Carmen, de Georges Bizet, en el Solís
La mezzo soprano Sylvie Althaparro, francesa de origen vasco y de extensa actuación en Europa, puede tener una voz técnicamente perfecta; como actriz es muy poco convincente y aún creemos que es inadecuada para el personaje de «Carmen». Su expresión facial es rígida, hasta recia, diríamos; su mirada es sin color, calor, brillo o variedad; su andar es como a zancadas; en las contraescenas adopta una actitud abstracta, de espera, recostada sobre una pierna, como si sólo le correspondiera aguardar el momento de cantar. Carlos Duarte, como don José, tiene mejor presencia en la escena, aunque un exceso de peso que pudo disimularse con una vestimenta menos ceñida conspiró contra la credibilidad de su personaje. En cambio, tanto Federico Sanguinetti (Escamillo) como Eiko Senda (Micaela) dieron la perfecta mezcla de música y actuación, y las ovaciones del público, finalizado el espectáculo, así lo dijeron.
Así y todo, y dando como inevitable el reparto de los papeles, el director no pudo admitir que «Carmen» se diera con la escenografía (prestada por el Teatro Argentino de La Plata) y la iluminación que vimos. En cuanto al escenario, hay, al centro y a la izquierda del espectador, un círculo vacío, que podría ser una placita; a la derecha y al fondo, una escalera gigantesca, de un insólito color rosado, que no conduce a ninguna parte (y menos al puente que indica el libreto). Muy sobrealzada desde la derecha a la izquierda, podría haber sido diseñada por Le Corbusier y pintada por un pintor de carteles. Pero lo peor es que la misma escenografía sirve los cuatro actos (se ha dividido en dos el último acto del libreto original). Entre la pequeñez del círculo o plaza, y la inexpresiva, pero opresiva, presencia de la escalera, casi no hay lugar para los actores; y la gente común de Sevilla, en vez de ir y venir por la plaza, sube y baja escalones, con riesgo de tropezar, lo que ocurrió dos veces. En los actos primero y cuarto la escenografía quiere ser una plaza de Sevilla, donde están a la vez la fábrica de tabaco y parte de la gente que va y viene; el destacamento militar deambula en una semipenumbra hacia la izquierda del escenario, salido no se sabe de dónde, porque ya no hay espacio donde ponerlo; pocas veces hemos visto algo menos español o sevillano. En el segundo acto, con la misma escalera y la misma escenografía estamos en la taberna de Lilas Pastia en Triana; en el tercero estamos en un lugar en la montaña, aludida por una serie de bloques rectilíneos como cristales. La iluminación, de un color amarillo vivo en el primero y en el último acto, es de un color mortecino en el segundo y de un azul ceniciento en el tercero. No recordamos que la iluminación haya tenido una sola variación, un solo matiz, un solo contraste; mucho nos sorprende, dado el extraordinario y costoso adelanto técnico del nuevo Teatro Solís.
A estos defectos estructurales se agrega una concepción muy particular de la obra. «Carmen» no es una prostituta, pero en más de un momento de esta versión actúa como si lo fuera. En la novela original Merimée se extiende largamente en un postfacio sobre los «bohemios» (no sobre los gitanos o «gitanillos», como dice arbitrariamente la traducción). Gran observador, conoció y trató a esas gentes errantes, analizó sus costumbres; en su novela presentó a una mujer que, como su tribu o etnia, no encaja bien en el modelo convencional de la civilización de su época. Desvalorizada así la mujer «Carmen», el drama pierde peso: todo se reduce a una anécdota policial, casi a una historia de tango («Al fin conseguiste / mujer de la calle…»).
Prescindir del drama tiene consecuencias que alcanzan a la música. Hay varias canciones que se repiten sin más, en particular la habanera de Yradier («L’amour est une oiseau rebelle/ que nul ne peut apprivoiser…»), tantas veces que al final aburre; pero eso sucede porque la cantan igual diversos personajes, en ocasiones distintas: la misma melodía, con las mismas notas, debió significar cosas diferentes y aun sonar de distinto modo según quién y cuándo la cante. En este punto recordamos el brillante uso de la canción de Paul Williams «Watch closely now», que se canta de dos maneras distintas, con las mismas notas, en «A star is born» («Nace una estrella», Kris Kristofferson y Barbra Streissand, libreto de Joan Didion, 1975).
Si la «Carmen» de esta ópera no es la real (no es ni la de Merimée ni la de Meilhac y Halévy), menos real es la España que se nos ofrece, lo que ya es más grave. La coreografía muestra unos pasos y unos gestos, blandos y sin gracia, que no hemos visto en ningún bailarín ni bailarina españoles; y basta recordar el filme donde Gadés enseña a bailar flamenco sobre «Carmen», con su fantástico sentido del ritmo, realizado en base a una muy simple percusión, para verificar, con dolor, lo que pudo ser, y no fue, «Carmen».
Varios reparos, anotados a la carrera en la memoria pero muy notorios, desmerecen la servicial traducción del francés mediante títulos proyectados. «Apprivoiser» no es «enjaular», sino «domesticar». Los pájaros rebeldes no pueden ser domesticados, pero es notorio que pueden ser enjaulados. Traducir «jolie» por «adorable» podría pasar, si no fuera rendir tributo indebido a un coloquialismo de moda (tan insoportable como los no menos de moda «me encantó» y «odié»); pero es inadmisible que cuando el teniente, luego que don José ha sido sancionado por dejar escapar a Carmen, le dice a ella «tu m’en veux» se traduzca por un imposible «tú me quieres», cuando es exactamente lo contrario («me quieres mal», o «me guardas rencor»). Finalmente, cuando en la escena final don José le dice a Carmen «damnée», no le está diciendo «endemoniada», como traducen los títulos, sino «perdida» o «condenada» (en el sentido de las «Femmes damnées» de Baudelaire, que están muy lejos, por lo menos para el autor, de estar «endemoniadas»). En esta misma escena final debemos reprobar la ridícula corrida de toros entre los dos amantes, baldío y anticlimático pintoresquismo que el texto no ampara.
Lo mejor, para nosotros, fue el coro infantil (selección coral del Colegio Inglés), vivaz y brioso, a cargo de Cristina García Banegas. *
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