"LA MUJER COPIADA", DE SANDRA MASSERA, EN EL MUSEO PEDAGOGICO

Museo de celebridades: Viena, comienzos del siglo XX

Confusión de extravagancia con originalidad; creencia de que el teatro es un conjunto de conversaciones selectas; sobrecarga de tópicos «culturales» y de medios expresivos; puesta en escena con ambientes confusos, iluminados por luces fantásticas. «La mujer copiada» se basa en un episodio de la vida del pintor Oskar Kokoschka (1886 -1980) que encargó a la artesana Hermine Moos una muñeca, tamaño natural, que reprodujera a su ex amante Alma Mahler (nacida Alma María Schindler en Viena, 1879) viuda del músico Gustav Mahler, del que tomó el apellido. El rasgo inspira curiosidad. Los artistas suelen ser muy fantasiosos, a menudo sin consecuencias, como quien ensaya nuevos colores en su paleta, o unas extrañas palabras que podrían cuajar en un poema. La razón de su encargo pudo conducirnos a la intimidad del pintor y de su arte, al estilo de «La obra maestra desconocida» de Balzac; pero si vemos el dibujo de Alma Mahler por Kokoshka, que se publica con las «memorias» del pintor, que es menos el retrato de una amante que el retrato de un amor, deformado por sorprendentes visiones, que han sustituído al original, y vemos la dureza de la mirada, apenas atenuada por una chispa de inteligencia que parece extinguirse, la nariz como un pico de ave de rapiña, entrevemos lo que el pintor vio detrás de la belleza y la seducción. El amor y el odio son cristales deformantes: pero, como observa Goethe, sus datos son mejores que los que brinda la «objetividad».

En vez de un análisis en profundidad, sea del episodio de la muñeca, sea de la relación entre Alma Mahler y Kokoschka, vemos, como en «A la guerra en taxi» un desfile de intelectuales y artistas vieneses de comienzos de siglo. Gustav Klimt (que según «La mujer copiada» habría acariciado en Génova a Alma), la bailarina René Arpard, la cantante Wihelmina Schröder y, era inevitable, Freud. Lo curioso es que, así como sucedía en la obra de Rehermann, casi todos los personajes parecen prescindibles, y podrían canjearse aquí. sin desmedro, por otros intelectuales o artistas de Viena. La autora acota el escenario con música de Mahler, Alban Berg, Haendel, Giacinto Scelsi, John Cage, Jaap Blonk y Steve Reich, pero estas composiciones no nos acercan el alma de los protagonistas, aunque describan, en parte, su entorno musical. Aparecen tantos muñecos como personajes, a los que replican y con los que los seres vivos se relacionan; a veces los personajes actúan como marionetas, otras veces se declaran fantasmas, como cuando Klimt alude a la época de su muerte.

El libreto presenta fallas demasiado visibles. No se percibe una trama clara, no hay ninguna progresión dramática: todo parece ocurrir fuera del tiempo. Los personajes se limitan a tomar café o ajenjo mientras comentan el episodio de la muñeca; también hablan y divagan, en charlas sin mayor interés, sobre política, psicología y terceras personas. «Freud» ensaya frases tan obvias como «La vejez de los muñecos es la metáfora de la decadencia humana» y observaciones, para nosotros incomprensibles, como que «La lentitud de la corrupción del cuerpo es nuestra salvación de una locura cierta».

Si todos estos detalles, que demandaron un trabajo muy considerable, no son un puro adorno, concluimos que Massera ha intentado una síntesis de artes: si no de todas, por lo menos de plástica, música y literatura. Pero la realización de este complejo y demasiado ambicioso proyecto está muy por encima del alcance de la autora. Debemos decir, en su descargo, que el proyecto nos parece irrealizable en un teatro.

La obra no llega a los espectadores o les llega de muy lejos. No hay ninguna explicación, por remota que sea, de que se pretenda presentar aquí, en el Uruguay de 2007, la Viena de comienzos del siglo. Se nos sugiere que Alma era muy atractiva y Kokoschka un tanto rudo («vulgar», dice «Freud»), pero no sentimos ni belleza ni rudeza; mayormente «La mujer copiada» muestra al pintor debatiendo ad náuseam con Moos los términos de su encargo; no vemos por qué deben interesarnos Alma Mahler u Oskar Kokoschka.

La puesta en escena, en los salones del Museo Pedagógico abundó en tiempos muertos e iluminaciones extravagantes. La interpretación contó con un buen actor, Sergio Mautone; pero las escasas líneas de diálogo que le concede «La mujer copiada» le impiden su verdadera dimensión. *

LA MUJER COPIADA, de Sandra Massera, con Alvaro Ricardo, Sandra Massera, Lila García, Fernando Gallego, Sergio Mautone, Imazul Chiarelli, Diana Veneziano, María Laura Almirón, Etelvina Rodríguez y Alejandro Campos, dirección de Lila García y Sandra Massera. Estreno del 29 de setiembre, teatro del Museo Pedagógico, Plaza de Cagancha 1175.

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