ARTE

Mercosur 9, minibienal para ver y oír

Con el título La tercera margen del río, extraído de un poético cuento del gran escritor brasileño Joao Guimaraes Rosa, la 6ª Bienal del Mercosur, en Porto Alegre, modificó sustancialmente los esquemas de las anteriores ediciones. La metáfora literaria se refiere a la abolición de oposiciones binarias y tajantes que a menudo se manejan en los diferentes planos de la cultura. Se propuso trascender los esquemas rígidos y encontrar una tercera posición, con todos los riesgos de confundirse con la ideología que predominó durante un tiempo. Afanoso de distanciarse de lo local y lo regional, el curador general Gabriel Pérez-Barreiro, extendió el concepto de geografía cultural pensada desde el Mercosur y no de una bienal del Mercosur. Al imponer los textos de pared sólo en portugués, sin embargo, la bienal desde el Mercosur derivó en una bienal desde Brasil.

De la misma manera que la última (excelente) Bienal de San Pablo, la 6ª del Mercosur suprimió las representaciones por países y desvaneció el autoritarismo curatorial, compartido entre siete curadores, extranjeros, en su mayoría residentes temporarios o permanentes en Estados Unidos (Nueva York y Austin) y un único brasileño de la región norteña, en perversa omisión de cariocas y paulistas. Esa responsabilidad curatorial se extendió también hacia los artistas. El resultado es sumamente aleatorio y de evidente ambigüedad en la formulación conceptual.

La 6ª bienal de Mercosur es la más chica de todas, 67 artistas y la más amplia, 27 países. Comprimió los espacios, reducidos a tres, sin invadir la ciudad, como en anteriores oportunidades, para incorporarla como lugar de sensibilización pública con intervenciones urbanas de gran eficacia comunicativa. Mantuvo retrospectivas de artistas fallecidos que no se justifica en un encuentro de arte contemporáneo y que en el caso de Francisco Matto ya estuvo en la primera edición. El curador general Pérez Barreiro, que recién descubre al maestro uruguayo, afirmó de manera imprudente a la prensa (Zero Hora, 1º de setiembre) que Matto es un artista subestimado, que nunca se hizo una cronología de su vida y que jamás se hizo una exposición monográfica en Uruguay. La ignorancia empapa hasta los mejores curadores. Passons.

La 6ª Bienal del Mersocur está organizada en torno a seis exposiciones. Tres transcurren en el Centro Cultural Santander (Jorge Macchi) y en Museo de Arte de Rio Grande do Sul (Francisco Matto, Öyvind Fahlström). La arquitectura eclecticista de ambos edificios terminan por neutralizar (como en bienales anteriores) la obra de los artistas. Matto, notable, con obras provenientes de colecciones de numerosos países, aquí mal presentadas y mal iluminadas, que se verán, sin duda mejor y con el respeto que merecen, en Montevideo y en Buenos Aires, una vez concluida la bienal. La fragilidad del posconceptualismo del argentino Macchi, supervalorado por los porteños, tiene aspectos muy estimables en el campo del video (ya conocidos) y en el tratamiento de la poesía visual, donde emergen las sombras protectoras de los caligramas de Apollinaire, le parole in libertà de Marinetti, la larga experimentación letrista que culminó con Jiri Kolar, un checolosvaco de formidable imaginación. El sueco Fahlström se limitó a serigrafías de mapas políticos, de denuncia de los poderosos, pertenecientes, curiosamente, a la Colección JP Morgan, EEUU, que prohibió la filmación y la fotografía de las obras, incluso para reproducir en el catálogo.

El grueso de la exposición se confinó en los Almacenes del Puerto. Las gigantescas instalaciones a orilla del río Guaíba fueron renovadas, albergando la oficina de prensa de la Bienal, una buena cafetería y una tienda. En esos almacenes se distribuyen en la sección Conversando, 36 trabajos en nueve salas, cada una con cuatro artistas encerradas en cubículos o módulos, como mónadas sin ventanas, que vagamente recuerdan, empequeñecidas, la Monumenta de Kieffer en el Grand Palais de París. Conversando consistió en invitar a nueve artistas del Mercosur. Cada uno de ellos, además de presentar una obra, seleccionó otras dos de artistas con los cuales tienen afinidad, sin limitación de técnica o lenguaje. El equipo curatorial, Pérez-Barreiro y Alejandro Cesarco, a su vez, eligió una cuarta obra. Así, el chileno Alvaro Oyarzún hace un mapeo de pintura y dibujo al consumismo actual cargado de ironías y buen humor, escogió a dos compatriotas, Josefina Guilisasti, con trabajos decorativos realizados en plasticina, y Magdalena Atria, con 63 pequeñas naturalezas muertas inspiradas en el kitsch alemán. Los curadores agregaron un video de los suizos Peter Fischli y David Weiss, de 30 minutos, con efectos dominó o en cadena de objetos mecánicos y experimentos químicos que se van destruyendo. Diez minutos eran suficientes. En otro, el uruguayo Fernando López Lage envió una pintura mediocre en el conocido imperfecto estilo geométrico que se debe comparar, en la propia Bienal, con los venezolanos Alejandro Otero y José Gabriel Fernández, el primero, figura estelar del geometrismo y el segundo, en una apropiación deconstructiva del mismo, al igual que algunas obras de Matto. La diferencia, en calidad e investigación, es abismal. López Lage eligió la película La delgada línea roja de Terrence Malick y una tarima de madera; los curadores, un video de John Baldessari diciendo «Estoy haciendo arte» en un autorretrato con diversos gestos corporales.

