Migración a ninguna parte
Dos mujeres y un hombre se debaten en un encierro de virtualidad, transitoriedad y extrañeza. Un metalizado y áureo espacio detenido en el tiempo donde no aplican expectativas o no son las que esperan que los relojes marquen las horas.
Están en un aeropuerto. Un «no lugar», según expresión que acuñó el antropólogo Marc Augé y que hoy citan desde la arquitectura, sociología y comunicación social para describir a los espacios (supermercados, ascensores, el metro) que habitan y transitan los humanos cosmopolitas. Un moderno cruce edificado o construido artificialmente sin identidad relacional o histórica como la que conllevan los «lugares».
El pasajero Joy arribó allí, traspasó el umbral de ese misterio clandestino, como un viajero común y corriente en tránsito a Berlín. Dos aparentes funcionarias de migración lo interceptan, requisan, abusan, asustan, detienen y dan comienzo a un proceso de enrarecimiento de las coordenadas que cada cual conoce.
Ninguno de los personajes parece saber hacia dónde se dirige, y esa indefinición parece alterarlos. Los agita una ansiedad común, reafirmada por intermitentes noticias desde el celular (o no) de Valerie de tragedias masivas que van implosionando cual burbujas en una proximidad inquietantemente ambigua, pero tangible.
Como en Luna Roja, o en Groenlandia, hay reglas terminantes, fatales, crueles e impunes precisamente por virtuales. Valerie espeta órdenes, recibe confirmaciones dramáticas en un tono bélico, de guerrilla, secta o contrarevolución. Ana ablanda sus hábitos de funcionaria pública en su interlocución con Joy, posible ex amante, posible compañero de lucha cuyo contraste la vulnera. Joy parece desolado, incapaz de enfrentar fuerzas que ni siquiera entiende, y aún, empeñado en blandir el orgullo y la consciencia por un pasado que incluye heridas y guerras mundiales que no puede o quiere designar «inútil».
Los personajes juegan partidos de tennis surreales que podrían ser simples voodoo de todas las confrontaciones del universo. Arbitra Joy entre la perversión y la inocencia. Los tres alternan canciones en karaoke que fungen como intervenciones que se pusieran el sayo del narrador, sólo que para renunciar al discurso y apostar a la emoción, otra forma de contar la historia.
Esto a veces resulta menos absurdo y más elocuente que las fundamentaciones respectivas de los personajes, que hablando se incomunican. Desde el arranque de la obra Ana tropieza, se enreda con las palabras, se esconde y apoya en ellas (y la modulación de su voz y la cadencia), más para callar que para decir.
Ambas se comportan como miembros de una tripulación espacial o funcionarias de terminal nuclear o despachantes autoritarias y lavadamente sensuales de filas humanas tratadas como ganado corporativo. Ana y Valerie están conminadas a detentar un patetismo siempre mayor que de aquel sujeto al que oprimen.
Una de las cosas que dice Augé sobre los no lugares, es que no no integran los lugares antiguos, lugares de memoria. En la propia circulación por autopistas, áreas de servicios y consumo, plazas de comidas, gasolineras y aeropuertos estaría el lavaje y renovar continuo del fluir de peculiaridades, constituyendo una masa amorfa y prescindible.
En este reino que erigen Dodera y Peveroni, como suelen, tejen fábulas encaramadas entre sus más tormentosas obsesiones que incluyen con recurrencia la alienación tecnológica de individuos, autoritarismos y despotismos carismáticos, y que van empujando reacciones y actos del inocente autismo a la implosión criminal. En esa construcción aciertan una vez más, en cada elemento jugando a favor de la sugestión, en la forma en que dirigen y moldean e iluminan o esombrecen la cápsula de sentido que oxigenan para dar a luz esta historia. Una cápsula a la que se entra por un tubo de aeropuerto, un pasaje celestial, o nuclear que se recorre como un feto.
Ese desplazamiento es violento. Es la distancia entre el discurso ecologista, al «panda-bomba» al que hacen alusión. Hay en el triángulo protagónico perversión, y roles. Valerie pareciera detentar el aspecto práctico del poder, y Ana el retórico. Valerie parece nunca abandonar la máscara robótica del sometimiento. Ana se quiebra y humedece en evocaciones de la hippie enamorada y motivada que fue.
¿Y el proyecto? Poco importa: la alienación, la subordinación, la histeria, parecen siempre ganar. Si hay confusión, hay acción, aunque sea inconducente. Como en los cuarteles generales de la Femme Nikita. Todo está tan limpio, y es tan brillante y tan blanco. Luce bien.
Las funciones de «Berlín» van todos los viernes (21.00 horas) sábados (21.00 horas) y domingos (19.30 horas) de noviembre y hasta el 15 de diciembre en el Instituto Goethe (Canelones 1524).
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