DIVAS Y DIVOS: BRITNEY SPEARS

Barranca abajo: empatía ante un papelón

Después de un largo período alejada de los escenarios, retornó para bailar lentamente y mal, balbucear la letra de su propia canción, y amagar caerse en varios momentos. A mí me pone triste. Fue un ícono generacional para muchos adolescentes, incluido mi hermanito. Y si algo hacía bien, o con eficiencia, era bailar.

Entre discos de oro, platino, multiplatino y diamante, Britney Spears hizo feliz (y rica) a mucha gente. Siendo una chiquilina, vendió 100 millones de álbumes, alcanzó sitiales históricos en rankings superlativos. Fue un sex symbol teen, liviano pero efectivo, como tal vez corresponde al pop juvenil. Con canciones simplonas, hiperproducidas, postura marketinera, explayaba histeria sexual. Abundancia de jadeos y contoneos insistentes, declaraciones sobre su (supuesta) virginidad desde la portada de la Rolling Stone en una cama abrazada a Teletubbies. Desde que en el video que la lanzó a la fama, bailó de uniforme de colegiala con coletas y portaligas en un campus universitario, Britney (o sus productores) insistió en posicionarse como ícono adolescente virginal. Luego pareció que salió a reivindicar su femineidad y sensualidad. O simplemente creció. Besó a Madonna en la boca durante una entrega de premios. Después, vino la debacle.

Se embarazó, se divorció, se involucró en consumos desordenados y tuvo episodios públicos escandalosos. Sinceramente, creo que es una apropiación indebida la que hacen ciertos públicos y medios con la vida privada de sus ídolos. Sean los problemas matrimoniales de Britney (¿quién no los tiene?), los cambios de look (¿se rapó? ¿Y? Concuerda su vida con el título del disco brasileño: ‘Cansei de ser sexy’), sus depresiones post parto (¿ es más fácil ser mamá separada en Los Angeles que en Montevideo? No creo). Siempre intenté transmitirle –tan éstéril como esperanzadamente– a mi hermano que había otras vocalistas superiores. Eso cuando él –que estaba medio enamorado–, me decía «Britney es la mejor».

Hoy quisiera que lo fuera. O al menos no se le cayeran los bebés en público (¡ni en privado, por dios!) todo el tiempo, que no viviera con la pollera corrida y eternamente sin bombacha expuesta ante los flashes al subirse a limousines. Y sobre todo, quisiera que no hubiera bailado el domingo pasado. *

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