Berlín, en el Instituto Goethe de Montevideo
Lakos: «Es inevitable rezarandear la teoría del Caos –modalidad objetiva, pero casi trágica, de los espacios virtuales– con el vértigo de la teoría de los fractales, para intentar una aproximación a esta obra de Gabriel Peveroni. Si no resembramos al voleo –la polisemia es, en esta encrucijada, la necesaria reversión de las voces de orden– todas nuestras formas sintéticas a priori para atisbar, así sea desde media distancia, como quien está por levantar un «centro» –como si los centros pudieran levantarse y las periferias pudieran estarse quietas– que, desde ninguna parte (o mejor, desde un no lugar) no llegará a ninguna parte, el universo fragmentado de Gabriel Peveroni, que contiene desde Groenlandia (de ahí los blancos y grises de la escenografía) a Berlín (de ahí los restos de Rosa Luxemburgo tirados a un río), con un atajo que podría acercarnos a Sarajevo, quizás, si Montevideo no fuera nuestro destino secreto, ese universo, digo, ha de escapársenos por alguna tangente. Sería dramático perdernos un universo tan rico en rizomas (quizás rizomas carnívoros que se devoran entre sí) como escaso en didascalias y avaro en vocabulario; tan enmarañado de sentidos, raíces adventicias y llamadas al pie como misterioso y silencioso en materia de estructuras ocultas, dobles fondos y cajas chinas, todo lo que se nos invita meretriciamente a profanar, como quien nos tiende –mano amiga– unas excitantes «líneas» divididas delicadamente por una resbalosa gilette sobre el vidrio de un espejito (siempre la dupla, la duplicación, la fragmentación, la correspondencia anómala, el eje radical de tres círculos). Esas repeticiones, donde astutamente se nos invita a ver siempre lo mismo, bajo un diluvio de palabras-claves (siempre llueve en Berlín, aunque nunca se llegue), dicen mucho más que cualquier página, verdadera o apócrifa, de escritores tan olvidados (¡gracias a Dios!) como Ivo Andric. Se reitera en «Berlín», por ejemplo, la expresión «Recobrar la consciencia»: eso resignifica –por cierto que no «significa»– nuestra inconsciencia en tanto no oímos (no podemos oír) la voz que viene, fractal a fractal, peldaño a peldaño, de rodillas con las bombas en la mano, desde los infiernos del Caos; o quizás desde la lona en que hemos caído, sin saberlo, antes del primer round….»
Siguen unas treinta páginas. Poco tenemos que agregar a la exquisita prosa de Lakos. Sólo para completar, desde nuestra pobreza décimonónica, su esclarecedor ensayo, diremos que vimos un público semidormido, efecto sin duda deliberado (como lo demuestra Lakos más adelante) y preparatorio del gran efecto final; vimos a las reiteraciones como una sola escena, alternada con cantos cuya relación con la trama no la entiende ni Lakos, escena que se retuerce sobre sí misma tratando, en vano, de avanzar. Vimos también a tres notables actores, muy a gusto en sus papeles; nos pareció que el peso de sus personas lograba sobresalir de sus personajes y casi hacérnoslos perdonar. En relación con las obras anteriores de Peveroni vimos un poco más de orden, un atisbo de organización, algo de calma en el armado de la pieza; pero un orden externo, como una página totalmente en blanco, pero bien centrada, en la hoja de Word. *
BERLIN, poema dramático para tres voces y un laptop, de Gabriel Peveroni, con Alvaro Armand Ugón, Alejandra Cortazzo y Gabriela Iribarren; d.j. en vivo, Federico Deutsch. Escenografía de César Rodríguez, vestuario y maquillaje de Florencia Rivas, iluminación de Alvaro Bonaglia, ambientación sonora de Federico Deutsch y Maximiliano Angelieri, canciones de Maximiliano Angelieri, entrenamiento vocal de Patricia Curzio, entrenamiento en tennis de Ana Peri, dirección de María Dodera. En el Instituto Goethe.
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