La lechuga, de Cesar Sierra, en el teatro La Candela
Dudamos que el efecto se consiga, pese a los propósitos del director Hugo Blandamuro.
En un volante que acompañó al programa de mano dice proponerse «…hacer reír, emocionar y porque» (sic) «no refleccionar» (sic) al verse, quiza (sic) identificado con alguno de estos personajes, teniendo una lechuga (un recuerdo, un temor, un matrimonio, una necesidad o un desapego) que le jode» (sic) «la vida pero que tiene que cambiarle el oxigeno» (sic) «y seguir adelante». La dañina «lechuga» es un padre, en estado vegetal. Tiene tres hijos, que interpretan Campos, Virells y González; la lechuga es una forma de decir que el anciano es una planta, por lo que la obra pudo llamarse, con el mismo fundamento, «El repollo» o «La berenjena». El pobre hombre permanece inerte en una cama, con oxígeno y monitores, desde hace nueve años; está al cuidado de su hija y del marido de ella. A ellos el desdichado viejo «les jode la vida», para emplear la refinada expresión de Blandamuro. El matrimonio pretende de los otros dos hermanos, exactamente el día del cumpleaños del progenitor (ya verán los lectores por qué esta coincidencia), el relevo de la pesada carga. ¿Se observa el paralelo con la aclamada «Feliz día, papá» de Dino Armas? Al cabo de diálogos irrelevantes, interminables discusiones, griteríos que molestan al público tanto o más que a los personajes y diversas agresiones a propósito del padre enfermo y casi de lo que venga, riñas tan indignas del teatro como cualquier trifulca de vecinos, la nuera del enfermo, que está embarazada y no para de rezongar con el marido, vomita encima de los incoercibles excrementos del anciano; al poco tiempo se gratifica apagando la velita de la torta, lo que ocurre en el preciso momento en que el enfermo expira. Telón.
Tiene serios competidores, pero «La lechuga» es firme candidata al premio a la peor obra del año. En materia de mal gusto, en cambio, sólo «Un día de estos», de Carlos Vittoriello (teatro El Tinglado) de un humor negro análogo y no menos repelente, puede disputarle la corona. En la exigente vida del crítico de teatro, no diríamos que «La lechuga» nos «jode la vida»; pero un poco de «oxígeno» «para seguir adelante», nos hubiera venido muy bien.
Compartí tu opinión con toda la comunidad