Las miserias de una aristocracia decadente
Uno de los más severos críticos de la aristocracia y la pequeña burguesía fue Jean- Baptiste Poquelin, el legendario autor, actor y productor teatral francés, cuya osada obra conmovió profundamente los cimientos de la pacata sociedad del siglo XVII.
Hijo de un acaudalado tapicero, Molière renunció a una posición social privilegiada y a su carrera de abogado, para lanzarse a la apasionante aventura de vivir y construir su propio destino.
Su prematura pasión por el teatro en un medio habitualmente complaciente con el poder, lo enfrentó al mayor desafío de su vida: sobrevivir de su arte sin abdicar jamás de su identidad.
Molière mutó la comedia en farsa, dotando a sus piezas de un humor sardónico y desfachatado, que amplificaba la frivolidad, los estereotipos y la doble moral de una nobleza decadente y de una burguesía que aspiraba a heredarla.
Sus temas más recurrentes, abordados desde la óptica de un implacable observador, fueron los ricos, los nuevos ricos y arribistas, la condición de la mujer, la religión y la medicina, entre otros.
De su producción teatral, que aún hoy perdura por su intemporal universalidad, cabe recordar piezas tan memorables como «El avaro», » El enfermo imaginario», «Las preciosas ridículas», «El misántropo» y «Tartufo», entre otras.
Aunque logró el favor y mecenazgo de nobles y hasta de la propia corona, su arte escénico se transformó, en buena medida, en una auténtica herramienta de la lucha de clases, que atacaba al poder en su punto más vulnerable: la cultura de las apariencias.
Este transgresor empedernido, cuya historia no ha sido trasladada al cine con la misma recurrencia de otros mitos del arte universal, reaparece en esta oportunidad en «Molière», el personal filme del realizador Laurent Tirard.
Este relato biográfico que no desestima algunos apuntes de ficción, está ambientado en 1644, cuando el artista contaba apenas 22 años de edad y transitaba los primeros pasos de su luego exitosa carrera.
La visión de Tirard, que es también coautor del guión, apunta a esclarecer la misteriosa desaparición de Molière de la escena pública, antes de su retorno y su gira triunfal, que finalizó en París.
Acosado por fracasos y deudas que lo enfrentaron a sus acreedores y lo condenaron a la cárcel, el joven fue apadrinado por Monsieur Jourdain, un adinerado burgués con ínfulas de aristócrata, que aspira a conocer los secretos del escenario y conquistar el corazón de una mujer.
Como si se tratara de una obra del propio artista, la narración transcurre en un clima paródico y desenfadado, con el esplendoroso ambiente del enjardinado paisaje donde está enclavado el palacio del poderoso anfitrión.
El pacto encubierto entre el mecenas y Molière, quien se oculta bajo la identidad de un presunto tutor religioso, genera un auténtico festival de humor, salpicado de encuentros y desencuentros, engaños y actitudes permanentemente ambiguas.
Como en la sociedad de la época, en el palacio nada es como parece ser, porque todo está revestido de la hipocresía de una clase social para la cual es más importante aparentar que ser.
Mientras el acaudalado burgués sueña con los favores de una joven y manipuladora noble y su adolescente hija tiene un amor secreto, su aparentemente acartonada esposa también constituye un fiel testimonio de conducta ambivalente.
Esa doble moral, característica de las clases dominantes del pasado y el presente, constituye la materia prima primordial de esta delirante comedia, que es obviamente tan agridulce como la propia obra del autor galo.
El relato enfatiza naturalmente también los recurrentes desencuentros amorosos del propio protagonista, quien se siente como pez en el agua en ese contradictorio mundo de públicas virtudes y pecados secretos.
Obviamente, el filme desnuda las más insospechadas pasiones, fustigando ácidamente a una aristocracia que oculta sus miserias detrás de los oropeles de su poder y su riqueza.
En más de un sentido, la fauna humana que puebla esta narración reproduce todos los estereotipos sociales de los personajes del propio Molière, enfatizando naturalmente sus facetas más desmelenadamente grotescas.
Uno de los mayores logros de esta película es la minuciosa reconstrucción de época, que abunda en lujos visuales, decorados y vestuarios.
El reparto se ajusta a las exigencias interpretativas del libreto, con una muy convincente actuación del joven Romain Duris en el papel protagónico y una caracterización muy disfrutable de Fabrice Luchini, como el ambiguo mecenas.
No obstante, el filme no siempre explota adecuadamente el marco histórico en el cual se desarrollan los acontecimientos ni los conflictos derivados del discurso irreverente del artista, que lo expuso a la censura y al permanente hostigamiento de la Iglesia.
Más allá de eventuales salvedades «Molière» es un producto de correcta factura cinematográfica, que interpela a una época de más sombras que luces. *
MOLIERE. (Francia 2006). Dirección: Lauret Tirard. Guión: Laurent Tirard y Grégoire Vigneron. Reparto: Romain Duris, Fabrice Luchini, Laura Morante, Edouard Baer, Ludivine Sagnier, Fanny Valette, Philippe du Janerard y Sophie-Charlotte Husson.
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