Esperando a Marcel Proust
Julio es muy buen traductor del inglés, y a su asistencia deben los lectores de LA REPUBLICA nuestra entrevista con David Hammond cuando vino a dirigir en nuestro medio Las hermanas Rozenschweig y Panorama desde el puente. Cuando el último Festival Porto Alegre en Montevideo, Julio repartió sus posters, enteró a todo el mundo de sus obras y espectáculos musicales, todo ello con su gesto de felicidad recatada y su cortesía de príncipe.
Cuando nos invitó al estreno de El lado de Guermantes, en su casa, y para lo que llamó «un grupo de amigos» (la capacidad es para no más de unos veinte espectadores) aceptamos de inmediato, muy halagados por la invocación a la amistad.
En El lado de Guermantes Trotta nos trajo, como una deliciosa introducción, un fragmento de la sonata para violín y piano de Saint Saens, que es el antecedente histórico de la célebre sonata de Vinteuil, el gran músico de En busca del tiempo perdido, una de cuyas frases fue como el himno nacional de los amores de Swann y Odette.
Todas las alusiones a Proust, desde el título de la obra, se sucedieron. Apareció una marquesa que espera la inminente visita del escritor; se habla del duque y de la duquesa y se menciona varias veces a Vinteuil; hubo ascensos y descensos por una escalera de la casa de Julio, tan antigua que debió existir en la época en que el Narrador/Marcel correteaba con Gilberte Swann por los alrededores del Palais Royal; dada la mecanización de nuestra época, ese misterioso ambular, iluminado por luces de candelabros, confirió a la escena de inmediato un aire antiguo.
Poco a poco comenzó a aflorar, por debajo de las apariencias, en contraste con la sonata y como un segundo tema, que habla de pasiones muertas y de frustración, la verdadera historia, que da a la sonata su verdadero significado de dolor y cuya trama, que ya pertenece a Prieto y no a Marcel, no hemos de revelar.
Pese a todo, la obra empezó y terminó como una celebración proustiana, y en el ágape y la conversación que siguieron a la obra hubo más referencias a la gran novela que a la pieza de teatro. Actores y espectadores comentaban animadamente diversos episodios de la vida de Proust, tal vez alentados por su fama como entretenido conversador y casi diríamos que se olvidó, en ese momento, quién era el autor de lo que acabábamos de ver.
Precisamente aquí está la cuestión que suscita El lado de Guermantes. La incidencia de las menciones a Proust equivalen, en la trama de la obra de Prieto, a las menciones a Camilo José Cela o, con todo respeto por un nombre y un apellido que significan siglos de antigüedad en España, Juan Rodríguez.
Con toda la simpatía que nos produce cualquier mención a un autor y a un libro maravillosos, que Harold Bloom incluyó merecidamente en su canon occidental, no encontramos la necesaria relación entre las reiteradas menciones a Marcel y a su mundo y la sencilla anécdota de la obra de Prieto. En esta mínima trama, además de dicha considerable incongruencia, encontramos convencionales y demasiado largos tanto los acosos sexuales y los episodios que dicen la relación laboral entre la doméstica y su patrona; nos sorprendió que justamente en una evocación del creador de la inmortal Francoise, una sirvienta tuviera tan poca definición y estuviera tan rodeada de lugares comunes.
La interpretación de Verónica Horta en el papel protagónico, componiendo una estampa de mujer tan elegante como airosamente antigua, que deambula agónicamente por una mansión que si parece perderse en un sueño impregna también a la realidad con su fantasía, es de una energía y un poder de convicción que las breves dimensiones del escenario, paradójicamente, no hacen sino multiplicar.
Esta interpretación, con el hermoso traje de fiesta de Mário Lema, con los buenos efectos de luces de los candelabros y sus llamas vacilantes, con los ascensos y descensos en la penumbra de las escaleras, pareció a punto de producir un clima de misterio que siempre fue frustrado por los diálogos del autor, que parecían llegar desde otro universo.
El Lado De Guermantes, de Ricardo Prieto, con Verónica Horta, Rosario Fernández Chaves, Daniel Torres y Julio Trotta. Vestuario de Mario Lema, espacio escénico y dirección de Julio Trotta. En la casa de Julio Trotta, Pérez Castellano 1516.
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