Bola de Nieve: un mito de la noche
Antes de que Bola llegara al Cardini Internacional y al Monseigneur, se convierte en estrella desde 1947 -hace 60 años- en Tropicana, uno de los cabarets más famosos de América. Desde la década de 1930 ya había desfilado por cines de barrio, teatros y los escenarios más prestigiosos de La Habana. En La Bodeguita del Medio también tiene una historia que merece capítulo aparte.
Su primer despegue comienza en 1932 como acompañante de Rita Montaner. Este encuentro marca un hito en la canción cubana. El primer viaje a México lo realiza a Yucatán, e1 19 de enero de 1933. Allí permanece hasta mediados de 1944.
Rita Montaner lo bautiza en México como Bola de Nieve. Fue «el gran favor que me hizo en mi vida, desde entonces me tocó tener suerte, en esos días nací al teatro en México», aseguraba Ignacio Villa.
El restaurante Cardini Internacional era uno de los más rutilantes del Distrito Federal en esa época. Ubicado en la calle Morelos 98 y conducido por el gerente Alex Cardini (hijo), en 1965 contrató a Bola de Nieve para ofrecer dos actuaciones diarias, de lunes a sábado. Reciben al artista cubano el compositor Vicente Garrido (No me platiques), Gabriel Ruiz, Tata Nacho, el director de orquesta José Sabre Marroquín y varios intelectuales, según datos de Ramón Fajardo Estrada. «Vengo a devolverles el nombre que ustedes me han dado», expresó Ignacio Villa a su llegada.
La periodista María López Salas apunta que, como recibimiento al cantante cubano, menudearon las jarras de flores, provenientes de los mejores restaurantes mexicanos. Ramón Flores, dueño de Los Violines de Fontana, envió todos los crisantemos de la ciudad.
«Nunca imaginé que me hicieran tal recepción» -declaró el cubano-. Allí estaban también don Pepe de León, del Terraza Casino, y Nick Noyes, quien poseía el restaurante hawaiano más bello que se conocía, el Mauna Loa.
En el periódico cubano Revolución, una nota señala que ni una sola noche el cantor pudo eliminar de su repertorio la canción de Adolfo Guzmán «No puedo ser feliz». Los anuncios de Cardini por televisión iban acompañados de ese número, «el público me lo pedía con tanta insistencia como lo hacía mi estreno durante ese viaje, Adiós felicidad».
Cuando interpretaba «No puedo ser feliz», el público elegante se ponía de pie en el Cardini Internacional, tributaba una estremecedora ovación y acto seguido vitoreaba a Cuba. Una espectadora emocionada le quitó el reloj de oro a su esposo y, en gesto de profunda admiración, lo colocó en la muñeca del artista criollo. Numerosas anécdotas se pueden contar sobre esta visita del cubano a México. «No vengo a cantar por dinero -aseguraba el artista-, vengo por amor a este pueblo que tanto quiere a Cuba, y cuando uno siente amor por algo siempre lo consigue. Unicamente por amor se tienen las cosas y por amor es que consigo que este público me quiera y me aplauda tanto y me venga a oír».
La prensa mexicana de entonces cataloga a Bola como el Maurice Chevalier, el Paul Robeson o el Armstrong de Cuba: una institución insustituible, una sensibilidad al servicio de la más perfecta expresión musical, un artista que pertenece al mundo
Diez semanas seguidas se mantuvo Bola en ese escenario, hasta el 24 de enero de 1965. Recibió un homenaje de mariachis. Cada mañana, con la disciplina de un principiante, estudiaba un par de horas en el piano de la embajada cubana, en la que dio un recital para sus coterráneos y también para intelectuales mexicanos invitados.
Además actuó en el Palacio de Bellas Artes, en los espacios televisivos Revolución Musical, Nescafé y Variedades Gerber Silvia, conducido por la actriz Silvia Pinal, quien le organiza una despedida en nombre de los artistas nacionales y de sus amigos, principalmente Sabre Marroquín.
