La obra de Tabori por Rivero en Puerto Luna: un refrescante acontecimiento

Júbilo por "Jubileo"

Posiblemente llegara a adoptar un hijo ajeno, y es cierto que Jubileo no fue su proyecto original, puesto que hubo de dirigirla María Schüller; pero acometió la tarea de poner la obra en escena, en defecto de la directora que hubo de hacerlo, con tanto calor y esmero como si desde siempre hubiera prohijado la idea.

La pieza es Tabori puro. La profanación de un cementerio judío por unos ‘skinheads’ le inspiró una obra relacionada con el cincuentenario de la ascensión de los nazis al poder, en la que puso cultura, imaginación, humor, inteligencia, compromiso e inventiva. Vemos en todas las obras de este escritor las mismas irrefutables pruebas de talento.

No llegamos a ver una creación original, un ser nuevo autosuficiente, un nuevo objeto traído del mundo de las ideas a una encarnación en la realidad tangible y terrestre. Pero, por supuesto, en el desolador recorrido de las carteleras montevideanas, que cultivan el lugar común y la ausencia de riesgos, cualquier obra de Tabori es un refrescante acontecimiento.

Entre los varios aciertos de la puesta en escena de Rivero destacaremos, en primer lugar, la elección de los actores. Mary Da Cuña, antes que nadie, quien supo dar lo que, para nuestra modesta opinión, fue el tono exacto de la obra. Mary, una actriz impar que ha sido invariablemente un honor para cuanta obra ha representado en su larga carrera en las tablas, está, gracias al Cielo, magníficamente viva, con su voz educada y cristalina, con su elegancia inmaculada de movimientos, porte y gracia para llevar la vestimenta que pocas han podido igualar.

Aquí, asociada a los jóvenes de Puerto Luna, en una empresa que quizás le haya recordado sus comienzos en el teatro independiente, en particular en Club de Teatro, es un símbolo tan casual como feliz de la necesaria unión del ayer vivo con el hoy y con el mañana en gestación. Ruben Coletto, en una de las mejores, si no la mejor, interpretaciones de toda su carrera de actor, Lucía Arbondo, que está también entre lo más destacado de las actrices jóvenes, Daniel Bérgolo, siempre acertado en aquellos papeles que bordeen la fantasía, Alvaro Armand Ugon, Sergio Mautone, Gustavo Martínez, tan impecables en dicción y gestos como expresivos. Todos vienen de distintas escuelas y grupos teatrales; pero aquí se han integrado unos con otros como si fueran una sola familia de actores.

Un segundo mérito de Rivero, ya visible en sus obras anteriores, es su valorización de la escena. No hay espacios muertos, no se ven rincones vacíos: el sótano de Puerto Luna está lleno, de un extremo al otro, de símbolos, signos, luz, sombra, color y significados que no dicen literalmente un mensaje pero lo hacen sentir no bien el espectador llega a su butaca. Hay una muy buena utilización de la música contemporánea (AC/DC) que provee una sensación de unidad y hasta de radiante vitalidad al mundo de los muertos, y hay, finalmente, un buen ritmo narrativo fundado en una concienzuda comprensión del texto.

¿No hay peros? Dentro de la excelencia notoria de la puesta en escena, y sin que signifique restar méritos a una notable labor, no encontramos claramente el tono agridulce de Tabori, como si Rivero fuera mucho más serio y más trágico que el dramaturgo. Esa mezcla de humor macabro y presteza de espíritu, de trágica seriedad a la que sigue una broma, de drama que muestra una punta de ridículo, la vimos claramente en la interpretación de Da Cuña, que da la misma nota de humor negro, casi involuntario, que encontramos en los mejores momentos, que no fueron todos, del Mein Kampf farsa que dirigió Jorge Lavelli en el Teatro San Martín.

«¿Es lícito tratar ciertos temas con humor y risa? ¿Está bien que el público se ría en una obra sobre Auschwitz o Hitler?» se pregunta Tabori y se contesta: «La risa no es algo frívolo… la risa está muy próxima al llanto.

En Shakespeare es muy fácil encontrar escenas de risa-llanto. La risa no es lo contrario de lo serio… No es extraño que a los regímenes totalitarios… les falte siempre humor».

Hasta el título es irónico: el jubileo es una festividad de Israel, que muy mal pueden celebrar los nazis… Es posible que esta disminución de la parte del necesario humor negro desequilibre la obra, y que Jubileo con todos sus méritos, no logre así el suficiente contraste y acabado; pero tal como está es una alegría para todos los que aman el teatro, una felicidad como pocas veces se encuentra en nuestras salas teatrales.

Jubileo, de George Tabori, traducción de V.L. Oller. Con Lucía Arbondo, Alvaro Armand Ugón, Daniel Bérgolo, Ruben Coletto, Mary Da Cuña, Gustavo Martínez y Sergio Mautone. Escenografía de Alejandro Curzio, vestuario de Nelson Mancebo, iluminación de José María Pappariello, mundo sonoro de Andrés Bastiani, puesta en escena y dirección general de Alberto Rivero. En PuertoLuna.

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