Vidas cortas
El rating no es el culpable. Sólo los mal pensados creen en la culpa. No es así. Están equivocados.
Según la gacetilla semanal de relaciones públicas de Canal 10, su programación está pensada «en períodos breves para cada uno de los ciclos de producción nacional».
Los criticones que dudan pueden con ello sacar una conclusión, la de que colocan en el aire programas sin mucha seguridad de que resistirán y no les dan tiempo alguno para consolidarse, para ganarse la aceptación de los televidentes, y que las bajas mediciones de audiencia en esas pocas salidas son suficiente razón para decirles «chau, no va más», y a intentar con otra cosa, lo que bien podría ser resuelto antes de la puesta en la pantalla.
Este año Saeta, por ejemplo, mantuvo unas poquísimas muestras de «Sin censura», otras pocas seis o siete de «El pueblo quiere saber», con Gerardo Sotelo, que no tuvo tiempo para otra cosa que marcar la tarjeta e irse, o con María Inés Obaldía, que puede haber llegado a cinco «Memoria colectiva», por mejor que estuviera armado, y en esta semana pasada ya dijeron su adiós «Fan» e «Historia clínica», una coproducción con una empresa nacional que quizá resultó demasiado cara para los dividendos buscados.
Curiosamente, ninguno de ellos algunos buenos o recomendables tuvo porcentuales relevantes de televidentes.
La justificación de ser una política premeditada va en contra de otros programas que siguen todo el año, caso «Bendita TV», «La culpa es nuestra», «Solo para reír» y «Con mucho gusto», donde el rating otorgó buenos porcentuales y así siguen.
Pero no es el único canal que hace pruebas. Canal 4 Monte Carlo ya sacó del aire a «Los informantes», un pretendido entretenimiento que por experiencia en 2006 no había logrado conformar a nadie. En este año se le cambió el horario y luego también el día pero nada mejoró y terminó siendo olvidado en el «zapping» ya que estaba en setiembre en el puesto 32 dentro del mismo canal, superando apenas el 3% de seguidores, o sea poco más de 36.000 veedores.
Teledoce parece ser más fiel a sus programas. «Vidas» anda más o menos, sin brillar, pero se sostiene. Tiene también a su favor el soporte de una productora independiente como Contenidos, que asegura cierto nivel de calidad visual. En este caso, además, su conductor, Facundo Ponce de León, es un disparador de preguntas aunque evite algunas peligrosas.
En el programa del domingo 21 el entrevistado fue Julio César Sánchez Padilla, un hombre que provoca reacciones muy diversas. Es, nadie puede negarlo, un vanidoso, inmodesto y presumido. Tiene además otros lastres, es prepotente, altanero y varios de los 76 periodistas que le han acompañado en su récord del Guiness pueden confirmarlo, pero esto no le quita valor a su presencia, que siempre es dominante. Por eso, provoca esas rebeldías en tantos. Por supuesto que hay que encontrarse cerca, lograr la entrevista y tenerlo frente a un micrófono para olvidarse de todos sus debes y admitir que uno puede estar entre los mucho más que ocho televidentes que alguien le dijo que le veían.
Se muestra siempre seguro aunque sea interpretada como una impertinencia su afirmación de que fue el mejor juez de basquetbol. Pero es capaz de admitir que está en el Libro de Récord Guinness aunque haya otro programa con más años en la pantalla, una producción de la BBC de Londres, pero en ese caso han ido cambiando los conductores y en Estadio Uno siempre fue él. Solo él.
Hay también bastante de orgullo, lo que no es criticable al final de cuentas cuando se refiere a que fue quien salvo de la ruina a la empresa omnibusera Cita, donde ahora, después del infarto, sólo aconseja.
Ponce de León lo llevó a su tiempo de legislador. Fue diputado por seis meses y parece que no le gustó. Era pachequista, lo que no gustaba a los demás, y quizá se haya excedido cuando sostuvo que «la actividad política se pervirtió». La visualización del programa fue correcta, con mucho corte e integración de viejas fotos, desde la niñez a otras de su largo recorrido por esta vida. Por lo que el perfil de Sánchez Padilla quedó bastante completo.
«Vidas» se mantiene y el pasado domingo tuvo como entrevistado a otro controvertido hombre público, Luis Alberto Lacalle. El tiempo no da para comentarlo pero lo visto en los anuncios previos prometía otro buen programa en el que se busca encontrar, siempre, un poco de la intimidad, del hombre común más allá del personaje.
Claro que si el entrevistado se hunde, todo lo que lo rodea también se va al fondo.
Pensamos que el rating y su dominio sobre la permanencia de un programa no es política a seguir porque no toma en cuenta lo que el telespectador quiere, más aún en programas nacionales. Además puede ser peligroso para la comercialización futura. Porque vender espacios sin la seguridad de que tendrán continuidad no es un buen disparo hacia los auspiciantes.
Además el rating en nuestro país sólo muestra que somos seguidores de lo importado y de lo importado de mala calidad, lo que hace más mala a toda la televisión; y aquí cabría repetir la frase de Groucho Marx: «La televisión ha hecho maravillas por mi cultura. En cuanto alguien la enciende me voy a la biblioteca y leo un buen libro».
Retomando el caso Saeta, uno se imagina la poca calma de los que dan la cara en las cámaras en los actuales programas. Estarán toda la semana, cada día, cada hora y cada minuto deshojando margaritas… ¿Hoy estoy, mañana no estoy, hoy estoy, mañana no? *
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