DIVAS & DIVOS: 'RIGOLETTO' EN EL SOLIS

La amorosa moral de la ópera

Su padre desarmado se arrodilla amoroso y la toma entre sus brazos. Gilda entona entonces la última aria, la que se detendrá con el último aliento. Muere por un galán innoble. Muere inútilmente. Muere por un hombre hermoso de alma sucia que la ha seducido y abandonado. Alfil de la podredumbre impune de las cortes más antiguas de la Europa corrompida. Siervo de la moral añeja de los seductores compulsivos. El Duque de Mantua, que la engañó haciéndose pasar por un estudiante pobre y jugando con su corazón virgen. El hombre cuyos cortesanos la arrastraron a la vergüenza y la perdición como una broma más de bufón a bufón. El poderoso que duerme en la taberna siniestra y ni siquiera sabe que ella salvó su vida sacrificando la suya.

Rigoletto llora su culpa y mastica su maldición. Un bufón es alguien a quien no se le permite llorar, pero él, padre trunco, padre fallido, de rodillas se somete a la tragedia. El auditorio respira acompasado y se agita en el dolor y el placer de un espectáculo abrumador. En la oscuridad, un espectador, bastante joven a juzgar por la escasa altura de su figura en la butaca, deja escapar tímidamente el sonido reconocible de nariz tapada ahogada por el llanto. Una porción importante del público conoce cada línea del diálogo, ya escuchó otras versiones, memoriza casi cada palabra, y se introdujo a la ficción preparada a asistir a la narración de una historia conocida. Pero esos solistas virtuosos que dejan su aire, alma y garganta, ese teatro colmado, y esa orquesta convencida de cada nota y cada elemento allí colocado para construir la magia, todo ello se vuelve demasiado poderoso. Y descubre, como un telón, algo nuevo.

Entonces se produce el milagro. Como le dice otro galán de ficción en otra historia de amor (no tan clásica como la escrita por Verdi, pero igual de universal), el personaje de Richard Gere en ‘Mujer bonita’ a la prostituta encarnada magistralmente por Julia Roberts, cuando la lleva por primera vez a la ópera al ver que derrama lágrimas: «Mi madre me dijo que una mujer que llora ante un aria y se conmueve, es una buena mujer».

Entonces se confirma lo que este arte bello y antiguo provoca: no es tan elitista, ni tan sofisticado, o encriptado, como para no volver a un niño, una prostituta o un mendigo alguien más bueno. Porque una persona conmovida por una heroína, alguien que llora ante una historia de amor, se vuelve mejor persona. *

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