Esperando al Mesías

Vidas marginales, vidas recuperadas

Todo parte inicialmente del efecto que provocó la denominada «crisis asiática» en la economía de los países del Tercer Mundo y, desde luego, en la Argentina. Un banco que cierra y produce despidos (con una secuencia fugaz donde aparece en un cameo Walter Reyno despidiendo a uno de los protagonistas, Enrique Piñeyro) y en consecuencia miles de ahorristas que lo han perdido todo. Absolutamente todo.

Toda la anécdota de Esperando al Mesías se centra alrededor de ese impacto que desestabiliza (financiera y emocionalmente) a una familia judía del Once (el núcleo familiar formado por el siempre aplicado Héctor Alterio, Gabriela Acher y el hijo encarnado por Daniel Handler) y, paralelamente, la de ese bancario al que despiden y echan literalmente de su casa (su esposa) y que para sobrevivir se dedica a escarbar en los containers de basura buscando billeteras perdidas, documentos de identidad con los que, a cambio de una plata, comienza a sobrevivir. Y un plus aún más dramático: la familia se golpea con pérdida inmediata de la madre (la Acher).

Todo opera, en el relato, en base al escenario de los afectos y a las rutas severas de una política económica que margina y margina y despedaza certezas y por lo tanto esperanzas. Así que para el personaje de Handler es necesario salir de lo que denomina «la burbuja» (toda la ritualística judía que se cumple puntualmente en su casa), esto es, salir al mundo y capturarlo, rozarse con sus vitalidades y formar parte de sus incidentes, ser y estar más allá de la dependencia religiosa y casera.

De modo que logra conseguir un sitio como editor de comerciales y afines en una productora luego de una peculiar entrevista con el ejecutivo que elabora también fugazmente el español Imanol Arias y, a partir de ahí, el mundo se abrirá ante sus ojos. Se enamora de una documentalista lesbiana (Melina Petriella) que, en definitiva, le corresponde aunque duda que te duda y entonces genera perturbación a su pareja (Dolores Fonzi). Handler también olvida momentáneamente a su pareja (Chiara Caselli), que sigue con la intención de recuperar el negocio de su suegro (Alterio) con la inclusión en el boliche de un ‘karaoke’ porque hay que pelearla como sea.

Todos se acercan y se alejan en su búsqueda profunda de sus señales de identidad individual y colectiva en la inmensa construcción metropolitana. Así Burman (del que ya se conoce la menor Un crisantemo estalla cinco esquinas) coteja líneas de pertenencia, de reciprocidades, soledades y dolencias, maneras de la ley inexorable de la superviviencia en la gran ciudad: el hombre que se dedica a buscar identidades (una excelente performance de Enrique Piñeyro) finalmente encontrará su otra voz en una tierna cuidadora de un baño de una estación de trenes (correctísima Stefanía Sandrelli) y habrá una historia que lo salve de su pesadilla personal.

En rigor, la película tiende a construir un mensaje esperanzador y no falsamente optimista: se puede pelear desde abajo con la mayor dignidad. Desde el intercambio de calor afectivo. Si la morada afectiva no está en orden, nada puede funcionar. Ese podría ser el mensaje y Burman lo va desarrollando a través de una construcción de ambientes y secuencias gratamente resueltas, aunque en algunos peque de artesanal y demasiado literario en el fluir de los parlamentos.

De todos modos, Esperando al Mesías es un soplo de vida. Puede verse.

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