El espectáculo del año
Raúl Forlán Lamarque
Desde que arrancó el largo y prodigioso set con «Paranoia In The Key OF E», el compositor, guitarrista y cantante estadounidense Lou Reed hizo un tajo en la sensibilidad de la ya mojada multitud, como para preparar la superficie de una velada que será recordada por aquellos que hicieron del factor climático (la persistente lluvia) un sistema más de placer.
Fue el mejor show de rock que se haya desarrollado en Uruguay, irrefutablemente. Dos horas y media donde el refinamiento y el buen gusto, además de cierta crudeza (al momento de aporrear deliberadamente las cuerdas) expositiva, dieron el tono justo a una propuesta musical maestra.
Agua y música, una rara química o ecuación que se transformó en un team de lógica finalmente más que estimulante o, concretamente, excitante tanto para los músicos como para la febril audiencia. Aunque lo cierto es que si hay una explicación de la magia, se la pudo al menos vivenciar intelectual, emotiva y corporalmente con la pulsación escénica y la tremenda personalidad escénica no solamente de Reed, sino de los excepcionales instrumentistas que vienen a ser Mike Rathke (guitarra), Fernando Saunders (bajo) y Tony Smith (batería).
Lo que practicaron Lou Red y los suyos fue, en rigor, una monumental lección de rocanrol. Más allá de que se recostaron básicamente en los temas incluidos en su más reciente trabajo discográfico (Ecstasy) o en varios de Magic & Loss o finalmente producir la combustión expresiva mayor con clásicos como «Sweet Jane», ese himno que es «Walk On The Wild Side» y «Perfect Day», la performance en la exposición del menú musical transcurrió por todas las fases: léase entonces virtuosismo instrumental como equivalente de fineza, visceralidad como actitud frontalmente rocanrolera, vuelo interpretativo a la hora de improvisar (y al momento de «Set The Twilight Reeling», una extensa zona instrumental dio lugar para absorber la impresionante fluidez y sapiencia de performers de Saunders, Rathke y Smith), control admirable de las capas de intensidad para así regular el estado anímico del concierto y desde luego el decir grave y a la vez áspero del poeta que indudablemente es Lou Reed.
Lou Reed es la esencia misma de la cultura rock. Es como si en su proyecto se acumularan todas las referencias posibles, todos los géneros necesarios de lo que vendría a ser la amplia y versátil cultura rock. Todo se sintetiza en él y en su producción, en su fluir letrístico e interpretativo, en su irreprochable carisma escénico.
Así que, en segundos, cualquier auditor del Lou Reed en directo puede suceder del minimalismo más extremo al rock de garaje (por decirlo de algún modo) o a las volteretas casi furiosas o hasta violentas de las guitarras trabajando dobladas o en contrapunto, junto al bombeo alucinatorio de Fernando Saunders –el corazón de la banda– ya con bajo o contrabajo eléctrico. Smith, al fondo del escenario, logró una faena impresionante para un show que dejó literalmente pasmado al público, que fue soltándose hasta que todo se convirtió en la fiesta inolvidable. Memoria y presente del rocanrol, a los 57 años Lou Reed demostró tan sobrada y generosamente que se trata de un artista mayor que, aun conteniendo y desplegando las variaciones de la cultura rock, excede en forma superlativa a ésta para ser un artista faro del siglo y que en el curso del cambio de milenio está a la vanguardia, siendo paradójicamente un estado viviente de la más noble y auténtica tradición rocanrolera. Hacía años, quizás desde el show de Eric Clapton de principios de los noventa, que no se veía un show de la envergadura y de la densidad del que propusieron Reed y su equipo de instrumentistas. Ya es el show más importante de 2000 en términos de música popular, y seguramente el mejor de la década (para quienes pensamos que este año cierra la década del noventa). Es que tanto goce no se puede sentir y tanto no se puede tocar. Prodigioso, en efecto.
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