Evocan a Pablo Estramín

Con una misa a las 18.00 horas en la Iglesia de los Dominicos se recordará esta tarde a Pablo Estramín, referente del folclore que en su corta vida dejó frondosa estela de canciones, semillero de afecto y un pueblo que lo extraña.

Hoy hubiera cumplido 48 años, por eso es la fecha elegida para recordarlo.

Pablo Estramín falleció el 18 de junio pasado de un cáncer, rodeado de la congoja de sus amigos, colegas, y el entorno artístico todo.

Desde los 13 años abrazó la música, con el estímulo de su madre que cantaba en coros y de su padre que tocaba el violín en conjuntos de tango. Tras un período de zarzuela y verbenas se consagró al folclore. A pesar de haber nacido en la capital, recorrió el interior del país tan incansablemente que por afinidad, repertorio y pertenencia, era el menos montevideano o urbano y más bucólico de los cantautores.

Formó parte en sus inicios del grupo folclórico Nuevo Tiempo con el que arrasó en varios concursos musicales, entre ellos la Estudiantina, la Guitarreada y el Festival de Durazno. 1983 fue el año de su primer disco solista, después de haber editado un trabajo en conjunto con Juan José De Mello y el dúo Larbanois-Carrero como ‘Cantacaminos’. A ese álbum seguirían una docena más, incluyendo ‘Estamos acostumbrados’ (1990), ‘Lo mejor de Pablo Estramín’ (1993), ‘La Campana’ (1994), y ‘Morir en la capital’ (1992), varios de ellos oro y platino.

Se presentó en decenas de festivales en Uruguay y el mundo, desde el Primer Festival por la Paz y el Desarme en Ucrania a recitales masivos en Australia, Argentina, México y Estados Unidos emocionando a uruguayos instalados en el exterior desde el exilio. A veces le pedían canciones que había dejado de cantar hace tiempo, para evocar raíces, y él se asombraba, como le contó en una entrevista a radio Centenario, pero decía «a ello me debo, a eso estamos acostumbrados los hijos del Uruguay».

A lo largo de una obra de dos décadas hizo hincapié en su compromiso con algunos valores éticos que defendía con honestidad y sin grandilocuencia. Creía con fervor y desde lo personal, sin dar cátedra ni opinar sobre sus colegas, en el «arte comprometido». Trabajó muchas veces a beneficio, ya fuera en pro de instituciones como el Centro Educativo de Retardo Mental del Uruguay, o campañas políticas del partido al que adhería.

Una vez dijo: «Hubo gente que rompió el fuego como Marcos Velázquez, Sampayo, por decir algunos, Ruben Lena, Los Olimareños, Víctor Lima, Alfredo Zitarrosa, Daniel Viglietti . El tema de la canción comprometida de alguna manera siempre estuvo presente, ya desde los tiempos de Hidalgo había algo de eso, el propio Gardel en algunas de sus interpretaciones deja aparecer su postura social y de qué lado está a la hora de hacer ciertas denuncias, habla solapadamente y en lenguaje milonguero sobre las diferencias de clase».

Cierto es que hay cierto culto excesivo a la humildad en su proclama más explícita en este paisaje tan uruguayo de medianías donde, aun en el territorio del arte y de la música, donde parecería ser necesario que esté minado de temperamentos contundentes, se sanciona cualquier atisbo de divismo. Pero Pablo Estramín proyectaba una serena y creíble estima acotada de sus dotes: «No soy un gran cantante, no es por ese lado que va lo mío», declaró varias veces. Se caracterizaba por un humor fresco, y una sabia apertura a las nuevas generaciones, a las novedades por ejemplo de bandas, corrientes, fusiones y proyectos. En ocasión del lanzamiento de la última Fiesta de la X, en 2006 en el hotel Palladium, flanqueado por el músico de La cursi Daniel Drexler y por la dj Paola Dalto, manifestó entre risas a esta cronista sus planes de terminar de tocar en su escenario correspondiente y correr a escuchar rock, blues y hip hop a otro, «y acercarme un poco a lo que hacen estos muchachos de electrónica que la verdad…estoy a distancia sideral» entre tantas alternativas simultáneas que «casi me vuelvo loco, porque no puedo estar en todos los escenarios y carpas a la vez».

También expresó en aquella oportunidad su esperanza de en algún momento conocer, experimentar y trabajar con algunos de los más jóvenes exponentes de la música uruguaya que decía; «tienen mucho más para enseñarme a mi que yo a ellos, como suele pasar con los más jóvenes respecto a los veteranos».

Pero él también, y definitivamente, era muy joven. Demasiado para callarse tan pronto. Eduardo Larbanois definió su temple en sus últimos días de enfermedad con una anécdota ilustrativa de su espíritu: «Yo fui a visitarlo, y en lugar de darle ánimo yo, él me lo daba a mí». Quienes quieran acompañarlo esta tarde, la de su cumpleaños, pueden acercarse a la Iglesia de los Dominicos, en Cassinoni entre Rodó y Chaná. Siempre es bueno recordar juntos a quien se extraña, con el calor de una evocación común, que separados. *

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