ARTE

Claros y oscuros de días patrimoniales

Multitudes recorrieron los principales centros de atracción: el Barrio Sur, Antel, la Ciudad Vieja y el Mercado del Puerto, la Feria del Libro (imposible entrar o moverse en el hall de la IMM), la explanada de Plaza Fabini con bailes populares que retacearon el acceso al Centro Municipal de Exposiciones con afiches que recordaban célebres artistas negros y en particular, el Museo Nacional de Artes Visuales. El día inestable impidió la feria callejera del libro prevista en Tristán Narvaja (quedó para el próximo sábado), y temprano de la tarde cerraron la Biblioteca Nacional y la librería Rayuela que ofrecía el atractivo de arte negro (de Mozambique, Namibia), proveniente de colecciones particulares, que se puede ver durante toda esta semana. Un pequeño y útil folleto propusieron Facultad de Arquitectura, Alianza Francesa, Centro de Diseño Industrial y Zona Diseño con itinerarios y guías con horarios establecidos y a cargo de estudiantes de arquitectura para conocer amplios barrios pocitenses. Algo para imitar.

 

En el Museo del Parque Rodó

La principal pinacoteca “reabrió” con originalidad y sensatez. Se colgaron, en carácter provisorio y durante los dos días patrimoniales, cuadros del acervo. A la entrada, una sala de Blanes, con un par de telas poco conocidas, de la misma manera que en rápido recorrido histórico se observaron cuadros escasamente exhibidos de Fonseca, Pailós, Teresa Vila, Barcala y Haroldo González. Y, para cumplir con la cultura afrouruguaya dedicada al Día del Patrimonio, cuadros de Figari.

Pero lo importante no estaba ahí. Vitrinas itinerantes. Joaquín Torres García son dos muestras singulares, diferentes y necesarias. La primera consistió en la exhibición en vitrinas de documentos referidos a Juan Manuel Blanes, cartas en un total de 24 y contratos (sobre el telón de boca para el Teatro Solís en 1875), fotos y cartas ilustradas de Barradas, Figari, Alfredo de Simone, Salustiano Pintos, material que forma parte de un proyecto del área de Conservación y registro que se viene procesando de acuerdo con normas internacionales, a cargo de Eduardo Muñiz, Osvaldo Gandoy y Raquel Pontet. Se agregaron fotos del edificio primitivo del museo con entrada lateral y del montaje, con cuadros tapizando las paredes.

La segunda muestra se refirió a los restos del incendio en el Museo de Arte Moderno de Río de Janeiro, la madrugada del 8 de julio de 1978. Desaparecieron más de mil obras (junto con el inventario) de Van Gogh, Picasso, Kandinsky, Matisse, Léger, Miró, Max Ernst, entre otros muchos artistas nacionales e internacionales.

Lo peor, 73 piezas de Joaquin Torres García: siete grandes murales desprendidos y traspuestos a tela, del Hospital Saint Bois, 58 cuadros y esculturas, 6 juguetes de madera y dos objetos. No quedó nada. Apenas restos calcinados que ahora se exhiben. Fragmentos de Pax in Lucem, Pacha Mama y Locomotora blanca, de 1944, y tres óleos, uno quemado en la parte inferior y con daños menores, Constructivo en blanco, 1931, perteneciente al coleccionista Jean Boghici, de Río de Janeiro (que acaso podrá reclamar como legítimo dueño), un buen pedazo de Composición constructiva de 1932, de la colección de la familia y Pintura constructiva, 1937, del propio museo.

Los fragmentos de murales fueron presentados en vitrinas y sobre la pared de enfrente se proyectaron diapositivas de las obras originales. Así, se pudo comparar la magnitud de la pérdida. Una catástrofe para el arte nacional y universal. Además, emotiva.

Las obras calcinadas de Torres García formaban parte de la exposición América Latina: geometría sensible en el MAM carioca, a punto de finalizar. Fueron enviadas en una caja al Museo Nacional de Artes Plásticas, a la calle Tomás Garibaldi (en lugar de Giribaldi) cuando debió remitirse a la calle Herrera y Reissig, la dirección habitual. Más curioso resulta el remitente: Jornal do Brasil de Río de Janeiro. El diario carioca, al parecer, se hizo cargo de los gastos ocasionados por el incendio o acaso su director era integrante de la directiva del museo.

La existencia de la caja no era un secreto. Se sabía de su existencia, dentro y fuera del museo. Sencillamente, en plena dictadura se olvidó y se dejó en el depósito de materiales. La nueva directora, licenciada Jacqueline Lacasa, hurgando en el estado de conservación de las diferentes dependencias, la encontró. Un matutino, hizo del hecho una nota sensacionalista en mejor estilo amarillista del inglés The Sun.

Ahora, con prudencia, sin espectacularidad, con criterio documentalista e investigador, como conviene a una labor cultural seria, se muestra al público para refrescar la memoria histórica. Rescata, así, a los días del patrimonio de la anestesiante bullanguería populista y los recoloca en actitud reflexiva, de estudio, meditación y regocijo que tuvo en su primera edición.

“Revisar el patrimonio es una tarea inagotable, escribe Lacasa en el folleto, una fuente de conocimiento unas veces referente de la identidad y otras disidente, que da la posibilidad de resolver muchos de los cuestionamientos que nos plantea el presente. En esta oportunidad, el Museo Nacional de Artes Visuales tiene el honor de presentar, junto a las obras más importantes de la colección permanente, dos muestras que recobran parte del patrimonio de los uruguayos, ambas con connotaciones tanto históricas como artísticas”. Una iniciativa feliz, por cierto. *

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