Nuevo disco de Jakob Dylan y los Wallflowers

En el nombre del padre

Con invitados de lujo Jakob Dylan rompió el silencio de varios años y se mandó con un desgarrador y confesional tercer álbum discográfico denominado Breach, que quiere decir algo así como infracción, brecha abierta en un muro o directamente romper o ruptura. En 1971, el año en que nació Jakob Bob Dylan compuso una canción llamada «Wallflower». Tiempo de sacar todo para afuera, despojarse aunque haya rabia y algo de rencor, siempre que las canciones funcionen. Y funcionan, aún cuando Jakob y The Wallflowers no fundaron una obra maestra.

Desde el título mismo del compacto, el destinatario del gesto despectivo es alguien que indudablemente está más allá del bien y el mal, aunque no para su hijo Jakob: Bob Dylan, quien estará golpeando las puertas del cielo o que sigue trabajando por su envejecimiento con brillantez y que nunca alentó demasiado la trayectoria de su hijo. ¿Cuentas pendientes? Así es.

Lo cierto es que Breach, en términos de producción final, no supera cualitativamente a The Wallflowers (de 1992 y seguramente el de mayor impacto y vuelo) ni tampoco al taquillero Bringing Down The Horses 1996) y ciertamente mantiene o trabaja aplicada y correctamente sobre variaciones que no son otra cosa que guiñar a la matriz o más concretamente a una estética de cuño paternal con una sobredosis emotiva paradójicamente nada más dylaniano que la suma de canciones de Breach a la que el propio Jakob Dylan ha calificado de autobiográficas y que han sido producidas artísticamente por el hermano del actor Sean Penn).

Este disco de Jakob y los suyos, desde una lectura estrictamente emocional, viene a ser de canciones de amor y odio a la manera de las de Leonard Cohen aunque Jakob no es ni será, (ni tampoco pretende) igualar el cifrado poético del compositor canadiense.

Berrea como su padre, construye melodías al modo de su padre, escribe textos de cierta frontalidad expresiva como ocurriese en algún tramo epocal de la vasta trayectoria de padre Bob-Jakob se desgarra en el reflejo de las heridas paternales y lo convierte en un proyecto cancionístico que no elude la tradición más noble de folk-sinter traducido al rocker de una cultura en la que encaja con su rebelión personalísima.

Desde canciones como «Sleepwalker» (la que se está promocionando compulsivamente en MTV) o la excelente «Witness» hay que subrayar que Jakob posee pasta de compositor y, al mismo tiempo de intérprete que asuma sus referencias –bien podría ser Tom Petty, otro cantautor de estirpe dylaniana, por ejemplo– y las hace absolutamente propias.

Una canción como «Hand Me Down» es la que Jakob se arma de temperamento para desangrarse y putear a su padre a lo largo de todo el texto. «Todo es mejor cuando no estás», le confiesa a su padre, y a su vez «nunca me harás sentir orgulloso de vos». Durezas del amor y odio, de los demonios que trabajan atormentadoramente, pero que este hijo pródigo transformó en canciones o en una suerte de exorcismo seguramente para que papi Bob le otorgue su bendición.

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