Bibliofilos compulisvos

Carlos María Domínguez, que nació en Buenos Aires en 1955 y desde 1989 reside en Montevideo, es autor de las novelas «La mujer hablada» (1988), por la cual recibió el Premio Bartolomé Hidalgo, «Pozo de Vargas» y «Bicicletas negras».

En 2002, publicó «Tres muescas en mi carabina», relato que le permitió cosechar el Premio Juan Carlos Onetti.

Otro de sus títulos más exitosos es la biografía novelada «El bastardo: la vida de Roberto de las Carreras y su madre Clara» (1997), que conoció una reciente reedición.

En otro orden, publicó el libro de cuentos «Mares baldíos», sobresaliendo, además, por sus exitosas incursiones en el género biográfico: «Construcción de la noche: la vida de Juan Carlos Onetti» (en colaboración con María Esther Gilio) y «Tola Invernizzi: la rebelión de la ternura».

Domínguez también ha escrito libros de investigación, entre los cuales se destacan «Delitos de amores crueles», «Escritos en el agua» y «El Norte profundo».

«La casa de papel», de oportuna reedición en formato de tapas duras, es una suerte de cuento largo o una nouvelle, que trata sobre la fascinación que pueden provocar los libros hasta transformarse en una obsesión.

Como se recordará, esta historia cosechó importantes galardones, como el Premio Fundación Lolita Rubial y Narradores de la Banda Oriental (2002) y el Premio Especial del Jurado de Jóvenes Lectores de Viena, Austria, en 2005. El libro ya vendió cien mil ejemplares y ha sido traducido a dieciocho lenguas.

El disparador de la anécdota sobre la cual se erige el relato es la misteriosa muerte de una catedrática, lo cual, por inesperado y extraño dadas sus circunstancias, se presta a toda suerte de conjeturas en los ámbitos académicos que solía frecuentar.

Bluma Lennon, la infortunada docente, es atropellada por un automóvil mientras lee un viejo ejemplar de los Poemas de Emily Dickinson, adquiridos momentos antes en una librería del Soho, un popular barrio de Nueva York, caracterizado por su intensa actividad cultural.

A propósito de este hecho, el narrador relata episodios curiosos, algunos desgraciados, que pretenden ejemplificar cómo la literatura es capaz de modificar radicalmente la vida de las personas, más allá de contribuir a su entretenimiento, acervo cultural o conocimiento.

A través de sus curiosos personajes, el autor nos sumerge, con mucha ironía pero también con respeto, en el mundo de los amantes de los libros, de aquellos que, más allá del interés que pueda presentarles su contenido, adoran al libro en tanto objeto.

La concepción del libro casi como una entidad dotada de una intangible pero perceptible vida, de un aura que nos revela parte del alma de su autor además del mero valor material, es la idea principal que desarrolla la obra.

Un extraño hallazgo acrecienta aún más el misterio e induce al protagonista a iniciar una investigación, que apunta a hurgar en la vida, el pasado y las personas cercanas a la infortunada mujer. La pesquisa aporta otros indicios reveladores que enriquecen aún más la trama novelesca.

Domínguez construye un itinerario a menudo tortuoso, que transcurre entre viejas bibliotecas, libreros y bibliófilos, con el propósito de arrojar luz sobre el enigma que le agobia.

En el cenit de su delirio, el personaje de conductas enfermizas que constituye el centro de la búsqueda del narrador, adopta la delirante decisión de hacerse construir una casa con los volúmenes de su vastísima colección bibliográfica.

Más allá de su estupenda factura novelesca, «La casa de papel» es una suerte de metáfora que reflexiona en torno a la lectura y las más compulsivas obsesiones.

(Editorial Punto de Lectura)

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