Memorias jóvenes
María Inés Obaldía es comunicadora por excelencia. En cualquier enfoque que haya enfrentado en su profesión, los resultados siempre son válidos, imperdibles, imitables pero nunca igualados. Tiene ese poder natural de la sensibilidad, la frescura, la calma de la mesura y una sensación de conocer, de no mentir, de no evadirse, de no ocultar. Todo ello la convirtió en la periodista actual más relevante y más querida de toda la televisión. Por lo cual su retorno con «Memoria colectiva» debe recibirse con alegría.
La estructura del programa rompe todos los esquemas. María Inés aparece, claro. Pero en un entorno muy diferente a lo gastado y común de escenografías rutilantes, llenas de luces, escritorios, mobiliarios y panelistas que poco aportan, y esa parafernalia que genera el propio encierro de un estudio con tantos aditamentos que ya cansan de verse.
Se la muestra poco en primer plano. Suele vérsela a lo lejos en medio de ambientes amplios –uno de ellos parecía ser parte del edificio de la Cancillería– y presentando cada segmento, todos ellos cortos, con poco tiempo para abusar de palabras o posiciones que puedan ensuciar esa memoria buscada.
El alejamiento es, no cabe duda, parte de la estrategia del programa. Se busca que el protagonismo no la alcance, que lo que dice aparezca natural, fluidamente, en medio de planos con tomas muy abiertas en las que se observan los focos de iluminación, las cámaras, los rieles para el movimiento de éstas y a veces toda esa maquinaria ocupando lugar preferente a la misma conductora quien, además, suele presentarse sentada en una silla normal, sin destaque, tal como si estuviera en una charla personal, sin pretensiones de diva.
Logra, por tanto, que el televidente se introduzca, se adueñe de la imagen y saque sus propias conclusiones.
Corresponde precisar que «Memoria colectiva» resulta, sin concesiones, un buen ingreso a hechos ocurridos en este país. Quizás, podría reprobarse que los temas tratados hasta ahora son muy frescos, 2002 en la crisis, 1994 en los sucesos del Filtro y 1993 en el incendio del Palacio de la Luz, por lo que los televidentes ya mayores de edad vivieron esos hechos y pueden tener sus propias memorias. No quita que se puedan refrescar, claro. Pero, cuando hay más de una generación que no tiene recuerdos más viejos pero no menos trágicos, caso dictadura, caso pachecato, caso tupamaros, podría trabajarse con mas tiempo, yendo más atrás, para entonces sí crear una memoria total, global. Ese esquema de mucha fragmentación, de espacios concisos, que hasta parecen insuficientes, permite, asimismo, la participación de varios entrevistados que tienen respuestas brevísimas pero claras y que terminan conformando un bien armado puzzle que admite alguna reiteración de dichos y hechos para reafirmarlos. En el caso del Hospital Filtro se contó con la presencia del ex canciller Sergio Abreu, del ex diputado Guillermo Chiflet, de Irma Leites del «Plenario Memoria y Justicia», de uno de los vascos perseguidos, el de «la Trainera», Jesús María Lariz Iriondo, de Norma Morroni, madre de uno de los jóvenes asesinados, de otra muchacha que también fue baleada, del periodista Guillermo Enríquez, testigo en vivo y en directo de los desmanes. Se sumaron algunos informes de noticieros de la época y declaraciones del entonces Presidente de la República, Luis Alberto Lacalle, y del ministro del Interior, Angel María Gianola, explicando lo que oficialmente se dijo, o sea que había civiles armados, que dos radios, la 36 y la 44, estaban incitando a la violencia, que los policías heridos eran varios aunque luego se fueran disipando esas versiones en cuanto a la gravedad mientras poco o nada se comentaba sobre la muerte de Fernando Morroni, baleado por la espalda y que según recuerda su madre tenía once disparos en su cuerpo.
Lo que se vio, apoyado en una serie de fotos muy amargas con policías apaleando y pateando a jóvenes, fue también ratificado por una buena dosis de grabaciones de tapes que los canales pudieron rescatar de aquella golpiza feroz, «con premeditación y alevosía», como diría Chifflet, llegando a la casi absurda afirmación de Gianola, el ministro responsable, de que se usaron balas de verdad porque no se tenían balas de goma ni carros lanza agua. O como lo afirmado por Abreu sobre que «el gobierno recibió presiones muy fuertes, más allá de lo debido, de las autoridades españolas». O las conclusiones de que todo ello había sido una penosa manipulación con afán electoralista, como lo dijo el politólogo Adolfo Garcés, en el entendido de que la brutalidad ejercida, con desprecio sobre a quien tocase, estaba preparada de antemano.
El saldo resultó negativo para la acción de represión, por más que hubo mucha pedrea, ya que hubo pruebas de disparos efectuados desde el interior de patrulleros. Ni qué decir de las corridas desenfrenadas de los policías a caballo y la huida despavorida de aquellos manifestantes.
La emoción tuvo también su momento acotado y justo cuando la entrevista a la madre del muerto, uno de los dos, Morroni (el otro, José Roberto Facal, fue encontrado al día siguiente), que respondió que se negaba a iniciar un juicio al Estado por lo ocurrido, ya que aprovechar una muerte no era propio de la dignidad, un elemento que suele dejarse de lado.
Se habló, también, de los cuatro policías que al año siguiente fueron procesados sin prisión y que uno de ellos, Miguel Roland, ocupa un cargo importante en la Guardia Republicana designado por el actual gobierno. En este 2007, cuando la tele uruguaya no da muchas señales de recuperación, hay que esperar, pero casi con seguridad, «Memoria colectiva» será el programa del año. Que María Inés no flaquee. *
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