Puesta en escena. "El regreso del Gran Tuleque" de Mauricio Rosencof, en el Teatro Stella D'Italia

Música de murga choca a un Chevrolet

Nuestros antepasados también negociaron con esclavos negros, cuyos descendientes no tienen más reparación que buenas palabras y luego de ultimarlos en Salsipuedes nos hacemos llamar charrúas, lo que no somos.

Los cristianos construyeron sus templos sobre los templos griegos y las mezquitas islámicas, para demostrar supremacía política (la catedral de Siracusa, la iglesia en la plaza de Assisi, en la Umbria, la iglesia católica incrustada en la mezquita de Córdoba) y se apropiaron de la Biblia judía, a la que rebautizaron «Antiguo Testamento». Con ese mismo espíritu vampiro hemos hechos del candombe, luego de coreografiarlo con una mezcolanza de Hollywood y prostitución, la música nacional: sintonícese cualquier programa «cultural» y no bien se habla de nuestras «tradiciones» aparece el candombe. No se advierte que esta «nacionalización» de la música negra es el último cachetazo del amo al negro esclavo. ¡Hemos esclavizado hasta su música! No oímos como música nacional ni «La loca del Bequeló» ni las canciones federales que conocimos en nuestra infancia, llamando a degüello:

 

Tin tin de la Aguada

tin tin del Cordón,

que a los unitarios

les vamos a dar

violín y violinazo,

violín y violón.

Por si algún lector se pregunta por el sentido de «violinazo» le sugerimos tocar un violín imaginario con un cuchillo de cocina como arco; los adeptos a Gardel deben barruntar aquello algo mejor, cuando oyen, de tanto en tanto, el grito del sereno «Viva la Santa Federación-mueran los salvajes unitarios».

La murga es de origen español, gaditano. No hemos inventado nada, aunque copiamos todo. El fútbol y el asado son ingleses, el mate es paraguayo o brasilero, el tango es español, argentino y africano; el truco con muestra es de las Islas Canarias. ¿Será la murga una forma de afirmar nuestra independencia de España, despojándola de la peor música que produjo? Vista sin el lente del «folklore», sin poner por delante el mito de lo «nacional», «El regreso del Gran Tuleque» es una mínima historia sentimental. El Gran Tuleque, salido de la cárcel y hoy un «hurgador», quiere rescatar, con la ayuda de Sacucho, un ex pugilista negro en la lona, a su gran amor, la Margarita, que pese a sus años ejerce la prostitución en un quilombo. Este cuento se nos presenta intercalado con una lujosa murga, trajes, bombos y tambor, que ni enriquece ni ilustra la anécdota del Gran Tuleque. La trama peca de una extraña ingenuidad: el protagonista (González Santurio), que parece salido del inolvidable pero rudo asentamiento de «Las ranas», atiende con solicitud las tentativas poéticas de Sacucho, que cuenta, casi en éxtasis, las estrellas del cielo y sostiene un diálogo con Artigas, en la Plaza Independencia, de un palmario sentido político. Aún las escenas del prostíbulo, aparte de algunos detalles bien anotados, parecen ignorar la sombría esclavitud de las pupilas.

No obstante, todo espectador estaría dispuesto a creer o sobrellevar estas o parecidas ingenuidades, si la acción dramática no se viera avasallada, diríamos aún que atropellada, por la música, de la que no se sabe ni de dónde viene ni a dónde va, ni quiénes son esos murguistas. Una posibilidad que no se realizó, pero que justificaría a la música, era hacer de «El regreso del Gran Tuleque» una comedia musical, con canciones de comienzo a fin, y con los mismos actores como cantantes. La puesta en escena (Carlos Aguilera) muestra a las claras este mismo conflicto entre las dos artes, que no llega a resolverse. Cuando la murga aparece, reina el director de la murga, Julio Julián; cuando aquello se va de la escena, volvemos al mundo del teatro y a la comedia.

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