"TU MANO EN LA MIA", DE CAROL ROCAMORA, EN EL TEATRO EL GALPON

Nuevamente la biografía en el teatro

Tu mano en la mía es el teatro, una vez más, haciendo la señal del S.O.S. La inventiva parece tan agotada que se recurre, con insistencia, a la biografía.Ya se había dado, incluso en Montevideo, «Puerto Luna» «Chejov ­ Chejova» en 1997, con Rita Terranova y la dirección de Manuel Iedvabni. Más tarde nada menos que Peter Brook puso en escena esta obra de Carol Rocamora, basada en la correspondencia entre Anton Chejov y su esposa la actriz Olga Knipper. Esta puesta en escena de Wainstein es por ello un eco, no sólo de tanto prestigio, sino de tanta esterilidad del teatro, que recurre una y otra vez a la vida de los hombres célebres, cuando no a los encuentros imaginarios de personas reales (el último de que tenemos noticia, es el de Nietzsche y el Dr. Breyer, en «El día que Nietzsche lloró»; ya viene el reencuentro, sobre las tablas, de Alma Mahler y Oscar Kokoschka). Y sentimos algo de coerción ante estas piezas, ostentosamente respaldadas por figuras ilustres e historias patéticas: si uno, por ejemplo, reprueba una obra sobre la vida de Kafka, no sólo descree el autor de «En la colonia penitenciaria» sino que está injuriando las cenizas de sus hermanas, muertas en una cámara de gas nazi; si no nos gusta «Emily» (sobre Emily Dickinson), descreemos de una de las más extraordinarias poetas de todos los tiempos, etcétera.

«Tu mano en la mía» plantea un problema ético que se pasa por alto. El primero, y más inmediato, es si podemos leer las cartas que no se nos dirigieron (en nuestro país es un delito la violación de correspondencia, artículo 296 del Código Penal); el segundo si, una vez cometida esa indiscreción, podemos publicar las cartas y hacer dinero con ellas, por más que nos las haya entregado, por herencia u otro medio legal, el destinatario. Porque, ¿quién es el dueño de una misiva, el autor o el corresponsal? Es un caso de propiedad intelectual a medias, un tanto similar a la propiedad de las partidas de ajedrez, donde también hay dos personas que dialogan. Borges escribió, no sin énfasis, que Flaubert, el hombre, no está en «Salammbô» o «Madame Bovary», sino en su «Correspondencia»; podríamos organizar, sin embargo, a partir de la misma «Correspondencia» (cuatro tomos en la edición de «La Pléiade») un Flaubert grosero y glotón que rechaza sin pausa ni cortesía casi todo lo que le dice y reprocha Louise Colet.

La versión de Rocamora de los amores de Chejov y Knipper es lisa y rosa. Es lisa porque no tiene la dialéctica que dio vida a «Querido mentiroso» de Jerome Kilty, sobre la correspondencia entre Bernard Shaw y la actriz Stella Campbell. No hay confrontación, esa palabra tan odiada por la antihistoria; pero si se nos permite, tampoco creemos en el color rosa. Chejov se casa cuando ya sabe que va a morir de tuberculosis; y este matrimonio es, más que nada, un matrimonio por correspondencia, hecho, como dicen los árabes, mitad de mujer y mitad de sueño. ¿Qué amantes son, que, recién casados, él no puede dejar Yalta y ella no puede dejar de actuar en Moscú? En 1885, tres años antes de casarse con Olga, Chejov había escrito: «Denme una mujer que, como la Luna, no aparezca todos los días en mi cielo» y durante toda su vida mantuvo diversos amoríos, en particular con mujeres casadas. Fuera de la misma y convencional frase «tu mano en la mía» no hay frases de amor a recordar; más diríamos, no hay frases a recordar.

Muchos admiramos a Chejov, aunque no sabemos si todos lo admiramos por las buenas razones; hemos visto sólo una versión de sus obras que nos satisfizo realmente («Las tres hermanas» con dirección de Atahualpa del Cioppo); a veces pensamos que hasta las contraversiones (o contravenciones) un tanto audaces de Daniel Veronese («Un hombre que se ahoga»), son un mejor homenaje y mejor muestra de respeto, porque tratan a sus textos como a seres vivos, capaces de transformarse en algo que no se propusieron. Pese a su honestidad como escritor, Chejov gustaba de paradojas, bromas y frases enigmáticas, de las que hay algunas en «Tu mano en la mía». ¿Quién, sino un extraordinario farsante, pudo decir, en el momento de su muerte, nada menos que «Ich sterbe», que es «Me muero», pero en alemán, y no en ruso?

La puesta en escena de Mariana Wainstein no agrega nada a lo conocido de los dramas por carta. Cartas van y cartas vienen; él se queda en Yalta, ella en Moscú. No se desperdician frases inútiles, como que las azaleas están en flor. Susana Groisman, en el papel de Olga Knipper, lee sus cartas, a la izquierda del espectador, con entusiasmo, buena dicción y en su estilo habitual; Pedro Piedrahita, como Chejov, lee las suyas a la derecha, con alguna intención de situarse en la piel de su personaje. No hay un trabajo especial con la iluminación, ni siquiera cuando Chejov muere; la escenografía es harto simple.

A veces nos interrogamos sobre la razón de estrenos o reestrenos. La libertad del artista es absoluta: puede y debe hacer lo que quiere, sin sentirse obligado por ninguna ética. Pero pica la curiosidad el por qué de algunos estrenos, fuera de la reiterada explicación del éxito internacional de una obra. *

TU MANO EN LA MIA, de Carol Rocamora, con Susana Groisman y Pedro Piedrahita. Escenografía y vestuario de Raúl Acosta, iluminación de Eduardo Guerrero, música de Jorge Alastra, dirección de Mariana Wainstein. Teatro El Galpón, sala Cero.

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