"LA SEÑAL": UN POLICIAL NEGRO ARGENTINO DE BUENA FACTURA TECNICA PERO ESCASO VUELO DRAMATICO

Una historia de detectives perdedores

En los últimos tiempos el demoledor poder de la industria ha resignado la calidad artística en aras de la taquilla, en una suerte de bastardización casi parricida.

El denominado policial negro, que alcanzó su auge en Estados Unidos en la gloriosa década del cuarenta del siglo pasado, naufragó contemporáneamente ante las pulsiones posmodernistas de los apócrifos superhéroes del Hollywood más gastronómico y recalcitrante.

En este género protagonizado por detectives más bien oscuros como los encarnados por el inolvidable Humphrey Bogart, todo solía ser ambiguo. Sin embargo, su identidad estaba dada por los sórdidos ambientes de luces y sombras arrancados de las entrañas del expresionismo alemán, el denso humo de los cigarrillos, la violencia descarnada pero no desmesurada, las atmósferas agobiantes en medio de torrenciales lluvias y, con bastante frecuencia, la voz en off del protagonista cortando el silencio.

Los signos de identidad de este cine de perdedores eran la corrupción que se amparaba detrás de la fachada del poder, la traición, los recurrentes ajustes de cuentas y las miserias subyacentes. Todo se dirimía en un sub-mundo subterráneo, en el cual nada era realmente como parecía ser.

Esas historias de antihéroes solitarios y desamparados, cuestionaron una visión idílica del cine como mero pasatiempo, impregnando casi siempre a sus personajes de una despiadada y nada complaciente humanidad.

En «La señal», Ricardo Darín (también protagonista) y Martín Hodara construyen un ejercicio de cine negro a la argentina, que pretende emular y en muchos pasajes lo logra, la estética de los más icónicos exponentes de la producción artística de otrora.

El filme es una suerte de homenaje al desaparecido realizador argentino Eduardo Mignogna, autor de un libreto que, lamentablemente, no pudo llegar a dirigir.

El relato, bastante convencional para los amantes del género, narra las peripecias de dos detectives privados que no rechazan casi ningún trabajo por más sucio que sea.

Para ambos, la responsabilidad profesional trasciende las meras reglas de la ética o la convivencia. Casi nunca preguntan qué están investigando, con tal de recibir la paga requerida que les permite subsistir.

En la primera media hora el filme transcurre con un ritmo cansino y bastante moroso, que privilegia más el diseño de la psicología de los personajes que lo que realmente sucede en torno a ellos.

Mientras el detective que encarna Darín es un ser solitario e introvertido, fumador empedernido y adicto a las carreras de caballos, el personaje de Peretti es un individuo más común y realista, que sueña con despegar del llano y tiene una existencia bastante oscura.

Detrás de ambas criaturas de ficción se mueven agonistas que casi nunca adquieren relevancia en el desarrollo del relato: una amante infiel, un bandoneonista en decadencia que vive en un asilo para ancianos, un enigmático chofer y la oscura fauna del hampa.

Sólo la misteriosa mujer encarnada por Julieta Díaz que contrata a los investigadores para que se hagan cargo de un laberíntico caso, abandona esa suerte de anonimato.

Si bien el trasfondo político de la época jamás adquiere una visibilidad que incida en forma determinante en el desarrollo de la trama, en algunas escasas secuencias se percibe la sensación de desasosiego, estupor y dolor por la inminente muerte de Eva Duarte de Perón.

Incluso, los propios diálogos de los personajes insinúan alguna tangencial crítica al régimen, cuando uno de los detectives le advierte a su compañero que se cuide en sus comentarios.

Aunque la historia está correctamente narrada, con picos de tensión y violencia bien dosificados, los personajes son harto convencionales y las situaciones bastante previsibles.

En esas circunstancias, el filme es una suerte de reproducción en papel carbónico de la mayoría de los clichés del glorioso género negro americano, que recoge la tradición literaria y cinematográfica de emblemáticos autores como Samuel Dashiell Hammett y Raymond Chandler.

Las mayores virtudes de este producto residen en sus excelencias en materia de montaje, la ajustada reconstrucción de época, una fotografía en sepia que trabaja con esmero los primeros planos e imágenes desenfocadas y la creación de una atmósfera sórdida y agobiante.

Sobresale nítidamente la interpretación protagónica de Diego Peretti y el profesionalismo de Ricardo Darín, en un reparto actoral algo desparejo.

Aunque «La señal» es un filme de correcta factura técnica, quizá se hubiera requerido un abordaje menos epidérmico de los personajes y un mayor aprovechamiento de la coyuntura histórica en la cual está ambientado. *

 

LA SEÑAL. Argentina-España 2007. Dirección: Ricardo Darín y Martín Hodara. Libreto: Eduardo Mignogna. Fotografía: Marcelo Camorino. Reparto: Ricardo Darín, Diego Peretti, Julieta Díaz, Andrea Pietra, Vando Villamil y Carlos Bardem.

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