"Fontanarrisa de boliche", en sala vieja farmacia Solis

La mezcla del tango y sus letras, que ocupa una parte muy considerable del espectáculo, con el fácil mundo al revés de Fontanarrosa, no cuaja.

Por momentos uno cree que la acción está a cargo de los mozos (Félix Correa, Ariel Caldarelli, Carlos Rodríguez, Marcelo Roca), pero de pronto abandonan sus tareas específicas (Caldarelli también toca la guitarra y el piano) dicen hacerse confidencias y así aparecen tres o cuatro monólogos, muy bien logrados hasta que se hacen demasiado largos. Uno es el del exhibicionista que se considera un creador (Caldarelli); el otro es el romance interminable («Asignatura pendiente», por Rodríguez). Es muy rebuscado el esquicio «Una interesante observación sobre las narigonas»; pero lo peor es que cuando terminan los cuentos, que duran como quince o veinte minutos, pese a que sólo pueden ser una rápida conversación entre dos atareados mozos, aquello vuelve a ser un salón donde se hace música. El papel de Alicia Vignale (Luján) como patrona del local padece, pese a las condiciones de la actriz, de esa función de bisagra que mal articula los dos elementos del espectáculo.

Es agradable oír a Natalia Bolani (Shirley) cantar tangos; pero quizás porque la atmósfera del boliche, aflojada por la vulgaridad de Fontanarrosa, no daba para más, sus interpretaciones oscilan entre el canto y la parodia. El tango «Fea», de Navarrine y Pettorosi, por su precisa escritura y bella melodía, merecía un tratamiento mejor. Debemos reconocer que el drama que relata nos chantajea con el dolor que muestra, y que hecho en serio no encaja en un espectáculo que se titula «Fontanarrisa de boliche». Nos reímos con «Fea»; pero en realidad nos sumamos, llevados por la parodia, al coro de «burlas inhumanas» que mortificó a la muchacha del tango. Para hacerlo por derechas era necesario, y no se intentó, un arte superior, como el de Gardel, que supo cantar y hasta emocionar con letras tan imposibles como «La hija de japonesita», La cieguita» o el nefando, racista y machista «Justo el 31″. Se precisaba su dominio del tono, ese tono de conversación a media voz en el velorio, su dulzura y su ternura para decir la melodía, con las que el cantor supo apiadarse de la joven fea y atemperó e hizo casi aceptable el amargor de la historia.

Las risas que, en buena ley, obtienen cada tanto Caldarelli y Rodríguez no terminan de justificar la empresa en su conjunto.

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