"SIT DOWN TRAGEDY", DE FERNANDO PEÑA, EN EL TEATRO STELLA D'ITALIA

Una demostración del poder de la palabra

El resultado es mocho: a la cuarta vez que se descalifica así a una persona o una cosa, nuestros oídos sólo registran el ruido de la palabra, porque no hay sentido, a lo más, un resto de furia. Todo showman tiene una veta de masoquismo a explotar, la figura de la víctima derrotada de antemano y para siempre, en las huellas de Woody Allen: Peña la explota con declaraciones «incorrectas» sobre su propia sexualidad, y en esa vía encuentra lo mejor de sí mismo, que es una sensibilidad casi exquisita para las palabras de su limitado vocabulario. Así dice que es puto, pero no «gay» ni «invertido»; no quiere entender lo de «diversidad sexual»; a todo esto pone en ridículo. En sus labios, «hacer el amor» se revela de insoportable cursilería; uno escucha, con más de aire en los pulmones, que se quiere decir «coger».

Estos aciertos en crítica del lenguaje lo son todo. Se dirá que es poca cosa; creemos que es mucho, porque señalan, aunque Peña no lo haga ver expresamente, el reflejo de nuestra decadencia en el lenguaje. Es un lugar común que el lenguaje es una formación «natural» y no un instrumento del que nos valemos, sea para comprar en la feria o para mentir, para manipular al prójimo o a la opinión pública. ¡Son tantos, en el lenguaje oficial y en el de la prensa, los términos que nada significan! A menudo, lo que es peor, encubren alguna de las muchas puertas del infierno con apariencias de elegancia, de saber científico, jurídico o económico, agudeza o astucia política. «Reconciliación», «cerrar heridas», «revanchismo», «caducidad de la pretensión punitiva»; «Industria» de juicios contra el Estado; «monitoreo» de huelgas, ocupaciones de fábricas y bancos en crisis; amigos siempre «entrañables»; «imaginario colectivo», «sistema bancario», «identidad nacional». El lenguaje directo es necesario, por un mínimo de decencia; y Peña puede pretenderse moralista, porque lo que dice, sea que lo piense o no, es claro y preciso, sin equívocos. Es tan lúcido que sabe interpretar, con la velocidad del rayo y sin un error, las reacciones, implicaciones y sobreentendidos de la platea, a la que trata, sin ninguna agresividad, con la tolerancia didáctica de un maestro de escuela que se esfuerza en vano con niños que se rehúsan a aprender.

Para sentirnos vivos con estas migajas, debemos seguir a Peña durante algo más de tres horas. Con algunas divagaciones que no llegan a distraerlo, su mensaje de lucidez y coraje llega hondo, y el espectador siente, al salir, quizás extenuado, que se ha depurado de algunas tonterías; y que se ha curado, en parte al menos, para siempre. Pero el precio es excesivo. Hemos debido soportar las obsesiones escatológicas de Peña, con el cargoso esquicio de la dama en el inodoro; también hemos rozado la tragedia, con «Modesto Sabino», donde vimos a un notable Fernando Peña actor; nos divirtió el episodio de la mujer en la playa, todo hecho de las previsibles contrariedades, como podía haberlo hecho Perciavalle o Brascó. Como le ocurre a Antonio Gasalla, los esquicios se soportan en aras del gran monólogo personal, que en el caso de Antonio sucede al comienzo y que Peña guarda para la última hora y media. Es todo un premio a la paciencia; pero hemos sido puestos a prueba, creemos que sin necesidad. *

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