A su regreso a Cuba el artista declara: «Este viaje ha sido un sueño. La expresión más maravillosa de México. Todo México se volcó hacia mi trabajo. El público me respaldó con mayor énfasis que nunca, como si fuera la primera vez que me escuchara. Vengo henchido de mexicanismo».
Luego de un breve descanso, el 31 de mayo, comparte un concierto con María Cervantes en el Museo Nacional de Bellas Artes. Poco antes, vuelve a sus faenas en el Monseigneur hasta mediados de 1965, cuando se cierran sus puertas para un total remozamiento.
Bajo estrictas disposiciones, se desarrolla el proceso de ambientación y decoración del inmueble.
«Pusimos alfombra, antes no la tenía; así las pisadas serán menos fuertes. Cuando la gente pisa la alfombre intuitivamente baja la voz. El bar, la cocina, todo se hace a mi gusto. Quiero hacer del Monseigneur un lugar donde la gente venga a recrearse, a comer sin prisas, a disfrutar de esto con verdadera fruición. Será la mejor cocina internacional, la casa servirá pargo, filete, pollo y langosta peruggina muy deliciosa: Chez moi», precisa Bola
Al periodista Luis Marrero le especifica: «Voy a charlar, animar, compartir. En suma, hacer lo que en francés se designa con una palabra luminosa, compére. ¡Ah, y cantar… cantar!».
El miércoles 25 de agosto de 1965 se reabrió el Monseigneur de siete de la noche a una de la madrugada. Bola con su impecable frac, su piano, sus canciones, sus chistes, cuentos y saludos deleitaba a su clientela. Los violines de Monseigneur y la trovadora Teresita Fernández lo secundaban en ciertos momentos. Cuando el cantaba no se permitía a los camareros ningún tipo de servicio, ni siquiera de cubiertos. Todo el espacio era de Bola y sólo él sabía cómo llenarlo. Los gastronómicos se adaptaron a moverse en silencio. Según Rafael Calvo, capitán fundador -en entrevista a Mae Anton-, Bola llegaba vestido impecablemente a las ocho de la noche. Era puntual. Casi siempre llegaba con amigos con los que compartía en una mesita redonda, a la izquierda del piano.
En los intermedios se sentaba con el público, conversaba y se divertía. Otras veces permanecía en el bar, con manzanilla de pochola (vino de Jerez) o un Bola Roja (Vermut rojo ligado con ron y Carta Blanca). Estos eran sus tragos habituales, aunque no se emborrachaba.
Cenaba filete mignon con vino tinto. No comía delante de los visitantes, «si el público te ve comiendo en una mesa, se destruye un poco la magia de lo que uno representa para el público» Fumaba tabacos. Viajaba mucho, pero siempre volvía a su restaurante, al igual que a La Bodeguita del Medio. «Bola era muy sentimental -sostiene Rafael Calvo-, en más de una ocasión se le vio llorar».
El Monseigneur, uno de los restaurantes más famosos de La Habana, data del 13 de diciembre de 1953. Era propiedad de dos cubanos: Tuto Pertierra y Eugenio Leal, aunque el inmueble pertenecía a un ruso blanco. Surgió con la intención de convertirse en una réplica del restaurante parisino del mismo nombre, y tan bien resultó que el empresario francés se sorprendió de hallar en Cuba otro restaurante más bonito que el suyo. En las veladas se presentaba una orquesta francesa para la burguesía cubana, al estilo europeo. Al estreno asistieron personajes de la mafia: Meyer Lansky y George Raft, quien regentaba el hotel Capri. Por él pasaron luminarias como Nat King Cole, Josephine Baker y Pedro Vargas. Después de 1959, lo visitaron incluso presidentes como el chileno Salvador Allende.
Bola de Nieve era el alma del Monseigneur. Chez-moi, como decía. *
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