En la otra orilla del rio
El Centro Cultural Recoleta, como de costumbre, reúne una variedad de propuestas, muchas de ellas, olvidables. Se destacan, en primer lugar, Ensayo y Opera, una visión de lo actuado por Miguel Baudizzone y Jorge Lestard, un Estudio de arquitectos formado en 1965 que mantuvo una exigente línea de continuidad, con las naturales variaciones que producen los integrantes de un equipo a lo largo de 40 años. La exposición evita el criterio cronológico y está dividida en cinco capítulos temáticos (Envases, Organismos, Intervenciones, Domesticidad y Paisajes) relativos a la diversidad operativa en el ejercicio de la profesión. Como afirman, es un arquitectura de ideas porque cada proyecto surge de la naturaleza del problema a resolver y no de la complacencia formal del diseñador. De ahí la diversidad. Presentada con ajustado profesionalismo, en el capítulo Intervenciones hay que señalar las modificaciones (acertadas) que introdujeron al neoclasicismo del Hotel Carrasco de Montevideo, un proyecto que quedó interrumpido por la inepcia de las actividades municipales. La muestra es muy disfrutable y convida a la reflexión sobre la ciudad y la complejidad de los problemas arquitectónicos.
Con mucha publicidad, la exposición proveniente del Palais de Tokyo, París, denominada Midi-Minuit, con asistencia de su director, decepciona. Instalaciones, videos y dibujos incluyendo gente famosa en encuentros internacionales (Peter Fischli/David Weiss, Philippe Parreno) de escaso interés. En todo caso, sin ser ajena a cierta espectacularidad de club nocturno a la entrada, son obras menores de talentos que han demostrado su personalidad con mejores atributos imaginativos.
En cambio, con modestia, Mónica Christensen revela, en Juegos y juguetes, una rica inventiva en los objetos de madera pintados con colores fuertes y formas derivadas del surrealismo y del pop. Por lo menos, sin la pretensiones de Nora Cherñajovsky en La ola, exposición multimedia presentada por Ana María Battistozzi.
El siempre sorprendente Centro Cultural Borges mantiene, esta vez, un buen nivel. A la entrada el proyecto La linea piensa, orientado por Luis F. Noé y Eduardo Stupía, un revelador dibujante, Alberto Navarro, nacido en 1951, pero que recién luego de un viaje a la India, se descubrió, Hace sioete años, que a través del trazo y las infinitas variaciones del dibujo, del punteado a la línea continua, podía conformar una imaginería figurativa de densa espiritualidad. En los amplios espacios superiores, se despliega el Premio Nacional de Pintura, con curadoría de la uruguaya Sarah Guerra: están casi todos los nombres conocidos y consagrados que vuelven, fantasmales, al ejercicio pictórico. Clorindo Testa, primer premio, recordando sus tiempos lejanos de informalismo, aunque es mejor el segundo, otorgado a Jacques Bedel, misterioso en sus Aproximaciones al Mal. Mención a Diego Perrotta, ese dibujante portentoso. El conjunto traslada al observador a los viejos salones, de calidad, pero aburrido. En frente, una deliciosa muestra de Joan Mirò, compuesta de dibujos y grabados (cierra el 16 de marzo de 2008), especialmente los primeros, de frescura inventiva y libertad creadora.
Por el Malba (Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires), retrospectiva de Oscar Bony (1941-2002), figura emblemática de las experiencias del Instituto Di Tella en la década del 60 con su instalación La familia obrera, polémica pieza (ahora en fotografía monumental) en la que exhibió a una familia auténtica, contratada por el doble del sueldo de su trabajo habitual. Un antecedente del reality-show, en clave conceptual. Los video de esa época son muy elementales y el paso del tiempo es implacable. El sector de 1994, Obras de amor y violencia, fotografías con vidrios perforados con disparos de bala de revólver (hay un antecedente en el Centro Pompidou que le quita originalidad) si bien impactan en un primer momento referidos a artistas famosos, luego, aún con la implicancia política, se repiten, mientras que en la serie Triunfo de la muerte, autorretrato rodando por la escalera y baleado, es otra referencia a Marcel Duchamp. Con obras disímiles (fotografía, pintura, video, performances), con viajes continuos y continua investigación, Bony tuvo una muerte temprana en plena actividad. Sigue hasta fines de febrero.
Un caso curioso, exaltado hasta la náusea, es la pintora santafecina Ides Kihlen. Su mayor mérito radica en mostrar sus obras a partir de los 80 años y seguir trabajando aún hoy, a los 90. Tuvo una gran repercusión mediática, incluso en televisión con extenso reportaje sobre todas las etapas de su vida familiar que, desde luego, es muy emotiva. Los trabajos son menos. En su mayoría collages, recibieron un ensayo de Mercedes Casanegra publicado en libro. En la Galería Coppas Oliver se exhiben obras recientes, apropiaciones elementales de la imaginería de Mirò o incursiones primarias en el recorte de papeles de color y composiones torpes. Son insondables los criterios de la crítica porteña.
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