Galardones para "Matar a todos"
La película del uruguayo Esteban Schoeder figura en el primer lugar de la taquilla del Festival Internacional de Cine de La Habana. 220.000 espectadores han asistido a sus exhibiciones a lo largo del certamen.
Anoche se proyectó la función oficial que fue presentada por su protagonista Roxana Blanco y el productor Sergio Miranda, por Esteban Schroeder y Asociados (Uruguay). Schroeder se encuentra en Pantalla Pinamar, Argentina, luego de participar de los Festivales de Derechos Humanos de San Paulo y Río de Janeiro.
Programadores y directivos de otros festivales internacionales como Toronto, San Diego, Los Angeles, Noruega y Ontario, han hecho llegar sus invitaciones a la película que ya obtuvo el Premio del Público en el la 16ª edición del prestigioso Festival de Biarritz, Francia.
La trama del filme cuenta que cuando la democracia continúa imponiéndose ante las alicaídas dictaduras latinoamericanas, un hombre huye por el bosque de un balneario uruguayo. Se refugia en la comisaría del pueblo y, desesperado, denuncia que ha sido secuestrado, que van a matarlo, que es chileno y que su nombre es Eugenio Berríos. La denuncia llega a la abogada Julia Gudari, asistente del juez Santa Cruz. Julia, a medida que avanza en la investigación, advierte que la policía ha pretendido borrar todo rastro del caso. Desde la embajada de Chile tampoco encuentra respuesta. Descubre que se trata de un bioquímico que trabajaba para la policía secreta de Pinochet, a quien había convencido que sería capaz de «gasear Buenos Aires» con armas químicas. Julia comienza a desentrañar una historia sórdida que la involucra directamente: tanto su padre, el General Gudari, como su hermano, Iván, forman parte de la alianza macabra y harán todo lo posible por alejar a Julia de la verdad.
Gran coral para Reygadas
El cineasta mexicano Carlos Reygadas enalteció las pantallas del festival habanero con su filme en concurso «Luz silenciosa», sostenido por un impulso poético de largo aliento y una maestría absoluta en el trabajo con la cámara.
Desde el principio se vislumbró como candidata a premio, sin discusión alguna. Bastaba entrar en ella como quien entra a un universo nuevo, llevado de la mano de un artista que echa a un lado todas las rutinas y descubre con audacia caminos inexplorados.
El riesgo es inseparable del arte, un salto al vacío sin redes de protección debajo. Delante, sólo el infinito. Reygadas lo asume cuando filma. Su cinta arrasó con los Corales del 29 Festival Internacional de Cine Latinoamericano de La Habana. Una reverencia obligada al arte.
La película llegó precedida por las alabanzas de la crítica y premios en Cannes y Huelva, pero esto no siempre es un índice para calibrar de antemano la dimensión estética o el alcance de la creación artística.
Lo decisivo es el contacto directo del espectador con la realidad transmutada en la pantalla, la conexión emoción estética-intelecto, la obra completándose en quienes la reciben. Esa comunión la consiguió el realizador mexicano. A los 36 años y con su tercer largometraje, Carlos Reygadas se revela como un cineasta maduro, dueño de una mirada profundamente original, capaz de transmitir una historia con la pura elocuencia de la imagen, el cine como imagen imponiendo su realeza, sus códigos propios. Reygadas apenas necesita los diálogos para narrar el drama de adulterio, expiación y culpa ambientado en una comunidad menonita asentada en el estado de Chihuaha, cuyo universo cotidiano explora y devuelve mediante un grupo de personajes clave.
El uso de la luz adquiere un rango protagónico desde el inicio cuando avanza desde la noche hacia el día para mostrar a la familia de Johan, un hombre abrumado por el dilema moral de amar simultáneamente a dos mujeres de distinta manera, una de ellas su esposa.
La otra es la pasión que completa el triángulo. Para el no hay solución posible, ni tampoco dobleces. Desde un principio revela a las dos el conflicto que atraviesa sus sentimientos. El drama, la tragedia fluyen sin excesos, conducida por el hilo narrativo de la imagen.
El cineasta nunca abandona la sobriedad y dirige, a sus actores -en su gran mayoría no profesionales- como un artífice.
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