Hola, che
En «Hola, che», el dramaturgo Antonio Larreta compone un minucioso retrato humano ambientada en tiempos de la dictadura, que mixtura la intriga política con el tema del exilio.
En este laberíntico relato, el autor reelabora la realidad a partir de la primordial arcilla de la ficción, en un discurrir que transita los territorios de nuestra historia reciente y el itinerario de la diáspora uruguaya, que comenzó hace ya casi cuarenta años.
Esta novela, que no en vano es ambientada en la década del setenta del siglo pasado, está fuertemente marcada por referencias concretas a nuestro pasado, intrínsecamente asociado a la terrible pesadilla de la dictadura.
Aunque el tema político no es tan dominante como se podría suponer en la medida que las peripecias humanas transitan recurrentemente por otros andariveles literarios, toda la obra trasunta un desencantado sentimiento de pérdida.
A partir de un personaje protagónico bastante enigmático, Antonio Larreta desarrolla una narración en primera persona, que ensaya una aguda mirada sobre otros universos igualmente conflictivos.
El protagonista de este libro es Abel Ortega, un marchand uruguayo presuntamente implicado en una estafa que está radicando en España, donde realizar transacciones con falsificadores de obras de arte.
Su cuestionable sentido de la moral no le impide gozar de un sólido prestigio y visibilidad pública, alternar con la flor y nata de la alta sociedad ibérica y hasta concretar negocios que habitualmente le reportan ganancias que le permiten subsistir sin mayores sobresaltos.
La existencia de este ser oscuro es una suerte de rompecabezas de piezas dramáticamente dispersas, que el autor va rearmando pacientemente en el decurso de la historia.
En más de un sentido, la clave reside en un pasado del cual desea huir, porque en él subyace una cuenta pendiente con la Justicia, una hija guerrillera presa de la dictadura y una ex esposa que le acosa en busca de impostergable ayuda y solidaridad.
Pese a que aparentemente es un individuo indiferente al cual poco parece interesarle lo qué está sucediendo en su patria natal, la culpa aflora como un sentimiento bastante frecuente.
La emergencia de construir un nuevo destino a partir del olvido tanto en su vida profesional como afectiva, se transforma en una suerte de búsqueda obsesiva.
Ese periplo transcurre en diversas locaciones de Madrid, Barcelona, Ibiza y Tánger, lo que permite al lector transitar imaginariamente por geografías tan singulares como fascinantes.
Sin embargo, el atribulado Ortega no logra desprenderse de problemas sentimentales sin resolver, que constituyen un agobiante estigma.
El reencuentro con viejos amores y algunos antiguos amigos reactiva heridas y ansiedades, poniendo en tela de juicio su presente y condicionando su futuro, cuyo horizonte parece estar cargado de incertidumbres.
Corroborando su reconocida vocación por el teatro, el dramaturgo va presentando paulatinamente a las criaturas de ficción que integran la fauna humana del relato. Ello le permite construir la escenografía literaria, que arma y rearma en función de las particulares circunstancias.
Una de los personajes es Berta Carreras, una mujer dominante con la cual se adivina un antiguo vínculo sentimental, que se traduce en una relación tirante y algo agresiva. La situación permite inferir por momentos algunas trazas de nostalgia y dolor.
El comerciante se encuentra también con Lea Pintos, una reconocida soprano venida a menos por el tabaco, el alcohol y sus enfermizos vínculos sentimentales. Esta mujer fue pareja del protagonista durante mucho tiempo, por lo cual la relación entre ambos se debate entre la pasión, la nostalgia y el rechazo.
No le va en zaga el excéntrico René Lafone, un afrancesado homosexual que lleva una vida ociosa, dispendiosa y desprejuiciada, quien ansía el cobro de una nueva herencia y no duda en vender algunas obras de arte, con tal de seguir costeándose un envidiable pasar.
Sin embargo, la clave reside en el personaje de Daniel Galli, un militante político uruguayo que busca al protagonista para entregarle un paquete, quien se transforma en una suerte de fantasma en el decurso del relato.
