Estupenda Nueve Reinas

Nunca confíes en los extraños

Raúl Forlán Lamarque

El muchacho, frente a la ingenua cajera, practica la vieja maniobra de entregar un billete grande y en la confusión quedárselo junto con el cambio: el abc de los estafadores de poca monta, de los que (aparentemente) se están iniciando en el modo vivaracho de vivir la calle con trucos que se han modificado poco con la época; las mismas triquiñuelas que transitan de generación en generación. Así queda plantado en la narración de esta gratísima sorpresa que viene a ser Nueve Reinas, de Daniel Bielynski.

Así se conocen Juan (Gastón Pauls) y el experiente en estos asuntos Marcos (un Ricardo Darín en el mejor papel que haya elaborado en su trayectoria cinematográfica): en el propio acto de la ley de la supervivencia en la gran ciudad (Buenos Aires) y, juntos, emprenderán una larga jornada que derivará en un lujoso hotel cinco estrellas –donde trabaja la agria hermana del personaje de Darín que reprueba su modus vivendi, encarnada por la cada vez más sólida Leticia Brédice– con un empresario español cuyo hobby es la filatelia y que pagará una fortuna por la plancha de sellos «Nuevas Reinas» emitida hacia 1920 en la República de Weimar.

En algún momento el rostro inocentón, carilindo de Gastón Pauls le confía a su futuro cómplice de andadas que no confía en los extraños y que no sabe por qué lo eligió a él, cuando en rigor recién se han conocido luego del episodio del shop. Marcos, verborrágico, le responde que nunca trabaja solo y que su habitual compañero de andadas lleva una semana sin aparecer. Así que le vendría bien un compañero, alguien que piensa las cosas dos veces antes de mandarse y seduce a las ancianitas para estafarlas. Como que le masajea el ego y Juan (Pauls) cae en la red. ¿Cae realmente? ¿O sería al revés? Lo cierto es que ambos joderán a varios; pero a Juan le urge juntar veinte mil dólares: es lo que le falta para lograr que su padre –que le enseñó alguna vez los trucos– pueda zafar de prisión.

Todo en Nuevas Reinas es así: una idea de país corrupto en escala, en categorías y Bielyniski opta por narrar desde la periferia esa sensación –desde la mirada de los individuos -frontera– de degradación colectiva, aunque con el mensaje implícito de que ese par de ‘outsiders’ es el producto inevitable de los que, en todo caso, nunca van a pegarla fuerte o salvarse al modo de los títulos estadounidenses.

Se les presenta la chance cuando un llamado telefónico de la Brédice a Darín, los sitúa frente a un viejo cómplice que ha sufrido una lipotimia en pleno hotel y entrega a la pareja el negocio de sus vidas: venderle una plancha falsificada de las «Nueve Reinas» al filatelista.

El filme posee un ritmo relajado y tenso a la vez, un humor en cuentagotas pero solventísimo, ingenio en los diálogos y en las ambiciones. No parece un típico producto argentino que promete y se cae a los veinte minutos.

El realizador construye su historia con una gran fluidez narrativa y a la vez desarrolla los diversos perfiles anímicos y morales de los personajes con una fina artesanía visual. Todo funciona: el modo expresivo, la evolución de la trama (incluyendo insólitos personajes laterales), la sensación de colocar al receptor dentro de la línea adrenalínica de los personajes.

Nada atrasa, nada adelanta en Nueve Reinas: todo es minucioso tanto en la carga de vicisitudes que debe vivir la pareja –que toca el cielo y el infierno en segundos–, en la reflexión del filme que se opera con la gestión de sus criaturas y en la dosis de suspenso que ata al espectador a la butaca (y que actúa por la acumulación de datos y pistas verdaderas y falsas) y tiene una vuelta de tuerca que tal vez el más atento llegue a intuir pero que no se develará hasta el final. Darín y Pauls, por lo tanto, logran un rendimiento excepcional y hacia el epílogo del relato uno piensa definitivamente que seguramente no habrá que confiar en los extraños. Impecable.

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