Límites curatoriales
En «El lugar sin límites«, nombre de la muestra sobre arte contemporáneo de Chile que se exhibe en el Museo Blanes, el curador Justo Pastor Mellado en vez de ofrecer, para un público extranjero, una visión sintética sobre la situación artística actual en el país trasandino y enfocar los aspectos sustanciales que caracterizan a los integrantes elegidos, en su mayoría jóvenes, se descarga con la introducción titulada «La novela chilena de la autonomía plástica» (publicó el libro «La novela chilena del grabado«, 1995). A la escasa imaginación para los títulos agrega en esta ocasión una digresión sobre «la discursividad plástica chilena de la última treintena» en «lucha sin cuartel contra la amenaza del fantasma literario» que pudo ser superada «hacia fines de los años sesenta, por la autonomía de artistas sígnicos que afirmaban una cierta filiación informalista». Borra, inmisericorde, el geometrismo del Grupo Rectángulo de los años cincuenta que estableció un nexo latinoamericano con sus similares de Argentina, Brasil, Venezuela, Cuba y Uruguay como se verificó en las primeras bienales paulistas.
Pator Mellado insiste en que la autonomía plástica significó «esa lucha sin cuartel contra la espectralidad de la alianza político-literaria dominante en la primera mitad de este siglo», sin referencia a la verdad histórica y se obstina en un cambio operado a fines de los años sesenta, quizá legítimo como toma de posición individual, aun así sin estar debidamente justificada y contextualizada.
Prefiere anotar el «efecto semiótico» de Balmes, los «efectos epistémicos» de Dittborn, el «escepticismo perentorio» de Leppe, «la poética edificatoria» de Díaz, que admiten «la existencia de un conceptualismo transversal específico», donde el elemento articulador sería el «carácter paródico y metonímico, es decir, paródico, porque metonímico». (Los nombres citados, sólo con el apellido, no son tan universales fuera del registro de algunos especialistas). «El lugar sin límites» es una novela de José Donoso y el curador Pastor Mellado entiende, en una divina metáfora, que «la pluma conduce el flujo de una humedad inscriptiva cuya incisividad está ontológicamente garantizada» en una equiparación de la «sequía» literaria y la plástica como condición para la «autonomía plástica».
Con este vocabulario diáfano y transparente, accesible en la primera lectura, Pastor Mellado lucha por «asegurar la autonomía discursiva de la crítica chilena respecto de la hegemonía mattiano-nerudiana de la primera mitad del siglo», en un intento de recuperar «la narratividad donosiana» para redibujar «las fisuras diagramáticas del quiebre clasístico ya mencionado». Pues en su novela, Donoso anticipa «la fisuralidad de la conciencia oligarca de antes de la reforma agraria» y luego, con brillante claridad meridiana agrega: «En una sociedad hacendal donde la patronalidad seminal garantiza la propiedad de la tierra y la reproductibilidad del nombre, apelar a personajes transexuales significa poner en duda la virilidad de las garantizaciones aristocráticas del poder».
El lector de esa introducción trata de seguir «esa autonomía discursiva» del crítico, trata de aferrarse a alguna idea, por minúscula que sea, que le permita el acceso comprensivo (entre disquisiciones sesgadas a la configuración de la sociedad y cultura chilenas), a los artistas y obras seleccionadas.
Todo inútil. Las palabras se descargan de cualquier significado, se convierten en una oscura, pretensiosa, fatigosa y repetitiva multiplicación de signos vacíos.
Queda la exposición. El Museo Blanes mejoró notablemente en ciertos aspectos. Tiene desde hace tiempo una verja perimetral y una cobertura del patio interior que habilita la realización de actos en el cambiante clima uruguayo. Se está terminando el Centro Cultural Barradas, aunque falta todavía. Son elementos positivos muy elogiables.
Pero adentro, además de acoger proyectos inefables (Como el Uruguay no hay) la renovación del considerable acervo se hace con desgano, el montaje, la iluminación, en especial el diseño de la librería y de la cafetería admiten una inventiva más actual. Una atmósfera anémica, un espacio interior sin energía, con unos pocos cuadros sueltos en la sala de acceso, desaniman al visitante.
La muestra chilena tampoco entusiasma. Sin texto de pared, los artistas jóvenes chilenos escasamente conocidos (algunos de las bienales del Mercosur, otros en Montevideo) están representados con trabajos de escasa envergadura, sin contundencia conceptual o visual. Lo mejor es «El mercado negro del jabón» de Nury González donde lo autorreferencial se convierte en un testimonio social de la emigración y la guerra así como el neorromanticismo pictórico de Natalia Babarovic, aunque otros integrantes insinúan más talento del que exhiben aquí.
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