Un antropólogo musical nómade
Cerca de siete mil personas tomaron por asalto al Velódromo Municipal para dejarse hechizar por el proyecto estético de Manu Chao y su impecable banda de apoyo Radio Bemba.
Fue una fiesta con clima eufórico y una exposición musical sin decaimientos.
Con el leit-motiv «próxima estación: esperanza», ya habitual en los shows de este músico y compositor de corte nomadista, en franco y persistente on the road que viene a ser Manu Chao, el viernes a la noche el Velódromo Municipal –el sitio elegido por la productora Z y X para el desarrollo del evento– logró una combustión inusitada. Acaso porque el desasosiego era tan palpable que los decibeles comunicativos entre emisores y receptores fueron potentísimos y en buena medida radiantes –algo que se multiplicaría mágicamente al día siguiente en el prodigioso show de Lou Reed, y pese a la lluvia– que se redondeó un intenso, maduro set que llegó prácticamente a tres horas de duración, con tres ingresos para efectuar bises. Ceremonial, sensible, expeditivo, eufórico: así se marcó la tensión de un concierto a todas luces mayor.
Manu Chao básicamente se apoyó en la casi totalidad de las canciones de su disco Clandestino para liberar un campo de energía tan positivo que –evidentemente– el clima de fiesta se vivenció desde el arranque, al punto tal que el previsible miniset de los locales La Abuela Coca marchó rápidamente al olvido, pese a sus buenas intenciones.
Pero su proyecto, el de la banda local, es una copia de copia. Terrible, aunque hayan sonado ensamblados.
Uno tendría que definir a Manu Chao como un riguroso antropólogo musical que visiblemente parte de la cultura rock (y cuyo mayor referente sigue siendo la estética de The Clash, el legendario grupo punk, especialmente en su gestualidad contestataria y su vigor rítmico que pasa por el reggae que tomaron de padre Marley) para luego expandirse sin ataduras, en un tono experimental marcadísimo donde se produce ese mestizaje sonoro tan peculiar, tan excitante e imantador, tan acumulador de trazos sonoros que hacen al paisaje de la gente y sus señas de identidad.
Y lo mejor: no hay hibridez en esa labor de tejido de líneas culturales, sino una vocación artesanal tan fina que realmente impacta y hasta llega a producir un ventarrón interno y externo maravilloso.
Y para lograrlo hay que movilizarse, confundirse en las multitudes, devenir viajero, producir ese roce tan humano como lo delata finalmente la poética de sus canciones.
Ahora bien: quien quiso rememorar aquella velada inolvidable de Mano Negra (el anterior grupo que marcó un antes y un después por aquí por el impacto alcanzado y su evidente influencia) en su concierto –tromba de 1992 en los hangares de la vieja Estación Central– tal vez pudo haberse desilusionado. Hay otra estación, otra temperatura en el plano formal, aunque los contenidos y los temas no hayan cambiado esencialmente.
El Manu Chao de Mano Negra solamente sobrevive en la memoria y en los discos y por supuesto en la actitud disidente ya natural de este individuo-chamán, en su modo de ser y estar en el mundo que es al fin y al cabo el stage, el escenario con o sin spots iluminándose ese cuerpo arqueado rasgando persistentemente su guitarra, mientras se ve flanqueado de un grupo solventísimo de instrumentistas (fuera línea de percusión y de cuerdas, teclados y un acordeonista excepcional) que enriquecieron formidablemente esos temas de este clandestino en el camino rumbo a casa; o sea a ninguna parte, la idea tronco de los utópicos.
El espectáculo fue maratónico, con un uso maestro de las intensidades y un planteo interpretativo de altísima resonancia y receptividad, que además permitió que los que pelean por su lugar en el conflictivo Cabo Polonio y los estudiantes por un presupuesto más justo para la educación, dijeran a rostro limpio –y con aprobación de la multitud– sus arengas. De paso, el compositor solicitó la legalización de la marihuana y dedicó, una obviedad siempre bienvenida, una canción a Marley.
Manu Chao, el arlequín que entra y sale del sistema cuando quiere y te arrebata el corazón con canciones entrañables. De los mejores shows del año.
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