La vida como experiencia sin historia
Comienza la obra y aparece Júver Salcedo. Dice un breve monólogo. Aunque está vestido de hombre, es una mujer de setenta años que hace todo, hasta ducharse, a oscuras. Al finalizar el monólogo los actores – espectadores aplauden ruidosamente. Cambia la escenografía y comienzan una serie de monólogos donde los personajes, en diversas encrucijadas de sus vidas, cavilan sobre el camino a tomar; más adelante sabremos, por las consecuencias, cuál fue la decisión tomada. Pero la obra se desarrolla no sólo a través de monólogos sino también mediante evoluciones coreográficas, con las demostraciones acrobáticas usuales en Inthamoussú, a cargo de un elenco de actores y bailarines a la vez que muestran sobrada competencia para actuar y para bailar.
El o los argumentos son varios. Todo sucede en un espacio común o intercambiable, quizás el lobby de un hotel, o en sus habitaciones. El esquicio más comprensible es el de la mujer que se decide, no sin esfuerzo, a una infidelidad. También se comprenden el del hombre abandonado al que se le cruza una atrayente pelirroja y el de la mujer golpeada. En cambio, el monólogo que se refiere a «organismos» nos resultó bien escrito, pero un tanto difícil de entender, y sobre todo de relacionar con el resto de la obra. Comprendemos, sí, que la pieza intenta un efecto general como por manchas (que aparecen físicamente al final), por frases sueltas: un puzzle desarmado y revuelto, una imprenta empastelada, un templo en ruinas que se nos invita a reconstruir. Hace pensar en las experiencias de los pintores impresionistas, con su división de la luz en partículas que, con un poco de suerte y mucha dedicación, podemos reconstruir en la retina como la catedral de Rouen.
Es verdad que la experiencia humana no se nos presenta en la forma articulada de una narración, sino como puntas y cabos que no comprendemos pero que, por algo semejante al instinto de conservación, por darle sentido a lo que no lo tiene, organizamos en forma de recuerdos, autobiografías, religiones, mitos. El autor nos dice que el universo es informe y sin ley; que nosotros pulimos unos lentes para poder ver con serenidad lo que de otro modo nos causaría espanto, quizá para poder caminar en la oscuridad que nos rodea. Al final, cuando el espectador duda de que aquello pueda terminar, reaparece Salcedo con el mismo monólogo y hay algo que se cierra. Comprendemos que esa simetría, también un antes/después, indica el fin de la obra.
La puesta en escena (Calderón e Inthamoussú) es admirable. La sincronización, el ritmo, el sentido plástico, la iluminación, la coreografía están cercanas a la perfección y es de destacar el punto porque es bien claro en «Antes/Después» el camino laborioso que condujo a tan brillante realización. Es verdad que, si bien admiramos la obra, nos deja muy poco; o quizá nos deja demasiado, gran cantidad de elementos experimentales que no terminan de armarse en una unidad, en un todo. Algo semejante hay en las obras de Peter Handke, como «Insultos al público»; pero algo en nuestra psiquis reclama alimentos ya sometidos a cocción. *
ANTES/DESPUES, de Roland Schimmelpfennig, por Teatro de La Gaviota y «Complot», con Júver Salcedo, Verónica Barak, Alain Blanco, Sabat Bravo, Emiliano C. Martínez, Gabriel Calderón, Victoria Cancela, Rodrigo Correa, Silvana Dalessandro, Paul Domenack, María Paula Echinope, Laura Fedele, Estela Fernández Alamilla, Valeria Fontán, Javier França, Fiorella Gamba, Mauricio González, Gabriela Guev, Martín Inthamoussú, Alvaro Lamas, Geraldine Montaño, Carolina Nasser, Gianina Podestá, Fiorella Rabuffetti, Liliana Rama, Rossana Ramón, Alicia Real, Carlos Scuro, Sebastián Serantes, Emanuel Sobré, Javier Tió, Fernando Vannet. Vestuario de Daniela Inthamoussú, escenografía e iluminación de Rosalía García, Lorena Lungo y Pablo Morello, selección musical de Martín Inthamoussú y Gabriel Calderón, dirección general y puesta en escena de Martín Inthamoussú y Gabriel Calderón. En teatro Stella D’Italia (de La Gaviota).
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