El genio de Georges de La Tour, en video

El pintor Georges de La Tour (1593-1652) fue, como Vermeer, su contemporáneo del siglo XVII, ignorado durante los casi tres siglos que sucedieron a su muerte. Redescubierto en 1915, su fama no cesó de crecer hasta convertirse en uno de los genios de la pintura de todos los tiempos.

Sin embargo, es poco lo que se sabe de su vida y de las influencias que recibió. Apenas se conoce (como en Vermeer) medio centenar de cuadros de los muchos que pintó. Pocos están firmados y fechados o adjudicados a otros artistas. De varias de sus composiciones hay dos o más versiones, entre copias y réplicas. Pero el poder de seducción inmediata que tiene cada una de sus telas no es nada común. Incluso entre sus pares.

En 1996, la Nacional Gallery de Washington hizo una memorable retrospectiva de Georges de La Tour. En ese museo, el más refinado de Estados Unidos, el genio francés adquirió la dimensión real de su grandeza que, posiblemente, no haya tenido un año después en el Grand Palais de París. Inventor de la luz mental, del racionalismo conducido hasta el paroxismo del color y el claroscuro, La Tour desparramó entre seres y objetos cotidianos el aura inapresable del misterio de la creación.

Con extrema economía de medios técnicos y expresivos, la estática (y extática) serenidad de sus escenas, el inflexible ordenamiento matemático de sus composiciones lo sindican como uno de los predecesores del arte abstracto geométrico. Su obstinada obsesión por la simplificación pictórica, el acabado perfecto ajeno al virtuosismo aparente de sus imágenes, siempre trascendidas de la anécdota, proyectan una atmósfera inquietante, perturbadora, de envolvente hermosura poética.

Lo notable, empero, radica en la facilidad de acceso a la comprensión de cada tela que no perturba, en lo inmediato, con la interpretación simbólica o alegórica de complejas significaciones. Su maestría no proviene de la técnica dominada, sometida férreamente al acto de pintar, sino del fluir impalpable al establecer una comunión directa con el receptor. Una vez que se ven sus cuadros quedan para siempre en el observador. Son imborrables en la memoria.

Tienen el magnetismo de una verdad (artística) revelada. La adivinadora (Museo Metropolitano, Nueva York), La trampa con el as de carreaux» y La adoración de los pastores (Louvre), La cazadora de pulgas (Nancy), El muchacho soplando un carbón (Gijón) o su obra maestra El nacimiento (Rennes) subyugan de tal manera desde la primera visión que permanecen registradas y definitivas, conviven y se presentifican en cualquier instante.

Otras glorias de la pintura ( La trinidad de Andrei Rublev, El matrimonio Arnolfini de Jan van Eyck, La tempestad de Giorgione, La Primavera de Botticelli, Las meninas de Velázquez, La iglesia de Auvers de Vincent van Gogh, Guernica de Picasso) no entregan su secreto sin una previa decodificación de sus múltiples señales epocales y autobiográficas, de una paciente indagación de cada elemento en particular representado en el cuadro.

En cambio, en La Tour la conquista de la mirada ajena se efectúa con atrapante sencillez e inmediatez. Parece no existir intermediarios iconográficos ni escondidas significaciones. Es la pintura misma que se impone en su irradiante condición visual al acortar la distancia entre el acto de pintar y el acto de mirar.

Esa despojada sencillez responde a una elaboradísima concepción plástica, a una intensidad del sentimiento y a una claridad conceptual que lo convierten en un pintor filósofo, en un siglo dominado por el barroco. Y aunque en Francia y en particular en la Lorena, de donde era oriundo y vivió La Tour, no aceptó totalmente la estética barroca en el campo pictórico (sí en arquitectura, escultura y artes derivadas) los principios básicos, enunciados por Wölfflin, se mantuvieron, aunque amortiguados: la teatralidad de las composiciones, el pasaje de lo táctil a lo visual, de la claridad absoluta de los objetos a su claridad relativa por obra del claroscuro y la noción de coordinación sustituida por la de subordinación de los elementos plásticos.

Frente al personalismo intelectual de los clásicos y el impersonalismo sensorial de los naturalistas, el artista barroco se interna por el subjetivismo sentimental. Pero si hay un enfoque general del barroco, también las diferencias son abismales: la intensidad sicológica de Rembrandt es ajena al palpitante erotismo de Rubens, la carnalidad vigorosa de Caravaggio nada tiene que ver con el refinamiento de la complejidad espacial de Velázquez. Así también,L L La Tour impone su singularidad.

Pintor de interiores nocturnos y de luces artificiales (velas, braseros), La Tour hace emerger las formas con suavidad exaltante y exultante, como resultado de una necesidad interior. Músicos, mendigos, peleadores, jugadores de cartas que engañan, muchachos jóvenes, santas y santos ancianos desfilan como representación de toda la humanidad, con sus rasgos de sexualidad encubierta pero imponiendo en exquisito refinamiento pictórico, la amplia comprensión del mundo y los seres que la habitan. Opone, en definitiva, al neoplatonismo renacentista, el neoaristotelismo del barroco, la idea contra la experiencia. Es decir, una nueva concepción del universo.

El sábado y domingo, a las 17.30, en el Museo Nacional de Artes Visuales, un filme de Alain Jaubert sobre Georges de La Tour, se proyectará en el ciclo Historia Universal del Arte, en una aproximación a un genio poco difundido y conocido . *

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