Miserias humanas en tiempos de tragedia
Sin embargo, el horror autoritario no es un mero monopolio de la Europa de los años oscuros. También nuestro país padeció esos irracionales estremecimientos, durante la dictadura que conculcó las libertades públicas en el pasado reciente.
Aunque la tragedia del odio racial, los campos de concentración y los hornos crematorios ha resultado materia recurrente para el cine, lo primordial son siempre los abordajes y las miradas que se asumen en torno a ese fenómeno.
Ese gran genocidio, magistralmente pincelado por Steven Spielberg en «La lista de Schindler» y en otros títulos referentes de la cinematografía universal, no deja de espantar la sensibilidad colectiva.
En «El libro negro» Paul Verhoeven construye una compleja intriga ambientada en la Holanda ocupada por las tropas de Hitler en 1944, que discurre entre la aventura, el romance y el alegato humanista.
El realizador holandés, responsable de recordados filmes como «Delicia turca», es bastante más conocido por su producción en el Hollywood de los grandes presupuestos y efectismos visuales: «Robocop», «El vengador del futuro», «Bajos instintos» y «El hombre sin sombra», entre otras taquilleras películas.
Seis años después de su último trabajo, Verhoeven regresó a Europa para acometer este filme de perfiles bastantes testimoniales, el cual narra la historia de una cantante judía que, para sobrevivir, se une a la resistencia.
En el decurso de dos horas y media el realizador construye un relato tan perverso como contundente, que expone descarnadamente la tortuosa peripecia de esa mujer que huye desesperadamente de los asesinos de su familia.
La narración transcurre con la agilidad y el ritmo de una aventura de esmerada factura cinematográfica, entre huidas presurosas, encuentros clandestinos, engaños y despiadadas matanzas.
La protagonista, transformada a la sazón en una suerte de arma secreta de la resistencia, es designada para desarrollar actividades de espionaje, aunque para ello debe mimetizarse entre sus enemigos e incluso enamorar a un alto oficial nazi.
Esa doble vida encubierta signada por la mentira y el engaño, la expone permanentemente a situaciones límite, como ocultar su identidad y su condición de judía y enfrentar, cara a cara, a los responsables del exterminio de sus seres queridos. Incluso, la propia cantante confiesa que no ha tenido ni tiempo de llorar sus irreparables pérdidas, sugiriendo explícitamente que su vida es una mera experiencia de supervivencia a la espera del epílogo de la pesadilla.
Paul Verhoeven confronta inteligentemente la expectante angustia de los miembros de la resistencia por la suerte de sus prisioneros, con las festivas y licenciosas orgías de los nazis, que actúan con la irresponsabilidad de quienes se creen invencibles.
El cineasta despoja a personas y situaciones del habitual maniqueísmo del cine comercial, al punto de transformar a un presunto patriota en villano y traidor y a un nazi en héroe circunstancial.
Esa visión del realizador, que puede resultar a priori bastante controvertida, responde a una lógica muy clara y concreta, que desestima bastante el ángulo más polémico del tema.
En este filme, cuestiones como la valentía, el patriotismo y el compromiso afloran como ingredientes complementarios. Lo crucial, en este caso, son las pasiones y las miserias humanas, que eventualmente trascienden a razas, credos o nacionalidades.
Sin embargo, los mayores méritos del filme no residen precisamente en las disquisiciones filosóficas o dilemas morales de sus personajes, cuya valoración corre por cuenta del espectador.
La real carnalidad de la historia está en la vertiginosa intensidad de la trama, así como en la violencia, tanto en la implícita como en la explícita.
Sin innecesarios artilugios visuales ni sensiblerías baladíes, la película descansa sobre un relato esperadamente narrado, una correcta ambientación de época y la ajustada dosificación de los picos dramáticos.
Aunque la anécdota tiene algunos costados folletinescos que son obviamente deliberados, hay secuencias de una despiadada crudeza. Sin embargo, jamás se incurre en la tentación de la truculencia de fácil consumo.
Hay escenas que impactan fuertemente la sensibilidad del espectador, como la matanza de un grupo de judíos y el rapaz saqueo de sus pertenencias, la exhumación de los cadáveres de las víctimas o la humillación y degradación de los nazis y sus aliados derrotados.
En el rubro interpretativo sobresalen las actuaciones de la hermosa y soberbia Carice van Houten y del adusto, mutable pero convincente Sebastián Kock (protagonista de la magistral «La vida de los otros»), al frente de un competente reparto actoral.
Inspirado en un presunto caso real, «El libro negro» es una aventura testimonial narrada con indudable oficio, que mantiene en todo momento el interés del espectador, pese a sus más de dos horas y media de duración. *
EL LIBRO NEGRO (Black Book). Holanda, Alemania, Bélgica 2006. Dirección: Paul Verhoeven Libreto: Gerard Soeteman y Paul Verhoeven. Fotografía: Karl Walter Lindenlau. Reparto: Carice van Houten, Sebastián Koch Thorn Hoffman y Halina Reijn.
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