"Baudolino": otra vez un monje medieval

Nueva novela de Umberto Eco

Como en el caso de El nombre de la rosa, publicada en 1980, también esta es una novela doctísima, como revelan los fragmentos anticipados a la crítica italiana, en los cuales las tragedias de la época, matanzas, guerras, robos e incendios son narrados con fantasiosa hilaridad.

Detrás del protagonista, el Baudolino que da su nombre a la novela, aparece una figura legendaria, San Baudolino, protector de Alejandría, personaje imaginario creado por Eco y que, según la crítica italiana, es un perfil metafórico en el que se reconoce el escritor.

A lo largo de la narración, Baudolino, incansable viajero de imaginación desbordante, mantiene diálogos con doctos bizantinos como Niceta Coniate, a quien narra sus encuentros con el santo protector de Alejandría, del que nadie oyó nunca hablar.

Ante las protestas del sabio, que pone en duda la veracidad de sus historias, Baudolino admite con candor que «siempre confundió lo que veía con lo que deseaba ver».

Eco se aprovecha de otro docto personaje de la época, el obispo Ottone, para desarrollar la teoría de que el «hombre de letras debe mentir para narrar sus historias», porque en caso contrario las mismas corren el riesgo de ser monótonas.

«El mundo condena a quienes mienten constantemente sobre las cosas ínfimas, pero premia a los poetas que lo hacen sólo con las grandísimas», sostiene Ottone-Eco, invitando al joven Baudolino a mentir con moderación.

En el caso de que la verdad se agote en una narración, aconseja siempre el docto obispo, es necesario inventar. Sin embargo, advierte a Baudolino que no debe atestiguar lo que considera falso, puesto que sería un pecado, «sino atestiguar falsamente lo que considera verdadero, una acción virtuosa, porque suple la falta de pruebas sobre algo que ciertamente existe o existió».

En estos y otros pasajes del libro de Eco, 526 páginas densas de hechos acaecidos en la Edad Media, desde Barbarroja hasta el San Baudolino del pasado mítico de Alejandría, los críticos italianos intuyen que el protagonista es una figura metafórica del autor.

Los vagabundeos por el mundo de la época llevarán a Baudolino entre los 16 y los 60 años a París, donde vivirá una intensa historia de amor, y a Constantinopla, en el Extremo Oriente, donde intentará convencer de la veracidad no sólo de la existencia de San Baudolino, sino también del reino del Preste Juan, otra fantasiosa leyenda, de la que el narrador afirma «que hubiera sido creíble, si el sacerdote le hubiera escrito al Emperador». La estructura de la novela –o crónica si se prefiere– es sumamente compleja, con un cronista que narra los acontecimientos de la época, como el incendio de Constantinópolis, mientras introduce los diálogos de Baudolino con los sabios.

Hacia el final, Baudolino vive retirado, cumpliendo con su destino que es «ver llegar desde lejos los propios pensamientos».

Pero no renuncia a sus ambiciones de realizar un nuevo viaje para retornar al misterioso reino de Preste Juan, en el Extremo Oriente.

Cuando en su último encuentro con Niceta, el sabio le pregunta cómo presume que vivirá tanto, Baudolino responde: «Viajar rejuvenece».

Con esta frase, sostiene la crítica María Corti, Eco pone el sello de su identidad al fantasioso Baudolino, puesto que los amigos del escritor citan con frecuencia su frase: «A mí las ideas me vienen cuando viajo en avión».

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