"Gorda". Obra de Neil LaBute, en la sala Pablo Picasso, Paseo la Plaza, Buenos Aires

Desventuras de la mujer queen size

Un alegato en pro de los obesos, portadores de una "diversidad" tan discriminada como desamparada. Cuando concluye la pieza, el espectador se pregunta si la ciencia médica no ha ido demasiado lejos al tratar al obeso de enfermo, con todas las consecuencias que implica.

Escrito por: Jorge Arias |

Jueves 17 de enero de 2008 | 4:47
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Teatro. Una obra que se ocupa del complejo tema de la obesidad.

Las Venus de la antigüedad griega tenían sus panículos adiposos, como, más tarde, los tuvieron las del Tiziano y Veronese; y las inolvidables ninfas de Rubens deben algo de su florido lenguaje de felicidad a un sobrepeso, sonrosado y móvil. Ibamos a hablar aquí de los hombres obesos; ibamos a decir que el doctor Johnson, Balzac, G. K. Chesterton, Winston Churchill, Edmund Wilson, Alfonso Reyes, Batlle y Ordóñez o José Mujica llevaron o llevan con gallardía su imposibilidad de exhibir músculos abdominales; pero esta desinhibida definición de un hombre por su gordura, por más parcial que sea, es benévola, y discriminatoria contra la mujer. Ninguno de ellos es ridículo. Eran, es, así. Su estilo de vida, de cuya validez no se duda, incluye grasa acumulada, pero los aceptamos como son. Un hombre gordo, un talle 50, es “king size”. “Queen size” empieza a ser cómico.

Helena, la protagonista de esta comedia de Neil LaBute (Detroit, 1961), que interpreta la actriz española Mireia Gubianas (protagonista de “Gorda” en su versión de Barcelona, 2006-2007)), conoce a Tomás, o Tommy, un ejecutivo de rango medio (Gabriel Goity) en ocasión de compartir, bandeja en mano, una mesa en un restaurante de comidas rápidas.

El, esbelto y un tanto insípido, eligió virtuosas ensaladas; ella, a través del desparpajo con que acomete sus pizzas, muestra un franco goce del vivir que desarma y atraen a Tommy; la escena culmina con esta Eva de hoy tentando, con éxito, a su Adán no ya con la manzana, sino con un flan de vainilla. Se citan.

A partir de ese momento, la acción se desarrollará en dos ambientes que elaboran entre sí una inquietante tensión. Por una parte, el macrocosmos, la oficina donde él trabaja: allí Nacho, un compañero (Jorge Suárez) y una linda compañera que ha sido amante de Tommy (Juana, por María Socas) encarnan esa curiosidad y ese entrometimiento en la vida ajena que disimulan mal su carácter autoritario y represivo. Por otra parte, un restaurante y la pieza de una casa de citas enmarcan la progresiva intimidad (y soledad) de los amantes.

Al fin, ambos ambientes deberán tocarse; y esa proximidad precipita el desenlace.

“Gorda” se recomienda por su provocativa originalidad, por sus buenos diálogos, por sus escenas bien armadas y resueltas. Es posible que el autor haya vacilado ante el final, que resulta más amargo que insatisfactorio; si la obra enjuicia, como dice el director, Daniel Veronese, en una inteligente nota del programa de mano, “la cobardía de nuestras vidas”, este juicio irrumpe en los últimos minutos, como traído por un providencial aerolito.

La puesta en escena cuenta con el apoyo de una notable escenografía (Alberto Negrín); y Veronese ha logrado de los actores las notas justas y el movimiento escénico perfecto. Los intérpretes se desempeñan con particular seguridad, y todos se lucen. Mireia Gubianas es la irrefrenable y sensible Helena, Gabriel Goity el humano, demasiado humano amante, Jorge Suárez, en una brillante composición, es el amigo y compañero, del que no sabemos si es sabio o pérfido. María Socas tiene el personaje ingrato; pero conmovió a la platea cuando sacude, literalmente, a Tommy.

“Gorda” es un buena comedia: como tal, nos abre en el alma un espacio para la reflexión. Eso sí, deja en nuestros labios un sabor agridulce. Estreno del 16 de enero, Sala Pablo Picasso del Paseo la Plaza, Buenos Aires.

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