Escrito por: Nelson Di Maggio

El blanco como suma de todos los colores, lugar de todos los posibles, apogeo de la luz y triunfo de la oscuridad en el período más agudo de la dictadura militar, Agueda Dicancro encontró en el vidrio una expresión estética que la desvinculó del tradicional aspecto funcional y decorativo (en el sentido relacional con la arquitectura), legítimo por cierto, en el que ella misma había transitado y transita. En esas planchas colgadas del techo, la transparencia de las formas paralepípedas, alteradas por mínimas ondulaciones, no sólo orientaban el espacio interior de la primera instalación en Montevideo, sino que además se constituían en materia de especial autonomía expresiva y sugerencia visual.
A partir de ahí, entró en una fase de doble complejidad creciente, en lo técnico y en el contenido, como lo harían, en dirección paralela, en el campo de la cerámica, y a partir de la misma muestra, Enrique Silveira y Jorge Abbondanza, sus compañeros de equipo. Aunque existen muchos escultores que utilizan el vidrio (el más cercano, el húngaro-argentino Gyula Kosice) y otros que se concentraron en la galería parisina de Clara Scremini, ninguno tuvo la ocurrencia de experimentar más allá de lo estrictamente formal y hacer de ese soporte tan antiguo vehículo de una idea trascendente.
En pacientes, sucesivas investigaciones, Dicancro fue descubriendo, no sin cierto asombro, que los problemas acuciantes de la sociedad contemporánea, los más urgentes (violencia, destrucción ambiental, el destino del hombre, sus frustraciones y esperanzas) podían ser motivo de reflexión a través de la formalización artística sin que la fruición visual y exterior opaque o desvíe la captación de la idea. Así comenzó la serie Visiones de la vida y el hombre y Otras Visiones que se sucedieron, en el éxito de la originalidad conquistada, en el Subte Municipal (1989), en parte exhibida en París (1992), Bienal de Venecia (1993), luego reinstalada en el Museo Torres García (1994), Alianza (1995) para luego focalizar temas directos ( La última cena, Bienal del Mercosur,1999), Tiempos y utopías (Buquebús, 1998) o en el Museo Zorrilla en 2001. Son algunas de las más notables de sus unipersonales.
Luego de seis años vuelve a sorprender. Con empecinada vocación investigadora. En el deleuziano título Arborescencias impuesto, con acierto, por la curadora Jacqueline Lacasa, Dicancro se revela en la plena posesión de sus medios técnicos y expresivos. Con la sabiduría que otorga la madurez, apacigua la fuerza irruptiva de la propuesta, ya codificada a través de los años, serena la complejidad barroca primera, el deslumbrante onirismo de los blanquísimos bosques petrificados, los inquietantes abismos de los espejos, todas connotaciones ligadas al espíritu de situaciones epocales, para instalarse en la despojada y elusiva síntesis actual.
Deslizándose suave y secretamente entre el deconstruccionismo derridiano, los objetos fractales (forma fractal, fraccionada, interrumpida) de Mandelbrot, y la teoría de las Siete catástrofes (catástrofe en tanto discontinuidad, transtorno, conflicto entre elementos estables) de René Thom, pensadores que remiten al antimodelo del sistema estable, la escultora, en incisivo montaje curatorial, convida, en ocho grandes estructuras piramidales centrales, rodeadas de cuatro objetos distribuidos en la pared, al visitante a un recorrido en que se convierte en protagonista y creador: inventa su propio espacio, captura las cambiantes imágenes reflejadas en el vidrio metalizado, descubre las huellas fragmentarias de torsos masculinos y femeninos, señales simbólicas de espirales, crucetas, surcos, separaciones, aproximaciones, protuberancias, sesgadas alusiones a la condición humana, a la precariedad y la voluntad de un eterno retorno. Hay una potenciación de estructuras cíclicas de ascenso y descenso, de solidez y fragilidad, de liso y rugoso, de centrípeto y centrífugo, de unidad y fragmentación, como un monumental puzzle a recomponer por el receptor luego de atravesar la experiencia participativa y liberadora, entre objetos enmarcados en madera y hierro negros como el dominate de la sala, alterados por los rutilantes brillos de cambiantes imágenes reflejadas y vidrios rojos exultantes de vitalidad.
Como escribió en anterior oportunidad quien firma esta nota, en ocasión de otras exposiciones, Dicancro hace añicos los géneros artísticos, derriba los sacrosantos lenguajes pictóricos y escultóricos, interrumpe el discurso histórico del arte e instaura nuevos modos operativos que son, en definitiva, nuevas modalidades de sentir y pensar, de estar en el mundo.
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