Yo no creo en fantasmas pero les tengo miedo
Fantasma: tomado de phantasma, y este del griego que significa aparición, espectro; otro derivado del mismo verbo: una variante vulgar de fantasma ha estado en uso desde el siglo XVI por lo menos, y hoy es usual entre toda la gente rústica de España y muchos puntos de América». (Diccionario Crítico Etimológico de la Lengua Castellana).
Algunos ensayistas han dicho, por ejemplo, que «cada cultura ha inventado sus propios fantasmas». Esos espectros imaginarios podrían ser reflejos subconscientes de nosotros mismos, de nuestros rincones oscuros, esos demonios ocultos que nos acechan. Pero también pueden estar representando conceptos, prejuicios, miradas antropológicas y una larga lista de etcéteras.
Algunos estudiosos han señalado que, en la Edad Media, lo mágico formaba parte de la rutina. Ese cotidiano vivir estaba poblado de duendes y dragones como discurso «verosímil» de la comunidad. Era un mundo por donde circulaban vivos y muertos sin espacios limítrofes muy definidos, según las creencias populares. Incluso existían textos de consulta que clasificaban espectros y definían el concepto de nigromancia como la capacidad de dialogar con los muertos. Con el tiempo, esa mirada fue cambiando hasta llegar al racionalista Siglo de las Luces, donde la Ilustración promovió una mirada científica a los alrededores del mundo. Lo empírico por encima de lo intangible, la división categórica entre lo invisible y lo concreto. De esta manera, lo sobrenatural supuso una transgresión inconcebible que llevaba al sentimiento de pánico, al estado de terror sobre lo que no podía ser. Aquí, lo maravilloso se transformó en una incoherencia que fracturaba el equilibrio y generaba miedo. Miedo a lo que escapaba de los límites razonables; ese temor sobre lo que no se puede explicar de ninguna manera. (No hace mucho, el teórico Adolfo Colombres señaló que esos temores resultan inextinguibles porque el «conocimiento científico y las utopías sociales están aún lejos de calmar todos los miedos ancestrales del hombre y de colmar sus esperanzas»). Más adelante, el Positivismo planteó la necesidad de una experiencia tangible pero los fantasmas resultaban demasiado etéreos para ser mensurados y las creencias subsistieron por encima de cualquier intento de racionalización. La cuestión es que lo inefable siempre estuvo presente en la conciencia humana; esa intuición de no lograr llegar a la última respuesta atraviesa todas las eras aunque el sentido común pretenda desvirtuar abstracciones intangibles. (Hay un refrán humorístico que afirma: «Yo no creo en fantasmas, pero les tengo miedo»).
Con el tiempo, los avances tecnológicos hicieron que estas temibles apariciones del imaginario colectivo debieran reposicionar su perfil o someterse a otras miradas técnicas vinculadas con la psiquiatría o el estudio de fenómenos paranormales. De esta manera, lo espectral pasó a formar parte de las alucinaciones, las enfermedades mentales y la locura. En una palabra, del exorcismo se pasó al electroshock. Hasta el término poltergeist reseñado por Lutero (del alemán que, etimológicamente, fusiona la idea de espíritu [geist] con ruido [polter]. O sea, un fantasma ruidoso) ha pasado a ser un fenómeno de la telekinesis (la capacidad de mover objetos con la mente). Aunque increíble, lo inexplicable debe tener cierta codificación. Vaya a saber uno para qué. A pesar de todo, tanto en el Siglo XX como en el recientemente estrenado Siglo XXI, la idea de esas figuras de ultratumba continúan muy presentes en el cine y en la literatura. Una continuidad que supone transgresión y delata la ineficacia de la ciencia para acotar estos pánicos al simple renglón de superstición primitiva y arqueológica. ¿Necesidad de evasión? ¿Miedos atávicos? ¿Referentes icónicos de tabúes inconfesables? ¿Una didáctica aleccionadora basada en el terror? Quién sabe. Tilde la opción que le guste y mire debajo de la cama antes de acostarse. Por las dudas, deje una luz encendida. *
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