Balance. Lo mejor y lo peor de lo que pudo verse en las tablas de las artes escénicas montevideanas

El teatro uruguayo del año que pasó

Diremos cuáles fueron los mejores espectáculos, y hasta donde nos sea posible, las razones de sus triunfos; luego mencionaremos los buenos, los aceptables… y, globalmente, los otros..

«La vida es sueño», puesta en escena de Adriana Lagomarsino, refundición de dos obras del mismo nombre de Calderón de la Barca tiene como primer mérito, común a todas las mejores obras del año, la densidad de escritura de la pieza. Hay inquietantes implicaciones esotéricas, teológicas (casi heréticas) y aún eróticas, en un texto que nos plantea el nada menor tema de la esencia de los sueños y sus relaciones con la vida; todo ello en un espectáculo brillante, ágil y divertido que no vaciló en aliar, con serena audacia, la música de hoy con la poesía de anteayer y la filosofía de los estoicos griegos y romanos. Muy buenas actuaciones de Mario Ferreira, Delfi Galbiati y Alejandra Wolff.

«Las troyanas» tuvo el nada desdeñable apoyo de Eurípides, nuestro contemporáneo y precursor de Jean Paul Sartre, quien comprendió su impacto político y escribió una versión propia de la pieza. La directora Marisa Bentancur, sin embargo, no se apoyó en tan ilustre antecedente, urdió una versión propia y logró una obra de una emoción desgarradora. Si alguien tiene alguna duda de que eso es el teatro clásico, le diremos que nunca vimos un espectáculo tan sangriento, furioso y apabullante como un «Edipo» realizado por griegos de hoy. Las actuaciones de Gabriela Iribarren (Hécuba) y Rosa Simonelli (Andrómaca) fueron excelentes

«I love Clint Eastwood» de Miguel Morillo, dirección de Alfredo Goldstein, tuvo en común con las anteriores la potencia expresiva de la puesta en escena y en particular de las palabras del libreto. Volaban las frases como dardos, estallaban como petardos, daban siempre en el blanco. Hubo agudeza, inquietud, abismos que se abrían y cerraban ante nuestros ojos. Deliciosa revelación del joven actor Leandro Núñez; Tabaré Rivero estuvo a la altura de sus mejores antecedentes.

«La embajada» de Marina Rodríguez, dirección de la autora, nos puso delante al Uruguay de hoy, a través de un hermoso episodio del amargo ayer de una dictadura militar. La autora rescata un personaje inolvidable, el embajador venezolano Vicente Muniz Arroyo y describe, con amor e imparcialidad, nuestras virtudes y defectos: nadie pudo dejar de reconocerse en alguno de los personajes de esta pieza.

«Nuestra vida en familia» de Oduvaldo Viana, dirección de Héctor Guido, también por «El Galpón», es una obra tan plural, conflictiva, dramática y poética como la vida misma. Dardo Delgado y Stella Texeira se lucen especialmente. Esta pieza y «La embajada» nos hacen soñar con la resurrección de las mejores virtudes de «El Galpón» de antaño: espíritu militante y calidad artística.

«Telarañas» de Eduardo Pavlovsky, dirección de Carlos Aguilera, sacudió la platea con su vibrante texto, sus ideas vigentes, su lacerante actualidad; todo ello a más de treinta años de su estreno. De lo mejor del autor de «El señor Galíndez».

«Las bacantes» dirección de Fernando Rodríguez Compare maneja dinamita. Su autor, Eurípides, predica la ebriedad, la orgía que libera de límites; eso debe afrontar las zozobras de un mundo sin ley, que incluye el filicidio. La tragedia nos hace ver el sentido subversivo de la arquetípica muerte del soberano, sinónimo de revolución. Aún hoy, «Las bacantes» nos hace llegar, a la distancia, como una luz refractada a través de siglos, los resplandores enigmáticos del Hades, esa matriz del «zoológico infame de nuestros vicios» (Baudelaire), esos bajos fondos que nos ha mostrado el psicoanálisis. El director Rodríguez Compare lo dice bellamente en el programa de mano: «Dionisos, con su carga de libertad y vida, por una parte, prepotencia y muerte, por otra, proyecta la dualidad a la que está sujeto el hombre».

«Madonna bonus track», un musical de Luis Trochón, tuvo pasión, ciencia, actores eficaces en la interpretación, diestros como bailarines y gratos como cantantes; hay belleza plástica en la iluminación y vigor musical, con músicos de primera. Como en «Chicago», como en «West side story», no encontramos fallas. La idea es plausible; la puesta en escena, que hubo de coordinar a más de veinte artistas, impecable. Por si faltaba algo, allí estuvo, impertérrita, hermosa e inagotable, Noel Calcaterra: como Madonna. Canta y baila sin tregua y no parece transpirar ni despeinarse; entra y sale con el tiempo justo para cambiarse; siempre sonriente, nunca vulgar; no percibimos errores en las notas ni fallas en los pasos, que no son fáciles.

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