Serrat y Sabina emocionaron a más de cuarenta mil almas
El espectáculo «Dos pájaros de un tiro» que brindaron en Montevideo el catalán Joan Manuel Serrat y el andaluz Joaquín Sabina quedará registrado en la memoria de los asistentes como un hecho histórico. Pasaran los años y una y otra vez será recordado como un hecho magnífico en donde la calidad conceptual y el arropamiento escénico se unieron para ofrecer una muestra (show) cuya calidad puede tildarse como insuperable. Carisma, ternura, fuerza, humor, calidad vocal y de sonido, así como una escenografía con imágenes en movimiento de una calidad pocas veces vista por estos lares se sumó simbióticamente a la complicidad de más de cuarenta y cinco mil almas extasiadas que durante dos horas y media dejaron de ser espectadores para transformarse en compinches de lo que ofrecieron estos dos gigantes artistas españoles.
Sensibilidad y emoción de ida y vuelta, recíproca, entre quienes desde arriba del escenario ofrecían sus canciones y quienes desde un abarrotado Centenario recibían la propuesta y devolvían su aprobación entre aplausos, gritos, ovaciones. Una auténtica fiesta en donde todo funcionó a la perfección. No fue solamente un concierto, fue una verdadera reunión de amigos.
Puntualmente a la hora 21.30 con la orquesta de ocho músicos y dos coristas sonando a pleno rock and roll, Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina aparecieron en escena cantando trozos fusionados de las canciones «Ocupen su localidad» y «Hoy puede ser un gran día».
Tras una sostenida y emocionada ovación, Serrat se dirigió a los asistentes disculpas por la postergación de la fecha fijada originalmente para el concierto. Luego unos versos en forma de soneto que culminaron en un «Viva Uruguay carajo».
Después todo fue emoción. Ambiente de cabaret, de vaudeville, canciones y más canciones, remansos poéticos, valses, rumbas, un par de rancheras mexicanas, mucho swing, rock and roll, repertorios cruzados, mucho buen humor y complicidades provocaron el embelesamiento de un público heterogéneo -más de la mitad de los asistentes no superaba los 30 años de edad- que se entregó por completo al disfrute de una fiesta que tal vez por postergarse veinticuatro horas, sumó expectativa y ansiedad.
Luego se sucedieron «Aves de paso», «Quién me ha robado el mes de abril», «Señora» y «Tu nombre me sabe a hierba», alternadas entre ambos.
Casi todas las canciones fueron reversionadas, los textos cambiados, las melodías aceleradas. «Aquellas pequeñas cosas» y el furioso rock ‘Ruido» fueron entonados con aires flamencos.
Tras mencionar a los uruguayos Benedetti, Galeano, Onetti, Viglietti y Zitarrosa en el marco de diálogos humorísticos, ambos artistas, perfectos replicantes entre sí y también con el público, entonaron «El muerto vivo», un tema del español Peret, que pretextó unos pasos de baile. Luego llegó el turno de «Señora».
Fue un concierto que deparó muchas sorpresas. Ambos se prestaron canciones, ambos compartieron estrofas, hubo monólogos y diálogos sarcásticos así como promiscuidades varias. El verbo coger y otras palabras que «las buenas costumbres» no aconsejan decir en público estuvieron a la orden del día (de la noche).
Entre los gags propuestos se destacó uno cuando con una cámara fotográfica montada en un trípode y Sabina detrás de ella, Serrat tomó la palabra y refiriéndose al andaluz dijo «lo de cantautor es una tapadera. Lo que realmente le gusta a Joaquín es la fotografía. El no hace retratos de paisajes o de monumentos, a él le gusta retratar lo humano, la belleza, a ustedes», solicitando a los auditores que en lugar de la tradicional «whisky» gritaran «clítoris». La foto fue tomada y luego expuesta ante el público atónito.
«Penélope», «Cantares», «Calle melancolía», «Pueblo blanco» «Lucía», «Esos Locos bajitos», «Más de cien motivos», «El bulevar de los sueños rotos», «19 días y 500 noches», «Mediterráneo», «Penélope», «Para la libertad», «Noches de boda», «Fiesta», Pastillas para no soñar y «Nos dieron las diez» fueron las canciones más celebradas.
Tras varios bises, a las doce en punto de la noche y en medio del la emoción y el delirio generalizado, tanto entre el público que ocupó el césped del Centenario como de quienes ocuparon las plateas y tribunas, el concierto llegó a su fin con la interpretación «El pirata de pata de palo» que incluyó vestuario nuevo para los artistas.
Luego, mientras músicos y cantantes se despedían, una grabación del magistral «Brindemos en el cáliz de la alegría» de la ópera La Traviatta, de Giuseppe Verdi, abrazó a artistas y público en una verdadera fiesta que además de lo lúdico, ha propuesto mucho y muy bueno para el mejoramiento de la condición humana.
SEDUCTORES EN LA ESCENA
Más allá del paso del tiempo y tras haber superado duros problemas de salud, ambos artistas se encuentran en su mejor momento. Cierto es que sus cuerdas vocales ya no alcanzan los registros de antaño, pero esa pérdida, si es que puede llamárse así al desgaste natural, dio cabida a una calidad interpretativa magnífica. Un gesto, una palabra oportuna, un movimiento adecuado en el instante preciso logran transmitir toda la carga emocional que la canción propone. Y el mensaje llega, nítido, entero, directo a la sensibilidad de los auditores.
Quienes concurrieron se colmaron de felicidad, mientras que Serrat y Sabina completaron su felicidad en el contacto con los espectadores, comprobando una vez más que su obra mantiene su innegable poder seductor en un público cada vez mas joven. Esa es quizás su mayor recompensa.
Sencillos y a la vez elocuentes, ambos cantaron, hicieron bromas y conmovieron o a un público que con fervor, devoción, cariño y también respeto desbordó el Centenario
Es que sus historias, esas de ayer, de hoy y de siempre, son la sublimación poética de las historias y de los sueños de las gentes anónimas. Con ellas, estos dos gigantes del arte a secas, han llegado a ocupar el sitial de mayor privilegio en el mundo de la canción.
En consecuencia, el resultado del recital de anoche puso nuevamente en relieve, la riqueza expresiva de dos cantautores absolutamente profesionales y comprometidos con cada uno de los textos que interpretaron ante un público extasiado que por momentos se mantuvo en absoluto silencio, en otros estalló en cerradas ovaciones y siempre, siempre gozó de la fiesta. Lo del principio de la nota central: el mejor espectáculo de año.
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