Los comienzos de la aldea global
Quizá pocos sepan que el uso «masivo» de esta tecnología se aplicó por primera vez durante las Olimpíadas organizadas por el Tercer Reich y que su invención aparece compartida entre el inmigrante ruso Vladimir Zworykin y el norteamericano Philo Farnsworth cruzando las décadas del 20 y del 30. (En realidad la patente de dicha invención desató una batalla legal bastante tormentosa, pero esto no es el tema de la presente nota). Cabe señalar sin embargo que por el año 1936 ya existían unos 150 aparatos receptores instalados en Nueva York como fase experimental de un proceso que se iba a convertir en un antes y un después de la comunicación humana. Un transcurso que se caracterizó por la celeridad de su desarrollo tecnológico y la correspondiente expansión en el mundo entero. (A modo de ejemplo baste reseñar que, a mediados de la década del 40, el número de televisores en Estados Unidos había ascendido a unos diez mil aparatos y que luego de finalizada la Segunda Guerra Mundial el fenómeno hizo eclosión a nivel mundial.) En lo que respecta a la televisión cromática, ésta comenzó por el año 1953 y, antes de que llegáramos al año 1970, la humanidad ya estaba viendo la caminata lunar a través de la pantalla chica. Como dijimos, fue todo muy rápido. Como dato anecdótico podría recordarse que aquí, en Uruguay, la primera experimentación pública la realizó un técnico autodidacta llamado Mario Giampietro en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo por el año 1943, pero no fue hasta 1956 que la TV llegó a la comunidad local a través de una empresa denominada Sociedad Anónima de Emisoras de Televisión Agrupada. (¿Ubica la sigla?) Lo interesante del caso es que, en lo que tiene que ver con el concurso, había otras palabras «importantes» que también competían por este sitial de honor. Algunos de esos términos eran «aspirina», «holocausto», «Internet» y «biquini», entre otros tantos que pretendían fusionar el espíritu de un siglo. (Es posible que Internet no haya impactado tanto a las generaciones más veteranas ya que la televisión se había integrado al colectivo desde mucho antes y su efecto residual fue mayor a la hora de la votación). El caso es que la televisión apareció como triunfadora olímpica y referente esencial del siglo que hemos dejado atrás. Resulta obvio que, más allá de ese resultado, la denominada «caja boba» supone una herramienta de comunicación masiva indispensable para las modernas sociedades industrializadas y consumistas. Todavía parece prevalecer esa sensación de «que lo que no pasa por la televisión no existe» y la difusión por esa singular pantallita impresiona como esencial ya sea para vender un alfajor, promocionar una modelo o catapultar a un candidato presidencial.
Dominar los medios de comunicación, a esta altura, puede resultar sinónimo de poder absoluto y la lucha por ese control mediático no deja de ser tan permanente como relativamente invisible. (Cuando uno se toma el tiempo de pasar revista a la conformación de las megacorporaciones puede explicarse muchas cosas). Todo esto permitiría corroborar la importancia de esa palabrita que nos ha definido como Siglo XX. Lástima que no estaremos en el Siglo XXII para saber cuál será la palabra que definirá ese cambio de milenio. *
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