La irrefrenable ansiedad por saber qué contiene el misterioso encargo y encontrarse con esa persona que todos parecen conocer menos él, induce al comerciante a iniciar su propia investigación.
La perseverante pesquisa le permite vincularse con otras figuras del paisaje literario como la joven Clara, quien le hará formularse ciertos planteos acerca de algunos aspectos de su vida sentimental, además de revivirle el recuerdo de su hija presa en Uruguay.
Antonio «Taco» Larrera transforma esa experiencia indagatoria en una suerte de cacería sin concesiones hasta un desenlace tan dramático como inesperado, que está intrínsecamente ligado al asesinato del agregado militar uruguayo en París.
Esa compleja búsqueda, que está obviamente siempre concentrada en la figura del extraño y esquivo emisario, asume, para el protagonista, la simbólica dimensión de un viaje iniciático rumbo a un destino incierto y desconocido.
Entretejiendo con oficio los hilos del entramado narrativo, el autor genera toda una prolongada secuencia de desencuentros que coadyuvan dotar al relato de una impronta cada vez más enigmática.
Antonio Larreta, un reconocido creador que goza de un merecido reconocimiento tanto nacional como internacional, demuestra, una vez más, su fluido manejo del lenguaje y los códigos literarios.
Como en obras precedentes, el narrador corrobora toda su capacidad para componer personajes creíbles, dotados de humanidad y profundidad psicológica, a los cuales describe en detalle, tanto en su apariencia física como en sus cualidades emocionales, espirituales y morales.
Asimismo, construye explícitas descripciones de ambiente, haciendo gala de un atinado uso del recurso de la metáfora y de una vasta cultura, que le permite ilustrar elocuentemente al lector en torno a las costumbres y los rasgos identitarios de los lugares que visita el protagonista.
Sin embargo, la narración padece algunas caídas de tensión que por momentos restan algo de interés, por la predisposición del autor a sobrecargar su escritura con detalles que no siempre resultan relevantes.
Por otra parte, el uso y por momentos abuso de diálogos en otros otras lenguas, si bien confirman la reconocida versación políglota del escritor, puede dificultar la comprensión del lector y hasta privarlo de entender algunos pasajes cruciales de la novela.
Más allá de eventuales salvedades, «Hola, che» es un drama que impacta y conmueve en más de un sentido, porque alude a temas muy lacerantes impresos en el imaginario colectivo de los uruguayos, como la dictadura, el exilio y el desarraigo.
Desestimando el sesgo eminentemente político que caracteriza a la literatura nacional de las últimas dos décadas, el autor construye igualmente una obra de trazo igualmente testimonial.
Asumiendo una escritura de búsqueda cuasi existencialista, Antonio Larreta indaga particularmente en la siempre inquietante cuestión de la diáspora que tanto nos duele contemporáneamente.
No en vano los personajes son uruguayos urgidos por la necesidad de abandonar su tierra y afincarse en otras regiones geográficas, donde poder construir un nuevo presente y proyectar un futuro diferente que alimente sus renovados sueños y expectativas.
En ese contexto, aflora naturalmente el tema de la memoria, que, según el caso, puede ser un gratificante viaje de reencuentro con los afectos o con los fantasmas de un pasado que se desea sepultar definitivamente.
De algún modo, el protagonista de la narración representa muchos de los sentimientos y las pérdidas experimentadas por nuestros compatriotas, tanto durante como después del gobierno autoritario que asoló a nuestro país.
La obsesión por encontrar a ese esquivo e ignoto person
aje que tiene un paquete para entregarle, es una metáfora que remite a la obsesiva búsqueda de la identidad amputada por el destino.
No en vano, más allá de eventuales situaciones meramente coyunturales, todas las criaturas de esta ficción literaria están revestidas por una pátina de desencanto.
Al margen de su estética eminentemente novelesca, «Hola, che» interpela, en más de un sentido, a una dramática historia reciente que aún nos lastima y nos convoca a no olvidar. *
(Editorial Fin de Siglo)
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