Teatro. "El pintor de madonas", de Michel Marc Bouchard, en la escena del Teatro Circular de Montevideo

Recordar con ira la religión del miedo

Pero Nietzsche muestra en sus invectivas una grandeza y hasta una objetividad con el cristianismo que Bouchard no tiene.

Y en lo que se refiere al catolicismo, Bouchard parece tener abiertas las heridas de una educación fundada en el terror, a la que tal vez se alude en «Los lirios» («Les feluettes»), que todavía no logró superar y que posiblemente trata de exorcizar en esta pieza. Es evidente que «El pintor de madonas» contiene elementos autobiográficos: la acción sucede en un lugar llamado Saint-Coeur-de-Marie, nombre de la ciudad de Canadá, sobre el lago Saint-Jean, donde nació Bouchard (2 de febrero de 1958). Unas palabras del epílogo, a cargo de un ángel, dicen: «…Los personajes hablan una lengua bíblica. Todas estas palabras tintas en sangre, de guerras seculares, de invenciones de milagros y mentiras, todas las palabras de esta fe en que el amor es sólo pecado, donde las mujeres no tienen derecho al placer, donde los hombres gobiernan a golpes de cruz, donde el infierno es el salario de la existencia». Encuentra a la religión católica hoy, más que errónea, «medieval». A menudo parodia el estilo de los Evangelios («…en verdad, en verdad os digo») y encuentra «diabólica» su propia historia de «El pintor de madonas». Hay demasiado rencor en su rechazo.

La trama es muy compleja y, como de costumbre en Bouchard (recuérdese «Las musas abandonadas» o «El camino de los pasos peligrosos»), el sentido último de la obra no es fácil de percibir. La acción sucede en 1918. Un joven sacerdote (Juan Luis Granato), para que Dios conjure una mortal epidemia de gripe que traen de Europa los soldados canadienses, finalizada la primera guerra mundial, contrata a un atractivo pintor italiano, Alessandro (Javier Mas), que pintará una Asunción de la Virgen María en la iglesia parroquial. Con ello Dios se apiadará y quizás ha de conjurar la enfermedad; un médico escéptico (Xavier Lasarte) lleva la bandera de Bouchard. Las muchachas de Saint-Coeur-de-Marie (Virginia Marchetti, Aline Rava, Mariana Baquet, Leticia Cacciatori), carentes de hombres, se sobreexcitan con el pintor, que elegirá una de ellas como modelo para la Virgen. Su elección no conformará a nadie. Todo es examinado y reprobado por Bouchard: por momentos parece impugnar todo el arte religioso en su conjunto, como el señuelo con el que nos tragamos falsificaciones y mentiras.

La puesta en escena de Alvaro Correa, que ya nos ha brindado, con éxito, «La historia de la oca» y «El camino de los pasos peligrosos» del mismo Bouchard, es fiel al texto y a las indicaciones del autor. No sabemos bien si la obra es demasiado personal, si el odio de Bouchard no es un tanto paranoide, pero minuto a minuto la obra, del mismo modo que no se desprende de Bouchard, toma distancia del espectador. Se comprende todo: el argumento es claro; la intención, no explícita, se muestra al fin; pero no se siente que un nuevo objeto artístico ha nacido.

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