Son et lumière: El bosque de Sasha
Luego de Las fuentes del abismo, Kapeluz y Rococó Kitsch, El bosque de Sasha, evidencia que Roberto Suárez repite sus fórmulas. Sasha (César Troncoso) que aparece bajo una luz azul entre los árboles de la Quinta de Santos, vestido de retazos y colgantes, viene desde Las fuentes del abismo y de Kapeluz; sus parientes, los habitantes de la casa, con sus maquillajes lunares y sus rebuscados trajes, vienen de Rococó Kitsch; y, como es de rigor en las obras de los jóvenes posmodernos, los hombres caminan con las piernas abiertas las mujeres miran al vacío como aleladas.
El de una deliberada truculencia, es muy poco más que una aburrida veleidad o divagación. Como en toda obra escenificada en lo que ha dado en llamarse «espacios no convencionales», el público, que ya tuvo dificultades para estacionar sus automóviles, debe seguirla a pie firme por el camino de entrada, la casa o un patio trasero durante una hora y quince minutos. Un plantón acorde con la afición a la tortura del ex dueño de casa.
Hemos oído elogios a El bosque de Sasha por los efectos visuales, por la atmósfera, por la ambientación: en suma, por todo lo que no es teatro. Quienes gusten de los espectáculos Son et lumière con que Francia o Grecia adornan, para consumo de turistas aburridos, la iglesia de la Madeleine en Vézélay o la ciudadela veneciana de Corfú, estarán a sus anchas; pero valorar a El bosque de Sasha por sus escasos y poco inventivos efectos visuales es como ponderar un libro de poemas por su buen trabajo gráfico, el esmero de la encuadernación o el dibujo de la portada, con total desinterés por si el poeta nos ofrece novedosas metáforas, si acierta con el ritmo, si lidia satisfactoriamente con las dificultades o sorpresas de la rima, si logra una buena adecuación de sílabas, acentos, sinalefas y aliteraciones. Sin perjuicio de lo que antecede, no hemos visto en este frío espectáculo nada de interes plástico o visual.
Un barco fantasmal que aparece en medio de un jardín, escena que ya aparecía en un filme de Richard Harris, un cerdo en una jaula y una gallina a bordo, una campana que suena sin razón en la noche, ángeles colgados de los árboles. En todas estas imágenes falta la razón de ser, el hilo conductor, la idea que unifique, el esqueleto que sostenga, la unidad y el destino que define a una célula viva.
Pálida, espectral y entre ruinas, El bosque de Sasha es el merecido homenaje de ignominia al hombre que deshonró la paleta de Blanes: el general Máximo Santos, que hasta 1973 fue uno de los más infaustos militares de nuestra historia. Permítasenos, en esta última línea, rendir homenaje a un hombre mejor, al teniente Ortiz.
El bosque de Sasha, de Roberto Suárez, por Pequeño Teatro de Morondanga. Con César Troncoso, Yamandú Cruz, Adriana Marín, Adriana Ardoguein, Nancy Salaberry, Antonio Endériz, Marcelo Alfaro, José Rivoir, Marcel Sawchik y Sergio Gorfain. Escenografía de Adán Torres, vestuario de Paula Villalba, iluminación de Pablo Caballero, música de Sylvia Meyer, dirección de Roberto Suárez. En la «Quinta de Santos», Avda. de las Instrucciones casi Bulevar Batlle y Ordóñez. Estreno del 20 de octubre.
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