Una obra con un toque escatológico
Al comienzo parece casi inocente la obsesión con el «comercio carnal» (más adelante veremos cómo el «comercio» desplaza a lo «carnal»); y preguntas como «¿para qué sirve el culo?» nos hacen sonreír. Resulta claro, retrospectivamente, que la obra debe comenzar en una atmósfera doméstica y compartible de tres mujeres, ha de seguir con algunas sugerencias desconcertantes y debería concluir en un aquelarre.
Tres mujeres reunidas en una cocina hablan; casi siempre monologan. Erna (Estela Medina) vive para algunas obsesiones: el ahorro, su hijo Hermann, el carnicero polaco Karol Wojtila (sic) que la provee de pan de carne (con el correr de la obra veremos en todo, inclusive este pan, una alusión a los excrementos); entretanto, se regodea con haber encontrado y adecentado un sombrero (o gorro) hallado en la basura. Greta (Gloria Demassi), sensual y lujuriosa, preocupada por las necesidades de su perra, sueña con encuentros eróticos, en particular con Hermann, el hijo de Erna; María o Marita (por Levón) es una destapadora profesional de inodoros, tarea que se complace en hacer, no sólo a mano, sino sin guantes, mérito recompensado con el hallazgo, entre los restos de nuestras digestiones, una lata de gulash, una botella de cerveza y un perfume obsequiado por un sacerdote. De tanto en tanto, para llevar su vida al polo opuesto, Marita se entrega, con la colaboración de las otras dos mujeres, a instancias místicas o por lo menos religiosas.
En materia de coprolalia (y aún del paso que la sigue de cerca, la coprofagia), nadie ha podido superar las marcas de Sade; pero el marqués, más repelente aún que Schwab, tiene interés y, sobre todo, cierta gravedad trascendente, casi satánica, que si bien escandaliza también impone respeto. Por consiguiente, nada hay de nuevo, en este punto, en «Las presidentas». Se verifica una vez más que los extremos se tocan: la vinculación de los excrementos con valores y entidades que percibimos como diametralmente opuestas, como el dinero, el oro, los bienes materiales en general y, allá en lo alto, Dios, viene de muy antaño. Ya Pécuchet, (en «Bouvard et Pécuchet», de Flaubert) cuando suprime las letrinas en beneficio del campo raso para mejor abono su granja, se justificó diciendo «¡Pero es oro!». Más adelante el psicoanálisis redondeó el concepto del «tipo anal», fijo en una etapa infantil de su evolución psíquica. Son personas fanáticamente ahorrativas, ávidas de acumular, poseer y controlar bienes; son perseverantes y manipuladoras (como Erna), buscan la perfección en todo, aquí en el trato con las heces (como Marita). En otras oportunidades, pero siempre compulsivamente, el «tipo anal» puede ser dispendioso y derrochador (Greta).
La obra es poco más que la yuxtaposición de tres monólogos, un tanto a la manera de «El ansia» de Sarah Kane. No registramos una sola situación dramática, y ello es imposible porque casi no hay interacción entre las tres mujeres. La obra termina con una alusión a los cadáveres que toda familia esconde en el sótano, con lo que, salta a la vista, Schwab se anota un nuevo tanto en su paralelismo entre el carácter y el funcionamiento de los últimos tramos del intestino grueso. La obra fue puesta en escena en uno de los festivales de Porto Alegre por Camilo de Lelis, versión que se conoció más tarde en Montevideo y se representó también en Buenos Aires (2002) con dirección de Manuel Iedvabni y actuación de Thelma Biral. No poco prestigio. Hay mucho más aún: hemos leído que «Las presidentas» muestra «… el baño de sangre fascista de mediados de siglo, los setenta años de agonía del comunismo soviético… la monomanía de unos dominantes Estados Unidos… el proceso por el cual, paso a paso, ideales color de rosa devinieron la justificación del genocidio». Ya que estamos en una cocina, todo un smörsgabord de significados, para servirse a discreción. Pero para la directora, Marianella Morena, en cambio, se trata aquí, enmascarada entre la mugre y la inmundicia, sólo de la «soledad inmensa e irrisoria de estas tres mujeres amuralladas en su microcosmos cotidiano, enlutadas en sus sueños y esperanzas». Hay para elegir; pero la fantástica variedad de opciones sugiere que se cancelan unas con otras.
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