En otro módulo, la argentina Fernanda Laguna, distribuye muy prolijamente trabajos elementales, falsamente ingenuos, en las antípodas de su galería porteña Belleza y Felicidad. Eligió un relieve-collage de Jorge Gumier Maier, sin ningún interés, y fotos de acciones de Alberto Greco, que estuvo mejor en la primera Bienal. Los curadores agregaron a Cecilia Pavón.

En otro módulo, Waltercio Caldas refinadísimo en su minimalismo de ocho hilos de lana colgados, eligió al concreto Milton Dacosta y música minimalista de Steve Reich, y los curadores agregaron a Jesús Rafael Soto: el espacio adquirió unidad y sentido. El más logrado de todos.

Como también fue un acierto el relacionamiento Liliana Porter, con una pieza conmovedora en su amenazante metáfora y la música de Silvia Meyer.

En el sector Zona Franca, aparecen 25 artistas. Es el sector fuerte. No en balde el criterio elegido es de la calidad y relevancia de las obras recientes de consideradas actuales, sin limitaciones geográficas. Los brasileños Nelson Leirner, con cientos de pequeños juguetes en admirable montaje e interacción, ordenados con implacable ojo crítico y humor, en especial la danza sexual entre soldados americanos con curas y monjas, Cildo Meireles, con una pieza presentada mucho mejor el año pasado en Estaçao Pinacoteca en San Pablo, junto con el diminuto cubo actual en el Museo Nacional de Artes Visuales de Montevideo, Rivane Neuenschwander con una instalación, completa el terceto nacional. La atrapante, misteriosa instalación cine-video de los portugueses Joao Maria Gusmao y Pedro Paiva, también conocida el pasado año en la Bienal de San Pablo, la violencia (más espectacular en su atronador sonido en el interior de una mina) en el video de Steve McQueen y sobre todo, el enorme talento del sudafricano William Kentridge, con cuatro proyecciones de video, la gran personalidad de la bienal. No pasan desapercibidos los videos de Francis Alÿs (conocidos en Buenos Aires en el Malba) y la instalación de la estadounidense Beth Campbell, rigurosa en delicados cambios perceptuales.

Vale la pena mencionar a Steve Roden, un estadounidense que saca provecho del Arte Madí, sin decirlo, incluso en su referencia a la estrella Arturo, nombre de la revista que lanzó el movimiento. De cualquier manera es discutible la elección.

El sector Tres fronteras es, por momentos muy obvio, pero el catálogo (seis tomos en total, trilingües, 2 mil pesos) tiene un admirable texto de Ti
cio Escobar.

Una bienal insatisfactoria, aún en su engañosa brevedad, dominando los videos y la música, con extraña ausencia de las nuevas tecnologías interactivas y sin interrelación entre los diferentes sectores. Aunque con intentos renovadores, la bienal insistió en recurrir a artistas fallecidos (hay media docena), sin ninguna justificación, en las retrospectivas, cuando lo importante es saber qué pasa hoy y en especial en la siempre postergada América Latina y en el esforzado, sufriente Mercosur cultural que todavía es prematuro vaticinar su defunción, al revés de lo que escribe el curador general, si se tiene en cuenta que la Unión Europea demoró medio siglo en formalizarse. Bueno, para lo más actual está Art Basel y Art Unlimited. Faltó, en definitiva, una orientación firme y decidida. Pese a todo (ver recuadro) hay autores para rescatar y disfrutar que brindan la intensidad que la mayoría de las restantes obras carecen.

Mientras cerca de un millar de visitantes acudían a la inauguración de la Bienal del Mercosur, al lado, en el magníficamente renovado Gasómetro, al mismo tiempo, 20 mil personas hacían largas colas para ver 50 años de comunicación, un resumen fabuloso y perfecto sobre la radio, televisión y cine, organizado por el pionero Grupo RBS, del clan Sirotsky, dueño de 18 emisoras de televisión abierta, dos comunitarias, 26 radios, ocho diarios (uno, Zero Hora) y dos portales en Internet. *

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