generalizada incapacidad de comunicación.

Mientras «Tierra de nadie» (1942) reconstruye el depresivo y pesimista retrato del paisaje urbano, «La vida breve» (1950) presenta, por primera vez, la imaginaria ciudad de Santa María, donde la respuesta del protagonista a su presente consiste en imaginarse a sí mismo como otra persona.

En «El astillero» (1960), de reciente reedición por el sello Santillana, el narrador regresa al tema del caos parido por una desmesurada burocracia.

El astillero, fundido y esperpéntico como un esqueleto abandonado, es una metáfora de la decadencia y la desidia que representan una idiosincrasia de país.

A propósito de esta novela, en «Gardel, Onetti y algo más», Carlos Maggi apuntó: » pasa que hay como una rebelión sin rebelión no contra algo concreto sino hacia todo, contra lo que está visible o representado, lo que podía recordarse sin necesidad de palabras o imágenes; contra el miedo, las diversas ignorancias, la miseria, el estrago y la muerte». El retorno de un Larsen acabado, depredado por la mala vida y la pérdida de sus sueños e ilusiones, es una metáfora de la situación de toda la ciudad de Santa María, funcionando personaje y ambiente como parte indisoluble de una misma unidad.

Los personajes habituales de Onetti y en particular Larsen, un existencialista de entrecasa, agobiado por «la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser», pelean constantemente batallas ya perdidas de antemano.

La valentía inútil de estos personajes es quizás la única respuesta posible, la única rebeldía permitida en los ambientes sórdidos y ahogados de desesperanza en los cuales se mueven.

El protagonista, al igual que otros habitantes de Santa María, sabe que ya no vale la pena ninguna lucha, o que, al menos, ninguna lucha puede ser ganada.

Santa María no funciona sólo como un espacio físico, sino como un estado espiritual que permea a su fauna humana, en un perpetuo proceso de retroalimentación.

«El astillero» marcó un mojón en la literatura uruguaya y uno de los puntos más altos en la obra de Juan Carlos Onetti. La hondura psicológica de los personajes y su estilo opaco y visceral, la convierten en un ineludible referente para comprender a la sociedad contemporánea.

(Edición de Santillana)

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